Reflexión Bíblica | José: un padre de valentía creativa


José: un padre de valentía creativa
Lectio de Mateo 1, 18-24
P. Fidel Oñoro cjm

El evangelio comienza poniéndonos ante el misterio central, el de Jesús.

  1. Jesús en el centro

Hay un primer dato importante: en el centro quien esta no es Jose, sino la persona y la historia de Jesús, en la cual José es involucrado.

El evangelista Mateo inserta la historia de José en el momento en que está intentando responder a una pregunta: ¿Cuál es la génesis, el origen de Jesús? (Mt 1, 1. 18).

El evangelista ya nos había contado su origen remoto remontándose en la historia hasta el comienzo de la historia del pueblo de Dios en Abraham y el rey David (1, 1). Ahora nos sitúa ante su origen próximo en la historia de una concepción virginal.

Y “la generación de Jesús fue de esta manera” (“hē génesis houtōs ēn”, en griego), anota el narrador (1, 18). Y enseguida nos remite sin más preámbulos a lo ocurrido con una joven de Nazaret en Galilea, María, desposada con José.

De repente nos vemos ante una boda frustrada. Para darle toda su dimensión, el narrador evoca las costumbres de las bodas judías: estaban estipuladas por un contrato, pero a veces pasaba un cierto tiempo entre el compromiso matrimonial y la convivencia de la pareja, sobre todo si tenía lugar en la adolescencia.

En este tiempo en que María y José todavía no viven juntos y, por lo tanto, no han consumado su matrimonio, sucede lo humanamente inaudito: María está embarazada, su vientre está fecundado, hay un hijo dentro de ella que viene en camino, que está esperando nacer.

El narrador se apresura a dar el dato fundamental: “Antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo” (1, 18).

¿Qué significa esto? Seamos realistas: sólo Dios puede dar a ese Hijo, es la acción creadora de Dios y que es propia de su Espíritu Santo la que está obrando en María.

Ni la casualidad ni la necesidad ni el destino generan ese embarazo, sino la voluntad de Dios mismo, que quiere “venir” entre los humanos y hacerse “Dios con nosotros”, nuestro “Salvador”.

En esta “génesis” de Jesús de Nazaret, quien está en el centro de todo, hay otros tres personajes que son presentados en el versículo inicial (1, 18) como involucrados en este momento originante:

  • Una mujer, María, a quien se le llama ya la madre de Jesús.
  • El Espíritu de Dios que actúa en ella como el Espíritu creador: “Se hallaba encinta por obra del Espíritu Santo”.
  • Y un hombre, José, quien es presentado como testigo de este acontecimiento y a quien Dios le da una vocación haciéndolo parte de esta historia, a quien Dios elige para una tarea específica con María y con Jesús.

Siguiendo el hilo del relato, vamos a centrarnos en José.

  1. José en discernimiento

El evangelista Mateo no está interesado ni en la reacción psicológica de María ni tampoco en la de José. A lo que apunta, como pude verse en el relato, es con lo que implica una situación real que confronta a José, que le genera una crisis y que lo lleva a una decisión: María está embarazada sin haber conocido a un hombre y José no sabe qué es lo que pudo haber sucedido.

José es caracterizado como un hombre “justo” (“díkaios” en griego, “tzaddiq” en hebreo), un término que cualifica no sólo la conducta moral de una persona, sino su plena fidelidad a la Ley de Dios dada por medio de Moisés.

Por tanto, es retratado como un creyente fiel, observante, que por la práctica de la Ley se esforzaba continuamente por vivir según su voluntad (1, 19).

Pero también es caracterizado como un hombre de su tiempo que, al conocer la situación de María, ignorando lo que realmente ha ocurrido, se siente traicionado.

El narrador comenta que la justicia de José se vuelve concreta en el manejo de esta situación complicada para él: planea disolver el vínculo matrimonial sin decir nada públicamente, para no avergonzarla.

