Mujeres en las periferias del mundo

(Celam).- En el día en que se celebra el Día Internacional de la Mujer, estamos llamados a reflexionar sobre el papel de la mujer en la sociedad y en la Iglesia. Mirar el pasado para analizar el presente y poder construir el futuro, un futuro mejor, sustentado en principios que muestran lo que Dios quiere.

Presencia femenina que es signo del Evangelio

Hablar de mujeres nos lleva a pensar en rostros concretos, que simbolizan luchas comunes, que ayudan a construir el Reino de Dios. La Iglesia brasileña, la Iglesia en la Amazonía, ha dado pasos en los últimos años, no siempre hacia adelante, pero incluso aquellos que ocasionalmente representaron un retroceso, a la larga, ayudaron a construir el futuro evitando caer en los errores del pasado.

Laura, Joelma, Rosita, Roselei, son nombres detrás de los cuales están representadas las luchas de muchas mujeres para que la Iglesia y la sociedad sean cada vez más una imagen del Dios de la Vida, un signo de la Buena Noticia, del Evangelio, un signo del Reino de Dios. Son una presencia femenina entre los pueblos indígenas, en el mundo de la comunicación, entre los emigrantes y refugiados, junto a las víctimas de abusos y explotación sexual.

Religiosa indígena en la Conferencia Eclesial de la Amazonía

Laura Vicuña Pereira Manso, ha dedicado los últimos años a acompañar la vida del pueblo Karipuna en el estado de Rondônia, Amazonía brasileña. Ella, que también es indígena, fue elegida como representante de los pueblos originarios en la Conferencia Eclesial de la Amazonía – CEAMA, donde “las mujeres tenemos mucho que aportar“, porque, según la religiosa “estamos llamadas a ser esa presencia y esa voz de la mujer en la Conferencia Eclesial de la Amazonía“.

La religiosa Catequista Franciscana ve esta presencia como “una gran responsabilidad, porque estar presente en una institución como ésta es una responsabilidad en el sentido de que estamos llevando la presencia y la voz de muchas otras mujeres que viven en el territorio amazónico. Son abuelas, madres, hijas y de la Vida Consagrada que están presentes viviendo en este inmenso bioma, en esta inmensa región amazónica”. Se trata de “mujeres que lideran familias y comunidades enteras, que promueven la defensa de la vida y que aspiran a un lugar mayor en los espacios de la Iglesia“.

Las mujeres no debemos permanecer invisibles

La Hna. Laura insiste en que “las mujeres nos lo merecemos, necesitamos actuar, hablar, y no debemos permanecer invisibles en estos espacios“. Desde aquí espera “que esto nos ayude a abrir nuestras mentes, nuestros corazones, y a estar abiertos y receptivos a las transformaciones que están teniendo lugar en el mundo y en la Iglesia“. Como indígena, destaca la importancia de la presencia de los pueblos originarios en la CEAMA, como algo que puede “ayudar a ofrecer una visión de la vida, de la lucha, de las cosmovisiones, desde los pueblos originarios y las comunidades amazónicas“.

Estar en la CEAMA es una oportunidad para “traer a la memoria todo lo que nos hace sufrir y amenaza la vida de los pueblos y de este bioma”, para “defender sus territorios, defender la Amazonía, el ecosistema y los pueblos que viven aquí, defender nuestra casa común para que las generaciones futuras tengan vida“. Por ello, insiste en que “la Iglesia debe ser amiga y aliada de los pueblos de la Amazonía y de la Amazonía en su conjunto, para que así nos comprometamos a cuidar nuestra casa común“.

Comunicar en la Amazonía

Comunicar en la Amazonía es “un gran desafío, porque cuando pensamos en esta región, es enorme, las distancias son una dificultad que encontramos para poder llegar donde suceden las cosas”. Las palabras de Joelma Viana nos ayudan a descubrir que en la comunicación amazónica “somos capaces de estar más cerca de la gente, escuchándola, pisando su terreno, compartiendo sus experiencias“, siempre en busca de una comunicación diferenciada. La locutora de radio insiste en que “cuando comunicamos desde la Iglesia en esta región amazónica, no estamos sólo para escuchar, para recoger testimonios. Es necesario estar cerca, compartir estos momentos, vivir estos momentos, compartir cada uno de estos momentos y aprender juntos”.

En la Amazonía, “esta comunicación acaba teniendo un significado mucho mayor, un sentido de compartir la vida de los demás“, de compartir la vida de los pueblos de la región. Según Joelma Viana, estos retos de la comunicación amazónica aumentan cuando la llevan a cabo las mujeres. Insiste en que el trabajo que realizan las mujeres es diferente porque las mujeres “son sensibles y consiguen acoger a los demás. Y tratamos de hacer esto, una acogida de las personas que están cerca de nosotros”.

Mucha gente no cree en el trabajo que realizan las mujeres

En la Iglesia de la Amazonía, las mujeres que trabajan en la comunicación todavía se enfrentan al hecho de que “mucha gente no cree en el trabajo que realizan las mujeres“, dice Joelma. Con un papel destacado en la Red de Noticias de la Amazonía, que desde Santarem, en el estado de Pará, engloba a varias radios católicas de la región, afirma que “cuando miramos el escenario de la región y del propio Brasil, encontraremos pocas mujeres al frente de esta rama dentro de la Iglesia. Vemos más hombres en el proceso que mujeres. Ante esto, insiste en la necesidad de tener una mayor presencia de mujeres”.

