La Navidad surge dentro de una historia de luces y sombras.

Ha nacido para nosotros un niño, un hijo nos ha sido dado.

Hoy escuchamos este anuncio en el mismo lugar donde San Francisco quiso ver con sus propios ojos la pobreza en la que el Señor Jesús quiso nacer. Este es el don que está al centro de este día, que Francisco deseaba lleno de alegría y fiesta como ningún otro.

Un Niño frágil, que la soberanía reposa sobre sus hombros y se le dara por nombre: consejero maravilloso (cf. Is 9,5). Un poder de amor y por tanto vulnerable, desarmado: este niño sabrá hacerse alcanzar por las alegrías y esperanzas, por las expectativas y sufrimientos de los seres humanos. Uno de nosotros en lo más profundo, con una capacidad de amor y dolor que nosotros solos nunca podríamos imaginar, y mucho menos experimentar.

Aquí estamos en el corazón de esa vida divina del Hijo, que hoy ha querido asumir nuestra naturaleza humana, como hemos rezado al comienzo de la celebración de hoy. Con este don recibimos el anuncio de la salvación, Dios es el Señor (cf. Is 52, 7). De ahí surge el canto de alegría, el consuelo del Señor es para su pueblo. Este anuncio y esta alegría no tienen límites y se extienden hasta los confines de la tierra (cf. Is 52,8-10).

Podemos repetir hoy con el Salmo 97: Toda la tierra ha visto la salvación de nuestro Dios. Es un anuncio el de hoy que está dirigido a todas las gentes y nos da el sentido universal de la Buena Noticia, que incluye a los seres humanos y la creación, nuestra casa común. ¡Toda la tierra está invitada a gritar, a alegrarse, a cantar himnos! San Francisco en el Cántico al Hermano Sol  dio voz a las criaturas, reconociendo en ellas el bien que viene de Dios y que en la Encarnación del Señor es plenamente reconocido y acogido.

Este canto junto con el grito de la tierra tiene su centro en Jesucristo, el Hijo amado. La Navidad nos recuerda que Dios se ha unido para siempre a nuestra humanidad y a la creación, permanece fiel a ella y la conduce hacia su plenitud. Estamos en el camino, vemos los signos de la fatiga, de pecado y de muerte, que nos interrogan y obligan a purificar nuestra fe. Hoy confirmamos nuestra confianza y pedimos crecer en ella.

Verdaderamente, hoy despunto un día santo para nosotros y una luz espléndida ha descendido sobre la tierra. San Francisco quedó impresionado y marcado por esta luz, hasta el grado de quererla ver con sus propios ojos. No desde el romanticismo de una representación exterior e inanimada. Quiso vivir la Navidad aquí, en Greccio, entre las rocas, con un pueblo de campesinos y gente sencilla, con animales y un altar portátil para celebrar la Eucaristía. Todo muy sencillo y pobre. Todo desde el claroscuro de la luz y la noche, el poder y la pobreza, la grandeza y la pequeñez. Verdaderamente, la vida era la luz de los hombres; la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron (Jn 1,4-5).

Francisco creyó en este primado del amor del Padre en Jesucristo y en el Espíritu, derramado sobre toda la creación, capaz de alcanzar y transformar por caminos misteriosos a toda persona, a toda criatura.

Este Amor estaba en el mundo y el mundo fue hecho por él; sin embargo, el mundo no lo reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron (Jn 1,10-11). Siempre es posible el cierre y el rechazo, y esto forma parte del drama de nuestra condición y de la Navidad.

Al mismo tiempo, a los que lo recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios (Jn 1,12): es posible aceptarlo y en la frágil carne de nuestra humanidad reconocer su modo permanente de ser el Dios con nosotros y no sólo sobre nosotros.

Deseémonos una Santa Navidad desde Greccio, en este año que termina y que nos ha visto todavía afectados por acontecimientos positivos y agotadores.

La Navidad surge dentro de una historia de luces y sombras.

Es Navidad no a pesar de nuestros trabajos y muertes, sino en ellos.

Por esto aun podemos esperar.

Vivamos la Navidad partiendo de la alegría que nos ha indicado Francisco, también en nombre de tantos, bendecidos y a la vez probados por la vida de tantas maneras, y para todos pedimos la plenitud de la bendición y de la vida. Amén.

Homilía del Ministro General en la misa de Greccio.

Fr. Massimo Fusarelli, ofm

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