El verbo “consideraba…” (“Enthymeomai”, en griego) denota un ejercicio de discernimiento. Y esta ponderación parece acertada porque procede a la manera de un justo de Dios: por una parte, hacer lo correcto, que es proceder al acto de repudio; al mismo tiempo su intento por salvar una vida de la deshonra, de ahí que su plan sea hacerlo en secreto.

Es difícil para nosotros descifrar qué pudo motivar a José a tomar esta decisión, y hay que decir que los comentarios al respecto, incluso ya desde los tiempos de los padres de la Iglesia, son inciertos, a veces incluso ridículos.

Según algunos, José habría intentado aplicar la ley sobre el adulterio, pero sin llegar a la violencia (Deuteronomio 22, 23-24); es lo que se insinúa con el término jurídico de “repudio”. Según otros estaría herido y decepcionado; algo que no se dice, pero que se podría intuir, de todas maneras no es el interés del texto lo sicológico.

Otros lo han planteado así: que José, habiendo aceptado la explicación que le dio María, y estando lleno de temor de Dios, estaría considerando dar un paso atrás, para no reclamar ningún derecho sobre ese niño del que María dice que viene Dios. En otras palabras, ante la paternidad de Dios, José habría intentado renunciar a la suya.

Obviamente esta última hipótesis de lectura, aunque interesante, presupone un conocimiento de parte de José que el mismo pasaje deja entender que él todavía no tiene.

¿Qué ocurre entonces?

  1. José recibe una vocación

El evangelista narra enseguida cómo se resuelve la situación. Ocurre mediante una revelación, es Dios mismo quien levanta el velo, quien lo saca de su noche, con su Palabra.

Ocurre que el mensajero del Señor se presenta a José mientras duerme: “en sueños” (1, 20).

El sueño es uno de los tantos medios ordinarios de los que se vale Dios en el Antiguo Testamento para revelar su voluntad y sus modos de acción.

Conocemos el caso del primer José de la Biblia, uno de los hijos de Jacob, a quien sus hermanos llamaban el soñador, precisamente porque Dios le hizo revelaciones por este medio (Génesis 37, 5-11).

El mensajero de Dios se dirige a José recordándole su identidad, que también contiene una misión: “José, hijo de David…”. Podríamos parafrasear, “José, tú que eres el hijo de David”, que tienes un lugar en el linaje mesiánico, “no temas recibir (‘paralabein’, en griego) contigo a María, tu esposa” (1, 20).

Y sigue: “De hecho, el hijo que se ha generado en ella es obra del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (1,20-21).

Esta palabra del Señor le pide obediencia a José, le pide que sea esposo de una mujer que le da un hijo como fue prometido por Dios, de la descendencia de David y para salvación de todo su pueblo santo.

José debe aceptar este despojo de su ser cónyuge y saber vivir una paternidad que no es la suya: una paternidad que ejercerá dándole a su hijo el nombre de Jeshu’a, Jesús, que indica su misión de salvación y por tanto, de perdón de pecados.

José está invitado a ser padre, a sentirse padre de un hijo que no proviene de su deseo, de su decisión, sino sólo de Dios: será el padre de Jesús según la Ley y será llamado como tal por sus conocidos que desconocen la profundidad del misterio (Lc 4, 22).

José está llamado a ejercer su cualidad de hijo de David sobre aquel que es el hijo de David prometido y quien será reconocido como tal por la gente (Mt 21, 9).

Por lo tanto, a José no se le da primero una “revelación” sobre el Hijo, sino una “vocación”.

Cuando miramos otros pasajes del Antiguo Testamento vemos el caso del profeta Oseas a quien Dios le pidió que se casara con una prostituta, de Jeremías a quien le pidió que permaneciera célibe, de Ezequiel a quien le dijo que permaneciera viudo.

