«queridos sacerdotes formadores, es necesario dejar inercias y protagonismos e iniciar a soñar juntos» papa Francisco

Estimado Señor Cardenal,
queridos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
¡buenos días!

Me es grato saludarlos a todos ustedes, participantes en el Curso para Rectores y Formadores de Seminarios Latinoamericanos, venidos de casi todos los países del Continente y del Caribe. Extiendo mi saludo a los colaboradores del Dicasterio para el Clero, el cual ha organizado el curso.

Toda la formación sacerdotal, particularmente la de los futuros pastores, está en el corazón de la evangelización, pues en las próximas décadas ellos, respondiendo a una genuina vocación específica, animarán y conducirán al santo Pueblo de Dios, para que sea “en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”. ¡Cuán necesaria es una formación de calidad para los que serán presencia sacramental del Señor en medio de su rebaño, alimentándolo y sanándolo con la Palabra y con los Sacramentos!

En este sentido, quisiera subrayar que la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis “El don de la vocación presbiteral” conserva el gran aporte hecho por la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, que este año conmemora el 30 aniversario de su publicación por san Juan Pablo II, tras la VIII Asamblea General Ordinaria de Obispos, que trató “La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales”. Esta ofrece de manera explícita una visión antropológica integral, que tiene en cuenta simultánea y equilibradamente las cuatro dimensiones presentes en la persona del seminarista: humana, intelectual, espiritual y pastoral. Por otro lado, la misma Ratio fundamentalis reafirma la perspectiva de mi apreciado predecesor el Papa Benedicto XVI, quien con el Motu proprio Ministrorum institutio ha puesto en evidencia que la formación de los seminaristas prosigue, naturalmente, en la formación permanente de los sacerdotes, constituyendo ambas una sola realidad.

Por otra parte, quisiera destacar que uno de los grandes aportes de la actual Ratio fundamentalis es que describe el proceso formativo de los sacerdotes, desde los años del Seminario, a partir de cuatro notas características de la formación, que es presentada como única, integral, comunitaria y misionera.

Al respecto, deseo detenerme para enfatizar que la formación sacerdotal «tiene un carácter eminentemente comunitario desde su mismo origen. La vocación al presbiterado, de hecho, es un don de Dios a la Iglesia y al mundo, es una vía para santificarse y santificar a los demás, que no se recorre de manera individual, sino teniendo siempre como referencia una porción concreta del Pueblo de Dios» (RFIS, Introducción 3).

En este contexto, me permito hacerles notar que uno de los desafíos más relevantes que hoy enfrentan las casas de formación sacerdotal es que ellas sean verdaderas comunidades cristianas, lo que implica no sólo un proyecto formativo coherente, sino también un número adecuado de seminaristas y formadores que asegure una experiencia realmente comunitaria en todas las dimensiones de la formación. Este desafío exige en no pocas ocasiones empeñarse en crear o consolidar Seminarios interdiocesanos, provinciales o regionales. Se trata de una tarea que los Obispos deben asumir sinodalmente, especialmente a nivel de las Conferencias Episcopales regionales o nacionales, en la cual ustedes están llamados a colaborar con lealtad y proactividad.

Para ello, queridos sacerdotes formadores, es necesario dejar inercias y protagonismos e iniciar a soñar juntos, no añorando el pasado, no solos, sino unidos y abiertos a lo que el Señor hoy desea como formación para las próximas generaciones de presbíteros inspirados por las actuales orientaciones de la Iglesia.

Me alegro que, durante estos días, ustedes estén reflexionando sobre distintos aspectos de la formación inicial, deteniéndose en la dimensión humana y cómo esta se integra a las otras dimensiones, a saber, espiritual, intelectual y pastoral.

