Servir y acompañar al migrante

“Y el Rey les dirá: “en verdad les digo que cuanto hicieron a unos de
estos hermanos míos más pequeños, a mí, me lo hicieron”.
Mt 25,40

El Señor me ha regalado la gracia de ir descubriéndole como peregrino en la vida de nuestros hermanos migrantes.

Desde el año pasado he escuchado de cerca el clamor, el sufrimiento y las experiencias vividas por varios de nuestros hermanos migrantes: haitianos, africanos y venezolanos que viven la tragedia al pasar el “tapón” del Darién, para ir en busca del “sueño americano”.

Estos días nos ha estremecido aún más vivir junto a una familia de migrantes venezolanos. La experiencia que a continuación intento describir, sabiendo que no es fácil, recoge por escrito lo que el corazón siente. 

El jueves 21 de julio se nos comunicó al equipo de la Red Franciscana para Migrantes (RFM-Panamá) que en el hospital Rafael Hernández, de la ciudad de David Chiriquí, estaba una familia de migrantes cuya mamá, quien viajaba con ellos había fallecido. Se trataba de la Sra. Jenny Pérez de 52 años. Ella se puso muy mal en la travesía de la selva del Darién. Su hijo José Ángel dije que su mamá salió muy bien de Venezuela, pero en el camino se cansó de comer cosas enlatadas, el agua que tomaban de los ríos o quebradas estaba muy sucia y la Sra. Jenny se fue deshidratando y ya no quería comer, pero tenía la fuerza y el coraje de continuar y les decía “de esta vamos a salir”. 

José Ángel con Guillermo, otro migrante que se hicieron como hermanos en el dolor, decidieron acompañar a la Sra. Jenny y no dejarla abandonada porque ya casi no podía caminar. José Ángel venía con su esposa y su hija de dos años, a quienes mandó adelante con otro amigo, porque ya no resistían las picadas de zancudos y otros animales.

Al fin, cuando lograron llegar al primer poblado del Darién los atendió un médico, en especial a la Sra. Jenny, le puso suero y le dijo que estaba bien. Ellos emprendieron el largo viaje desde Darién a David, en medio de una fuerte manifestación con cierre de carretera que se vive en el país desde el 8 de junio hasta la fecha (25 julio). Al Llegar a San Félix “a unas 10 horas del Darién”, sin comer, ni bajarse del transporte y casi 20 horas en el bus, debido a las manifestaciones, la Sra. Jenny se puso muy mal nuevamente y su hijo pidió una ambulancia y la trasladaron al Hospital de David. Al llegar al hospital ella fallece, al parecer ya era el tercer infarto según los médicos. El azúcar estaba totalmente descontrolado e igual la presión arterial.

¿Qué hacer? Fue una pregunta que movió al equipo de la RFM. No faltaron personas generosas que los acompañaron en este sufrimiento tan grande. ¿Dejar a su mamá abandonada en el hospital y continuar el camino? Imposible. Sería dejar una parte de la vida abandonada. Aquí estaba una gran encrucijada existencial.

Gracias a muchas personas que colaboraron, el cuerpo de la señora Jenny pudo ser cremado y se facilitaron lo más pronto posible los respectivos permisos. Seguro que les consolará pensar que la Sra. Jenny va junto a ellos, aunque sea en cenizas.

Sin duda, Dios da la gracia de la fortaleza a quien más la necesita y en el momento oportuno. Pero eso no indica que no se experimente el dolor, la soledad y la impotencia. Pareciera que a nuestros sistemas económicos y políticos les interesa que nuestra gente se desplace sin ninguna seguridad, ni atención médica, manteniéndolos sumergidos en ese “sueño americano”, sin resoluciones de políticas migratorias acordes al cuidado, protección, acogida e integración de los migrantes que llegan a los diferentes países. 

Hay que resaltar que, a pesar de las personas que fallecen o son violentadas en el camino, los migrantes siguen arriesgando la vida al emprender el recorrido por la tierra de América Central y México. Duele la vida, de gente tan joven sin porvenir, duele que la gente tenga que morir sin ser atendidos por el Estado en sus necesidades básicas como el derecho a la salud y a un techo digno.

Agradezco a mis hermanas de comunidad que también experimentaron la sensibilidad ante quien sufre y que estuvieron anuentes para acoger a esta familia en nuestra fraternidad durante tres días, dándoles cariño, escuchándolos, acogiéndolos y siendo una familia con ellos. 

Como equipo de la RFM-Panamá, deseamos seguir acompañando al migrante y desplazado. Permitamos que Dios siga tocando nuestras vidas y sigamos acompañando a nuestros hermanos migrantes. 

Fraternalmente,

Hna. Deisy E. Delgado J., FMI 
RFM Panamá

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