“No se puede dar paz si no se está en paz.” Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el Evangelio de la Liturgia de hoy, Jesús, despidiéndose de sus discípulos durante la última cena, dice, casi como en una especie de testamento: «Les dejo la paz». Y enseguida añade: «Les doy mi paz» (Jn 14,27). Detengámonos en estas breves frases.

En primer lugar, les dejo la paz. Jesús se despide con palabras que expresan afecto y serenidad, pero lo hace en un momento que no es precisamente sereno: Judas ha salido para traicionarlo, Pedro está a punto de negarlo y casi todos lo abandonarán. El Señor lo sabe, y con todo no reprocha, no usa palabras severas, no pronuncia discursos duros. En vez de mostrar agitación, permanece afable hasta el final. Un proverbio dice que se muere como se ha vivido. Las últimas horas de Jesús son, en efecto, como la esencia de toda su vida. Experimenta miedo y dolor, pero no deja espacio al resentimiento y a la protesta. No se deja llevar por la amargura, no se desahoga, no se muestra incapaz de soportar. Está en paz, una paz que proviene de su corazón manso, habitado por la confianza. Y de ahí surge la paz que Jesús nos deja. Porque no se puede dejar la paz a los demás si uno no la tiene en sí mismo. No se puede dar paz si no se está en paz.

Les dejo la paz: Jesús demuestra que la mansedumbre es posible. Él la ha encarnado precisamente en el momento más difícil; y desea que también nos comportemos así nosotros, que somos los herederos de su paz. Nos quiere mansos, abiertos, disponibles para escuchar, capaces de aplacar las disputas y tejer concordia. Esto es dar testimonio de Jesús, y vale más que mil palabras y que muchos sermones. El testimonio de la paz. Preguntémonos si, en los lugares en los que vivimos, nosotros, los discípulos de Jesús, nos comportamos así: ¿Aliviamos las tensiones, apagamos los conflictos? ¿Tenemos una mala relación con alguien, estamos siempre preparados para reaccionar, para estallar, o sabemos responder con la no violencia? ¿Sabemos responder con palabras y gestos de paz? ¿Cómo reacciono yo? Que cada uno se lo pregunte.

Cierto, esta mansedumbre no es fácil: ¡Qué difícil es, a todos los niveles, desactivar los conflictos! Aquí viene en nuestra ayuda la segunda frase de Jesús: Les doy mi paz. Jesús sabe que nosotros solos no somos capaces de custodiar la paz, que necesitamos una ayuda, un don. La paz, que es nuestro compromiso, es ante todo don de Dios. En efecto, Jesús dice: «Les doy mi paz, pero no como la da el mundo» (v.27). ¿Qué es esta paz que el mundo no conoce y que el Señor nos dona? Esta paz es el Espíritu Santo, el mismo Espíritu de Jesús. Es la presencia de Dios en nosotros, es la “fuerza de paz” de Dios. Es Él, el Espíritu Santo, quien desarma el corazón y lo llena de serenidad. Es Él, el Espíritu Santo, quien deshace las rigideces y apaga la tentación de agredir a los demás. Es Él, el Espíritu Santo, quien nos recuerda que junto a nosotros hay hermanos y hermanas, no obstáculos y adversarios. Es Él, el Espíritu Santo, quien nos da la fuerza para perdonar, para recomenzar, para volver a partir, porque con nuestras solas fuerzas no podemos. Y con Él, con el Espíritu Santo,  nos transformamos en hombres y mujeres de paz.

Queridos hermanos y hermanas, ningún pecado, ningún fracaso, ningún rencor debe desanimarnos a la hora de pedir con insistencia el don del Espíritu Santo que nos da la paz. Cuanto más sentimos que el corazón está agitado, cuanto más advertimos en nuestro interior nerviosismo, intolerancia, rabia, más debemos pedir al Señor el Espíritu de la paz. Aprendamos a decir cada día: “Señor, dame tu paz, dame el Espíritu Santo”. Es una hermosa oración; ¿la decimos juntos?: “Señor, dame tu paz, dame el Espíritu Santo”. No he oído bien, otra vez: “Señor, dame tu paz, dame el Espíritu Santo”.

Y pidámoslo también para quienes viven junto a nosotros, para quienes encontramos todos los días y para los responsables de las naciones.

Que la Virgen nos ayude a acoger al Espíritu Santo para ser constructores de paz.

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Después del Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas:

Esta tarde, en Lyon, será beatificada Pauline Marie Jaricot, fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe, para el sostenimiento de las misiones. Esta fiel laica, que vivió en la primera mitad del siglo XIX, fue una mujer valiente, atenta a los cambios de los tiempos y con una visión universal de la misión de la Iglesia. Que su ejemplo suscite en todos el deseo de participar, con la oración y la caridad, en la difusión del Evangelio en el mundo. ¡Un aplauso para la nueva Beata!

Hoy comienza la Semana Laudato Si’, para escuchar cada vez con más atención el grito de la Tierra, que nos urge a actuar juntos para cuidar nuestra casa común. Doy las gracias al Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y a las numerosas organizaciones participantes, e invito a todos a tomar parte.

El próximo martes se celebra la Memoria de la Santísima Virgen María Auxilio de los Cristianos, especialmente querida por los católicos de China, que veneran a la Auxiliadora como su Patrona en el Santuario de Sheshan, en Shanghai, en numerosas iglesias del país y en sus hogares. Esta feliz circunstancia me ofrece la ocasión para renovarles la seguridad de mi cercanía espiritual; sigo con atención y participación la vida y las vicisitudes de los fieles y los pastores, a menudo complejas, y rezo por ellos cada día. Los invito a unirse a esta oración, para que la Iglesia en China, en libertad y tranquilidad, pueda vivir en comunión efectiva con la Iglesia universal y ejercitar su misión de anuncio del Evangelio a todos, ofreciendo así también una contribución positiva al progreso espiritual y material de la sociedad.

Y saludo a todos, romanos y peregrinos de Italia y de muchos países. En particular, saludo a los fieles de España, Portugal, Francia, Bélgica, Polonia y Puerto Rico; a los sacerdotes de Ecuador; a la comunidad Emaús de Foggia; a los voluntarios del Soccorso di Saint-Pierre (Aosta), a los estudiantes de Verona y a los jóvenes de Sombreno, diócesis de Bérgamo.

Saludo a cuantos han participado en Roma en el evento nacional “Elijamos la vida”. Les agradezco su compromiso en favor de la vida y en defensa de la objeción de conciencia, cuyo ejercicio se intenta limitar a menudo. Por desgracia, en los últimos años se ha producido un cambio en la mentalidad común, y hoy en día nos inclinamos cada vez más a pensar que la vida es un bien a nuestra total disposición, que podemos elegir manipular, hacer nacer o morir a nuestro gusto, como resultado exclusivo de una elección individual. ¡Recordemos que la vida es un don de Dios! Siempre es sagrada e inviolable, y no podemos silenciar la voz de la conciencia.

¡Feliz domingo a todos! Por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.


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