san Francisco nos invita a la paz

Con motivo de la solemnidad de Nuestro Padre San Francisco, esta mañana, a las 7.00 horas, el Ministro general, Fr. Massimo Fusarelli, presidió la misa en el altar mayor de la Basílica Menor de San Francisco de Asís.

Publicamos  la homilía que el Ministro pronunció durante la Celebración Eucarística:

Homilía

Hemos escuchado el grito de júbilo de Jesús, alabando al Padre por revelar a los pequeños cuál es su plan de amor. Este himno se enmarca en un contexto de crisis, a veces dramático. Jesús ha sufrido el rechazo de los dirigentes del pueblo y la incomprensión de sus propios discípulos: su ministerio es puesto a prueba radicalmente. La alabanza y la alegría estallan en la crisis y el rechazo. ¿No es ésta la lógica de las Bienaventuranzas? La beatitud florece en las situaciones humanamente más difíciles.

En esta lógica “inversa” de las Bienaventuranzas resuena otra palabra de Jesús que pide a los cansados y oprimidos que se acerquen a él. No te quedes paralizado en el cansancio, sino vívelo como una oportunidad para dar un nuevo paso. Después de todo, incluso Jesús en la prueba de su ministerio no se detiene, sino que alaba al Padre y llama a sus discípulos a seguirle.

El yugo es el de la alianza, que el Señor ofrece como un camino de libertad a su pueblo, como para traer refresco, paz, vida nueva.

El grito de júbilo de Jesús que leemos en esta liturgia nos recuerda el relato de la perfecta alegría que Francisco dictó entre los estigmas y su muerte, después de haber vivido un tiempo de prueba en su propia fraternidad y consigo mismo sobre su vocación evangélica.

En la forma de una narración que Francisco dicta al Hermano León, el amigo de Cristo anuncia que la gloria no reside en el éxito mundano, en la grandeza de la Orden, en el éxito de la misión. La gloria, es decir, el abrazo de Cristo al mundo y el nuestro a él en la cruz, radica en el ser rechazado, expulsado, no reconocido.

La gloria está en vivir según el Evangelio para seguir las huellas de Jesús. No de cualquier manera ni quejándose, sino con paciencia y sin desconcierto. ¡Esa es la vida según las Bienaventuranzas!

Esta palabra del Evangelio, que vemos realizada en la vida mansa y humilde de san Francisco, nos habla con fuerza en este momento dramático de la historia, en el que la paz está muy amenazada. Percibimos con gran preocupación lo que está ocurriendo y lo que podría ocurrir ante posibles ataques nucleares. Sentimos fuertemente la amenaza a nuestras vidas y al mismo tiempo nuestra debilidad e impotencia ante una fuerza que sentimos tan violenta.

Esta dolorosa experiencia nos recuerda a todos la realidad de la muerte, como escribió San Francisco en su carta a las autoridades de los pueblos: el mejor antídoto contra la violencia ciega de la guerra es precisamente el recuerdo de nuestra propia limitación y muerte, para no creernos omnipotentes y ceder a este instinto. Mientras muchos pierden la vida a causa de los conflictos, recordemos el don y la vida en la lógica de la Pascua de Cristo, y no cedamos al miedo y al repliegue en nuestra vida privada. San Francisco llamó hermana a la muerte, que es odiosa para todos, y por eso nos abre el camino para experimentar la realidad del fin de una manera diferente.

Con este espíritu, San Francisco nos invita a elegir la paz con gestos y palabras concretas para no ceder a la cultura de la violencia y la resignación.

Confiamos a la intercesión de Francisco, heraldo de la paz, a todos los que sufren la guerra, especialmente hoy en Ucrania, a los que atacan y son devorados por el odio y el miedo.

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