En efecto, en el seno de la comunidad cristiana el Señor llama a algunos de sus discípulos a ser sacerdotes, esto es, elige a algunas ovejas de su rebaño y les invita a ser pastores de sus hermanos y hermanas. No debemos olvidar que los sacerdotes hemos sido “sacados de entre los hombres… para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios” (cf. Hb 5,1). Somos “con-discípulos” de los demás fieles cristianos y, por lo mismo, compartimos las mismas necesidades humanas y espirituales, como también estamos sujetos a las mismas fragilidades, límites y errores.

En los seminaristas, como en cada uno de nosotros, interactúan y coexisten dos aspectos que deben integrarse recíprocamente, los dones de la gracia y los rasgos de la naturaleza herida; el servicio que ustedes han de desempeñar es precisamente el unir ambas realidades en un camino de fe y maduración integral (cf. RFIS, 28).

Es necesario estar atentos, ya que su misión no es formar “súper hombres” que pretendan saber y controlar todo y ser autosuficientes, sino lo contrario, es formar hombres que con humildad sigan el proceso elegido por el Hijo de Dios, que es el camino de la encarnación.

Sí, en virtud de la Encarnación del Hijo de Dios encontramos en nuestro Maestro, Dios y hombre verdadero, no sólo ejemplos de humanidad renovada a imitar, sino también la posibilidad de entrar en comunión vital con Él, desde la cual nuestra existencia es sanada y elevada a una humanidad nueva. El Señor hace posible que lo imitemos y sigamos sus huellas, porque nos comunica el don de su gracia, que es capaz de transformar todo lo que somos: “alma, cuerpo y espíritu” (cf. 1 Ts 5,23), según su plan de plenitud para cada uno de nosotros.

La dimensión humana de la formación sacerdotal, por tanto, no es una mera escuela de virtudes, de crecimiento de la propia personalidad o de desarrollo personal, implica, principalmente, una maduración integral de la persona potenciada por la gracia de Dios que, aun suponiendo los condicionamientos biológicos, psicológicos y sociales de cada uno, es capaz de transformarlos y elevarlos, sobre todo cuando la persona y las comunidades se esfuerzan en colaborar con ella de modo transparente y veraz. En definitiva, las motivaciones vocacionales auténticas, esto es, el seguimiento del Señor y la instauración del Reino de Dios están a la base de un proceso que es a la vez humano y espiritual.

En este sentido, una de las tareas más relevantes en el proceso formativo de un sacerdote es la gradual lectura creyente de la propia historia. Esta visión providencial del propio camino es la materia principal del discernimiento personal y eclesial de la propia vocación. En efecto, cada seminarista, primero, y cada sacerdote después, con acentos y matices distintos debe ir actualizándola constantemente, especialmente en las coyunturas más significativas del propio camino sacerdotal (cf. RFIS, 59 y 69). El contraste con quienes lo acompañan en este proceso, tanto en el fuero interno como en el fuero externo, le permitirá vencer cualquier tentación de autoengaño subjetivista y abrirán la valoración a perspectivas muchos más amplias y objetivas.

Debemos ser conscientes también del impacto formativo que la vida y ministerio de los formadores tiene en los seminaristas. Los formadores educan con su vida, más que con sus palabras.

Por cierto, una sana maduración humana coherente con la consolidación de la propia vocación y misión, que incluye la normal superación de dificultades y períodos de crisis, permite al sacerdote formador renovar constantemente la base sobre la que se sustenta su configuración con Cristo, Siervo y Buen Pastor, y, además, le confieren la herramienta más eficaz para el ejercicio de su servicio en el Seminario, tanto con los candidatos en relación a su proceso de discernimiento, como respecto de los demás formadores del equipo formativo y los otros agentes de la formación. En efecto, la armonía humana y espiritual de los formadores, particularmente del Rector del Seminario, es una de las mediaciones más importantes en el acompañamiento formativo.

Uno de los indicadores de maduración humana y espiritual es el desarrollo y la consolidación de la capacidad de escucha y del arte del diálogo, que naturalmente están anclados en una vida de oración, donde el sacerdote cotidianamente entra en diálogo con el Señor, incluso en momentos de aridez o de confusión. Para el servicio que un presbítero presta a sus hermanas y hermanos, en particular para la labor de un formador, la disposición a escuchar y a empatizar con los demás más que un instrumento de evangelización, es precisamente el ambiente donde esta germina, florece y da frutos.

