Restaurar la dignidad humana | Hermana Norma Pimentel


Después de ver las condiciones en las que los niños en el centro de detención en la frontera entre EEUU y México, la hermana Norma Pimentel estableció un centro de refugio humanitario en Texas donde la gente puede conseguir ropa limpia, una ducha y comida caliente. En esta charla impactante, la hermana Pimentel habla de su largo trabajo para restaurar la dignidad humana en la frontera, y nos invita a dejar de lado los prejuicios y liderar con compasión.


Estoy aquí para honrar la sacralidad de la vida que vi en la frontera en el sur de Texas. En 2014, visité un centro de detención donde cientos de niñitos, niños inmigrantes, fueron detenidos varias semanas en condiciones realmente deplorables. Estaban sucios y cubiertos de barro y lloraban. Sus caras estaban llenas de lágrimas. Tuve la oportunidad de ir y estar con ellos. Y estaban a mi alrededor. Eran pequeños, algunos no tenían más de 5 años. Y me decían: “Sácame de aquí”. (en inglés) “Sácame de aquí”. “Por favor, ayúdame”. (en inglés) “Por favor, ayúdame”.

Fue difícil estar allí con ellos. Empecé a llorar con ellos, y les dije: “Vamos a rezar” Y ellos repitieron después de mí, “Diosito, ayúdanos”. Conforme rezábamos, podía ver a los oficiales de la patrulla fronteriza mirando a través de la ventana. Estaban a punto de llorar. Al oír y ser testigos del rezo de los niños. 

Un niño vino cerca de mí, más cerca, porque estaban en todos lados, cabíamos apenas en esa celda pequeña. Y ese niñito me dijo: “Ayúdame. Quiero ir con mi mamá”. (En inglés) “Por favor, ayúdame. Quiero estar con mi mamá. Ella está aquí, fui separado de ella”. Le dije: “Mijo, si tu mamá está aquí, Estoy segura de que se reunirán”. 

Cuando salí de la celda un oficial se acercó a mi diciéndome: “Hermana, gracias. Nos ha ayudado a darnos cuenta de que son seres humanos”. Saben, a veces, no importa qué trabajo tenemos, nunca debemos olvidar de reconocer la humanidad en los demás. De lo contrario, vamos a perder nuestra humanidad. 

Les contaré algo de lo que veo y hago en la frontera sur de EE.UU. donde vivo y trabajo. Centenares de familias entran en EE.UU. cruzando el Río Grande. Y una vez que están en EE.UU., muchos obtienen permiso para continuar el proceso de inmigración en otro punto de EE.UU. Lo que me ha sorprendido en estos años ha sido la increíble respuesta humanitaria de la comunidad del sur de Texas. Centenares de voluntarios han dado su tiempo de manera extremadamente generosa. Para mí, son todos personas increíbles. Y toda la comunidad, el gobierno de la ciudad, desde los líderes empresariales locales hasta las organizaciones civiles, las comunidades religiosas, la patrulla fronteriza, inmigración y aduanas. Nos hemos esforzado todos para ayudar a 150 000 o más inmigrantes desde el primer día que empezamos. 

En los primeros días cuando fuimos involucrados por primera vez en la ayuda de inmigrantes, fuimos a nuestros centros de refugio, y un oficial de la ciudad entró y me dijo: “Hermana, ¿qué está haciendo aquí?” Me di vuelta y miré para ver lo que estaba pasando en el centro de refugio. Me sorprendió lo que vi. Había centenares de voluntarios ayudando a las muchas familias que necesitaban ayuda. Ofreciéndoles maneras de limpiarse y de obtener ropa limpia, comida, artículos de higiene. Se podían ver amor y compasión en todos lados. Entonces me di vuelta y respondí diciendo: “Restaurar la dignidad humana. Eso estamos haciendo”. No pienso que él se esperase esa respuesta porque dio un paso atrás y se acercó a mí otra vez y dijo: “Hermana, si tuviera una varita mágica, ¿qué le pediría?” “¿Duchas?” Con seguridad, esa tarde tuvimos una unidad móvil de ocho duchas. Estupendo. Y después, tuvimos el apoyo del 100 % del gobierno de la ciudad. 

Estuvimos allí, para asegurarnos de que estábamos ayudando con éxito en nuestra respuesta a las muchas familias que veíamos cada día. Creo que tenemos que ayudar a los demás a ver lo que nosotros vemos. Creo que es importante que podamos compartir esto con los demás. 

