Las sanaciones de Jesús | Mc 2,1-12

Hasta ahora, según Marcos, el Señor ha hecho innumerables curaciones (1,34.39). De entre ellas dos han quedado en el texto con nombre propio: (1) La suegra de Simón; (2) El leproso.

Resaltemos un detalle particular. En la curación de la suegra de Simón, es Jesús mismo quien se acerca a ella y la cura. En la del leproso, es éste quien se acerca a Jesús para ser curado.

En la que nos presenta el evangelio de hoy, es una comunidad, cuatro personas, que llevan a un paralítico. Es un bello ejemplo de lo que puede lograr la fe de una comunidad en relación con uno de sus miembros enfermos.

Marcos nos presenta a Jesús en casa, rodeado de mucha gente. Ya no podía entrar nadie más porque no había sitio.

Probablemente cuatro amigos o familiares de un paralítico, el texto no nos lo aclara, se enteran de que Jesús está en Cafarnaúm y lo más seguro es que ellos mismos tomen la iniciativa y se tomen la molestia de cargar con el paralítico para llevárselo a Jesús. Es bella la insistencia de estos cuatro. Llegan a la puerta de la casa. No se podía entrar. Como decimos: “no cabía ni una aguja más”. Lo más razonable hubiera sido esperar hasta que Jesús acabara de hablar, o desistir y regresar a casa. Pero no. Ellos llevaban en sus manos un paralítico y en su corazón una fe capaz de trasladar montañas o al manos con la suficiente creatividad e ingenio para buscar otras soluciones.

No debió ser cosa fácil subir al paralítico sobre el techo, abrir un espacio y descolgarlo.

Jesús captó profundamente la situación. Cuando tuvo ante sí al paralítico, lo primero en lo cual se detuvo, como nos dice el texto, fue en “la fe de ellos” y no solamente en el deseo, no tan manifiesto, del paralítico de ser curado. A Jesús lo movió la fe de esa pequeña comunidad y actuó. Actuó de una forma extraña para algunos presentes al decirle al paralítico “Tus pecados te son perdonados” (5). Esta expresión hizo reaccionar a otra “pequeña comunidad”, los escribas y fariseos presentes, no ya con la fe sino con la murmuración. ¿Cómo puede hablar así? ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? (8). Cuando no se acepta la persona de Cristo fácilmente se cuestionan y hasta condenan sus actitudes.

Al final Jesús, curando al leproso, les hace comprender a los escribas y fariseos que su poder va más allá de lo que podemos pensar y, según el texto, “Todos” (12) terminan asombrados y glorificando a Dios y afirmando que “Jamás se había visto cosa parecida”. Quisiéramos haber visto la reacción de los escribas y fariseos al salir de la casa.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón.

1. ¿Qué nos dice la expresión de Jesús: Qué es más fácil decir al paralítico, tus pecados te son perdonados o levántate, toma tu camilla y anda?

2. ¿En qué momentos nuestra familia o comunidad ha actuado como una pequeña comunidad salvadora de alguno de sus miembros? ¿Qué consecuencias ha tenido esta actuación?

3. Recuerdo una ocasión en la cual yo haya ayudado a salvar a una persona con mi fe. ¿Qué enseñanzas saqué de este hecho? ¿Cómo es mi relación con esa persona?

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