En síntesis, la vida del formador, su constante crecimiento humano y espiritual como discípulo-misionero de Cristo y como sacerdote, sostenido y promovido por la gracia de Dios, es sin duda el factor fundamental de que dispone para dar eficacia a su servicio a los seminaristas y a otros sacerdotes en su configuración con Cristo, Siervo y Buen Pastor. De hecho, su propia vida testifica aquello que sus palabras y gestos intentan trasmitir en el diálogo e interacción con sus interlocutores en la formación.

Queridos sacerdotes, soy consciente de que el servicio que prestan a la Iglesia no es simple y no pocas veces desafía la propia humanidad, porque el formador tiene un corazón cien por ciento humano y que no pocas veces puede sentir frustración, cansancio, rabia e impotencia, de ahí la importancia de recurrir cada día a Jesús, ponerse de rodillas y ante su presencia aprender de Él que es manso y humilde de corazón, de modo que poco a poco nuestro corazón aprenda a latir al ritmo del corazón del Maestro.

Las páginas del Evangelio, sobre todo aquellas que narran pinceladas de la vida de Jesús con sus discípulos, nos permiten ver cómo Jesús sabía hacerse presente y ausente, sabía el momento de corregir y el momento para elogiar, el momento de acompañar y la ocasión para enviar y dejar que los apóstoles afrontaran el reto misionero. Es en medio de estas que podríamos llamar “intervenciones formativas” de Cristo que Pedro, Andrés, Santiago, Juan y el resto de los llamados, se fueron convirtiendo en verdaderos discípulos y configurando su corazón, poco a poco, con el del Señor.

Hace un momento destacaba el rol formativo del Rector del Seminario respecto de sus hermanos del equipo formativo y en la corresponsabilidad de todos ellos en la propia formación sacerdotal. El Rector debe manifestar una preocupación constante por cada uno de los formadores, manteniendo un diálogo abierto y sincero respecto de su vida y servicio, sin descuidar de hacerse eco de aquellos aspectos más personales de los que muchas veces depende la superación de los problemas que pueden surgir al interno del equipo formativo. Tengan presente que los formadores son para el Rector del Seminario sus hermanos más próximos, hacia los cuales debe estar dirigido de modo privilegiado el ejercicio de la caridad pastoral.

Por otra parte, la formación sacerdotal tiene por medio privilegiado el acompañamiento formativo y espiritual de todos y cada uno de los formadores del Seminario respecto de todos y cada uno de los seminaristas, de modo de asegurar que ellos tengan una amplia y variada ayuda de parte de la comunidad de formadores, sin exclusivismos o particularismos, pudiendo ser apoyados por sacerdotes de diferentes edades y sensibilidades distintas, según las competencias específicas de cada uno de ellos, a fin de que cada futuro pastor pueda ir discerniendo y consolidando no sólo una genuina vocación al presbiterado, sino también el modo personal e irrepetible que el Señor ha trazado para que lo viva y ejerza.

Contribuyen con el acompañamiento formativo otras personas que ayudan a los seminaristas en su crecimiento humano y espiritual. Cabe señalar a los agentes responsables de las experiencias pastorales que desarrollan a lo largo de la formación inicial, de modo particular los párrocos, como así mismo los especialistas que son llamados a colaborar cuando es necesario (cf. RFIS, 145-147).

Queridos formadores, vuelvo a expresarles la gratitud de la Iglesia por dedicar su vida y ministerio a los futuros pastores, que serán sus hermanos en el Presbiterio y que, unidos y bajo la guía del Obispo, tirarán las redes del Evangelio como auténticos pescadores de hombres. Que María Santísima, Madre de los sacerdotes, los anime y cuide en su misión.

Buenas tardes y les pido, por favor, que no se olviden de rezar por mí. Muchas gracias.

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