Lo que se le pide a José es que reciba como hijo a Jesús, a un hijo que en verdad no es su hijo, sino el Hijo de Dios.

Así José le da a su esposa María no solo una casa materialmente hablando, sino que también la hace parte de la casa de David, permitiéndole al niño que viene en camino entrar en el linaje mesiánico. Pero también para cumplir la promesa de Isaías sobre el “Enmanuel” y darle a su hijo el “Nombre” que también contiene en sí mismo una misión: Jesús.

Por eso el narrador de Mateo señala: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta: ‘He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo: se le dará el nombre de Emmanuel, que significa Dios con nosotros’” (Isaías 7, 14).

Cuando José se despierta ya no pone objeciones. Con prontitud hace puntualmente lo que el Señor le pide: “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa, que, sin que él la conociera, dio a luz un hijo al que llamó Jesús” (1, 24-25).

  1. En la escuela de José

José había sido definido inicialmente como “justo”, al final lo descubrimos también como un creyente que obedece a la palabra del Señor en silencio.

El proceder de José nace de un abismo de silencio. En ninguno de los Evangelios se nos da a conocer ni una sola palabra pronunciada por José. En cambio, lo que se enfatiza es su acción, una acción que traducía una obediencia y una obediencia madurada en el silencio.

No silencio mudo, sino silencio de adoración, de custodia, de profundización del misterio.

Nos encontramos con una estampa preciosa de José: un José fuertemente sorprendido dos veces.

Molestamente sacudido primero por un plan matrimonial que se viene al suelo, que no resulta según su previsión. Pero también, en un segundo momento, luminosamente sorprendido en medio de su noche por un llamado que lo pone al servicio de otro llamado. Su vocación está al servicio de la vocación de María y al comienzo humano de la misión del Salvador.

Entre tanto vemos cómo José entra paso a paso en el camino de la justicia de Dios.

José entra con todo su ser en el proyecto salvífico de Dios, en el camino particular de María y en los primeros pasos de Jesús el Salvador. Estos tres planos intrínsecamente unidos ante sus ojos.

En este momento está en sus manos la punta del hilo de esta trenza. Sin él no habría sido posible, sin su contribución como varón, como creyente, como hijo de David, pero sobre todo como esposo y como papá.

Dios puede sorprendernos, puede incluso movernos el piso de improviso y pedirnos cambiar de dirección ante lo que ya teníamos estructurado y hacernos caminar hacia un horizonte que parecía oscuro.

La de José es una escuela, la primera escuela de discipulado en el evangelio de Mateo.

José nos enseña cómo se da el primer paso, que es del dejarse estremecer e incluso confundir, poner en crisis; y luego el segundo, que es el de escuchar la voz de Dios que propone otra ruta más interesante; y finalmente el tercero, que es el de responder, concretar, “hacer”, proceder según lo que Dios ha pedido.

Fue así como José fue el encargado de abrir las puertas de un nuevo hogar, el hogar de Nazaret donde Dios pone su morada entre nosotros.

Para llegar a esto, José vivió la dinámica interna que acabamos de ver en sus tres pasos. No sólo fue un giro en su historia personal, sino la captación de una novedad de Dios que en última instancia lo reconfiguró por dentro.

Esta sensibilidad, apertura y disposición implican una fina sensibilidad espiritual para captar a Dios en el lugar y de la forma concreta como está aconteciendo. Esta es la forma evangélica de abrazar y custodiar la presencia del Dios que camina entre nosotros y nos renueva a fondo desde el perdón.

En fin…

Este contraste entre lo que quiero hacer y lo que Dios me pide hacer es el terreno de la auténtica vocación, el campo de la experiencia de Dios que impulsa una misión.

Implica un aprendizaje, sí, implica dejarse descomponer, recomponer desde dentro. Es lo propio de la experiencia de Dios que se retrata en José.

“Se hace camino al andar”, decía el poeta Machado. Esto debería bastar.

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