Probablemente han oído esta idea antes de que debemos ver siempre a los hijos de Dios como iguales. Pero para hacerlo, creo que es importante poder verlos como personas. Para poder tener un encuentro personal y sentir lo que ellos sienten, donde podamos entender lo que les está haciendo daño. Para unirnos realmente con ellos. Es entonces que estamos presentes para ellos y podemos hacer de sus humanidades parte de nuestra propia humanidad. Y reconoceríamos que somos todos parte de la misma familia humana. 

Durante estos días, una mujer se me ha acercado y me ha dicho: “Hermana, yo estoy 100 % en contra de lo que hace, ayudar a estos inmigrantes ilegales”. Y le dije: “Te diré lo que hago y por qué”. Compartí con ella y le presenté a las familias y a los niños, compartí las historias que estaban viviendo. Cuando terminé de hablar con ella, se dio vuelta, me miró y dijo: “Hermana, estoy 100 % a favor de lo que hace”. 

Esa tarde su marido me llamó, me dijo: “Hermana, no sé lo que hizo con mi mujer. Pero esta tarde ha venido a casa y me ha dicho, ‘Si te llama la hermana Norma, asegúrate de hacer lo que diga’. Le informo para que sepa que estoy aquí para ayudar”. 

Bueno, ya saben… Pienso que… ¿Qué encuentro personal tuvo? Pienso que es una buena idea, un mensaje bonito, pero no creo que sea la historia completa. En el encuentro, tenemos que apartar los prejuicios que tenemos hacia el otro, que nos dividen y no nos permiten verlo, los muros que levantamos en nuestros propios corazones que nos separan de los otros. Si podemos hacer esto, podemos acercarnos a ellos. Saben, pienso que lo impide el miedo… que tenemos miedo. Y como tenemos miedo… es más que probable que sea porque hemos visto en los medios toda esta retórica negativa sobre los inmigrantes, que son demonizados, como si no fuesen humanos, así podemos rechazarlos y librarnos de ellos, sin sentirnos culpables por hacerlo. 

Las familias inmigrantes no son criminales. Las familias inmigrantes son como nuestras familias, como nuestros vecinos. Son buena gente que está ingresando a nuestro país y viniendo a EE.UU. únicamente porque huyen de la violencia y quieren estar seguros. Desafortunadamente, lo que vemos en la frontera es terrible. La gente está sufriendo. Centenares de ellos padecen. Y principalmente creo que se debe a esos muros que levantamos, que tenemos en nuestros corazones, que nos hacen indiferentes. 

Tenemos políticas que están haciendo regresar a la gente a México, y por eso pueden esperar. Y esperan allí meses. En condiciones horribles, donde la gente sufre. Abusos. Y ni siquiera tienen los recursos para estar bien. 

Pienso que es verdad, que necesitamos un país seguro, que debemos asegurar que quienes ingresan a nuestro país, si son criminales deberían ser encerrados. Pero es verdad también que no tenemos que perder nuestra humanidad al hacerlo. Deberíamos tener políticas y procedimientos que no contribuyeran al sufrimiento humano que estas personas ya están sufriendo. Y que podamos encontrar soluciones que respeten a todas la vidas humanas. Podemos hacerlo, si permitimos que salga lo mejor de nosotros. 

Porque lo que veo en la frontera son familias, hombres, que se llevan a un niño y empiezan a consolar a ese niño que llora porque ese niño llora por su propio padre. Y estos hombres lloran con ese niño. Veo hombres y mujeres que caen de rodillas, rezando. Mientras rezan agradeciendo. Veo a niños separados de sus padres durante meses. Y cuando se reúnen, tienen miedo de separarse de ellos, porque tienen miedo de perder a sus madres otra vez. Una vez una niña me miró después de reunirse y me dijo: “Hoy no voy a llorar”. (En inglés) “Hoy no voy a llorar”. Y le dije: “¿Por qué mija?” Dijo: “porque he estado llorando todo el mes pasado, porque no sabía dónde estaba mi madre. Pero esta noche voy a estar con ella”.

El día en el que visité el centro de detención en 2014, un niño se acercó a pedirme si le ayudaba a encontrar a su madre. Bien, esa tarde, cuando fui al centro de refugio humanitario, el niño ingresó con su madre. Y ni bien me localizó, corrió hacia mí, me bajé para saludar, y él solo se tiró para abrazarme. Fue muy hermoso, fue realmente un encuentro humano hermoso. Pienso que es la humanidad en su máxima expresión. Es lo que todos estamos llamados a hacer. Piénsenlo. Tenemos que permitirnos acercarnos lo suficiente para ver, y nos va a importar. 

Gracias. 

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