En este avance, Joelma destaca la importancia del Papa Francisco, que “a partir del Sínodo de la Amazonía, y ahora también del próximo sínodo, que tiene a las mujeres representadas, termina fortaleciendo aún más este trabajo que venimos desarrollando en esta región, que es tan desafiante, pero al mismo tiempo es tan instigador“. Esto hace que las mujeres, insiste la locutora, “nos sintamos todo el tiempo motivadas a estar presentes, a estar compartiendo lo que aprendemos en nuestra vida diaria“.

Mujeres migrantes, mujeres que resisten y se reinician

Las mujeres refugiadas, las mujeres migrantes, las mujeres apátridas, “son mujeres persistentes, son resistentes, tienen una impresionante devoción por su vocación de mujeres y madres”. De ello habla la hermana Rosita Milesi, que dedica su vida a atender a quienes la sociedad desprecia y explota. En estas mujeres, la religiosa scalabriniana ve la presencia de alguien que supera “con esfuerzo, con dedicación, con cariño, con amor inconmensurable, todas las dificultades y penurias para poder atender, con un mínimo de dignidad, primero a sus hijos, luego a ellas mismas, buscando su reinserción, su reinício en la construcción de los caminos que la migración les impone“.

Este trabajo ha servido a la directora del Instituto de Migraciones y Derechos Humanos (IMDH) para experimentar hechos concretos que ayudan a “expresar mi convicción de lo mucho que actúan, buscan y superan estas mujeres“. Cuenta el caso de una madre que está en silla de ruedas y no puede desplazarse temporalmente. “Sin embargo, pasa la mayor parte del día buscando alternativas, buscando comida, trasladando a los amigos para ayudar a otros que están más necesitados que ella”, nos cuenta.

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Son ejemplos que nos impresionan según la Hna. Rosita Milesi, pero que nos deben servir “como trabajadores humanitarios, para buscar cada vez con más convicción esta posibilidad, o este recurso que tenemos en nuestras manos, para ser servicio, para fortalecer nuestra misión y actuar según el llamado del Papa Francisco, y de tantos líderes que nos inspiran en este momento, buscando acoger con afecto, promover, y dar oportunidades, involucrar a estas mujeres para que pongan todas sus capacidades y talentos al servicio de los demás, como ellas generosamente saben hacer“.

Aprendí a defender los derecho de las mujeres con mi madre

Aprender a valorar y empezar a entender el proceso de lucha de las mujeres es algo que la Hna. Rose Bertoldo aprendió desde muy joven, en la cuna del hogar, observando a su madre que trabajaba con el Movimiento de Mujeres Campesinas en Rio Grande do Sul. Se acuerda mucho de “mi madre cuando salía a la calle en las movilizaciones en Porto Alegre para exigir la paga de maternidad y la jubilación”. Insiste en que “las mujeres nunca han ganado nada gratis, sino desde la lucha organizada“. Dice que “siempre he trabajado, en cada misión como mujer consagrada, a partir de la vida de las mujeres más sufridas, más empobrecidas, especialmente las niñas y las mujeres“, destacando su historia de “identificación de este trabajo de enfrentamiento del abuso y la explotación sexual de niños y adolescentes y la trata de personas“, que hoy asume como su principal misión.

Como religiosa del Inmaculado Corazón de María, su misión ha sido en el “cuidado de la vida, centrada más en la cuestión de las violaciones de los derechos”. Dice que, poco a poco, “como mujer consagrada, me he insertado también en este movimiento de construcción de una Iglesia más centrada en los más empobrecidos, en los más vulnerables. Aquí se engloban también las mujeres“. Su trabajo en la Red Um Grito pela Vida, “ha sido desde esta sensibilidad de sentir el dolor de tantas niñas y mujeres“, viviendo esta opción de trabajo contra el tráfico de personas, como “una presencia profética, como Iglesia, como vida consagrada, como misionera, en esta Amazonía“.

El rostro sufriente de Jesús en las víctima de la trata y del abuso

En la Amazonía, donde vive desde hace nueve años, ve que, sobre todo a partir del proceso de preparación del Sínodo, “se está construyendo una Iglesia que camina con la gente y que también forma parte de la gente“, donde se ha hecho posible “percibir más esta presencia de la mujer en la vida de la Iglesia, en la sociedad, y también percibir, a partir de las voces de las mujeres, cuánto dolor y sufrimiento han padecido las mujeres de la Pan-Amazonía”. La religiosa destaca que “el tema del abuso, la explotación sexual, la trata de personas, el feminicidio, son gritos inmensos que hemos escuchado“. En su trabajo en la Red Um Grito pela Vida, percibe “el rostro de Jesús, la presencia de Dios, el rostro sufriente en la presencia de las mujeres que están en situaciones de trata, en situaciones de abuso, en situaciones de explotación sexual”.

Rose Bertoldo dice que su misión es “ser esta presencia, ayudar, contribuir para que estas mujeres salgan de esta situación de violencia, reconstruyan sus vidas, que puedan también retomar, porque cada mujer es única, cada niña es única, y cada mujer revela la imagen de este Dios lleno de ternura, lleno de amor”. Por eso, “celebrar el 8 de marzo es revigorar, recordar toda la historia de la lucha de las mujeres y seguir creyendo“, insiste. Junto a ello, subraya la necesidad de la formación de otras mujeres “que puedan contribuir a los cambios, especialmente en lo que se refiere a la inclusión, de ser una presencia activa, efectiva y afectiva en los espacios eclesiales, pero también en muchos otros espacios de lucha, de construcción de la dignidad, no sólo de las mujeres, sino de todas las personas“.

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