Estudio Bíblico | Vivir la Pascua en tiempos difíciles


Cómo vivir Pascua en estos tiempos difíciles:
La lección de María de Magdala
(Juan 20,11-18)
P. Fidel Oñoro cjm

¿Cómo me gustaría celebrar la Pascua? Me gustaría celebrarla con el corazón de María de Magdala.

‘Sólo el amor conoce’, escribió san Antonio de Padua. Esto es lo que ocurre con María de Magdala. A pesar de su miedo, sale de la casa y comienza un nuevo camino.

A pesar de la tentación de caer en el vacío, no se deja guiar por la evidencia, sino por el amor.

Después del episodio de la venida a la tumba por parte de Pedro y del Discípulo amado (20, 1-10), alertados precisamente por ella, María se queda sola, llorando junto al sepulcro (20, 11).

Y a este punto el relato sigue sólo con ella.

  1. La caracterización de María Magdalena

María de Magdala es la única protagonista terrena de este nuevo episodio dentro de la ruta de la fe pascual trazada por el cuarto evangelio.

Pongamos cuidado a cómo el narrador de Juan la caracteriza en esta escena:

Primero, su actitud inicial, calmada e introspectiva, se contrapone a la de los discípulos que andaban de prisa. Anota el narrador: ‘entretanto estaba junto al sepulcro’: un ‘estar’ que es como el permanecer fiel a lado de alguien (como en Jn 1,35; 3,29; 19,25).

Segundo, el narrador hace notar los movimientos corporales de María: ‘se inclinó’ (v.11), ‘se volteó’ (v.14), ‘dio media vuelta’ (v.16). Cada movimiento marca un paso en el proceso, sucesivamente ve a los ángeles, al supuesto ‘jardinero’ y a Jesús resucitado.

Tercero, la manera como llama a Jesús. Tres veces María tiene en boca el título ‘Señor’ (Kyrios): avisa que ‘Se han llevado al Señor’ (v.2), a los ángeles responde ‘…a mi Señor’ (v.13) y finalmente anuncia ‘He visto al Señor’ (v.18). Cuando reconoce a Jesús lo llama ‘Maestro’, quien en la última cena se hizo llamar ‘el Señor y el Maestro’ (13,13-14).

Cuarto, vale observar cómo se da la transformación del personaje. Cuatro veces se dice que ‘llora’. No es un llanto fúnebre sino de frustración por no haber encontrado al Señor. En cuanto mira para sí no reconoce los signos: ni a los ángeles en el sitio del cuerpo ni Jesús viviente en el jardín. Con todo, no deja de buscar. Jesús la sacará de esta inercia.

  1. Cinco pasos del camino pascual de María Magdalena

Notemos ahora el proceso de conversión pascual de María de Magdala.

Se trata de una preciosa manifestación del Señor o ‘Cristofanía’. Algunos la llaman la ‘proto-fanía’ porque es la primera manifestación del Resucitado, antes de toda la comunidad.

Primero, el retrato se va a clarear a partir de las lágrimas. Las lágrimas de María dejan ver el dolor, la incomprensión, incluso una fe incipiente, pero sobre todo el amor y la determinación por encontrar de nuevo al Amado. Y es por esta ruta que se abre camino la experiencia del Señor resucitado, dando el giro de la ausencia a la presencia, del no ver al reconocer, de la búsqueda al encuentro. Siempre con una gran pasión (‘pathos’).

Segundo, es interpelada por los ángeles y Jesús como ‘mujer’ (‘gynai’ en griego). El mismo apelativo con que Jesús se dirige a su madre en Caná y en la cruz. Al mismo tiempo se le pregunta por el motivo de su llanto. Una figura representativa de la comunidad, una comunidad que no debería llorar porque su Señor ha vencido la muerte.

Tercero, que no lo reconozca enseguida sugiere, por una parte, la profunda transformación que ha ocurrido en Jesús, pero también el respeto al proceso. Jesús agrega a la pregunta de los ángeles un ‘¿A quién buscas?’. María busca dónde está su Maestro, ahora se invita a buscar al Señor en su nuevo tipo de presencia resucitada.

Cuarto, Jesús la llama por su nombre. Es como el buen pastor que llama por el nombre y a quien las ovejas siguen porque reconocen su voz (Jn 10,3-4). Es como la esposa del Cantar, que reconoce al amado, no por haberlo visto, sino por su voz que la llama por su nombre (Ct 2,8; 5,2). El Maestro es el Señor que viene al encuentro, conoce y llama por su nombre como la primera vez.

Es la primera vez, en el evangelio de Juan, que Jesús llama a una mujer por su nombre. Esto en el mundo semítico equivale a alcanzar su interioridad: en un instante es restablecida la intimidad despedazada por la muerte.

Quinto, Jesús le da una misión. Por su boca sabrán que Jesús los llama ‘mis hermanos’, porque han pasado al estado de hijos del mismo Padre (Jn 1,12) como efecto de su muerte y resurrección. ‘Subo…’. Son llamados a compartir el mismo camino del Hijo que culmina en la plena comunión con Dios: ‘Mi Padre y Padre de ustedes’.

Finalmente, María resume su testimonio en el anuncio ‘He visto al Señor’. El Señor había avisado que en breve no lo verían pero que luego lo volverían a ver (Jn 16,16…). María, la ‘apóstola de los apóstoles’, como la llamó en el siglo III dC Hipólito romano, representa a la comunidad que lo ha visto. En ella vibra una ‘comunidad-esposa’ que pone su corazón en el Amado, la Iglesia -en femenino- de todos los tiempos.

  1. Qué nos enseña María Magdalena para vivir Pascua en estos tiempos de duelo

María de Magdala me recuerda que en la noche más oscura, justo cuando la desesperación quiere dominar, siempre hay una salida. Todavía hay un camino.

Es necesario salir de las trincheras que nos dan seguridad. En medio de la oscuridad podemos buscar el camino hacia la tumba vacía del Señor Jesús.

María de Magdala es capaz de procesar su pérdida. Cuando deja de intentar apropiarse de la vida, descubre mucho más de lo que hubiera podido captar si la hubiera conservado.

¿No es verdad que a veces nos gustaría congelar el tiempo? Cuando perdemos a alguien nos gustaría devolver la película a los mejores momentos para corregir errores, para aprovechar más a esa persona o simplemente para eternizar esos momentos felices.

María está tan prisionera de su dolor, de la pérdida de su amado Maestro, que no se da cuenta de que él está vivo al frente de ella.

También nosotros corremos el riesgo de enfatizar nuestro dolor y de convertirlo en un monumento. Nosotros también corremos el riesgo de no conseguir sacarnos de dentro la tristeza.

María podría haberse refugiado como todos los demás en el cenáculo, para olvidar y no enfrentar el dolor de esa pérdida.

Podría haberse sumergido en el frenesí del trabajo para no pensar. La verdad es que este es el camino más trillado, donde la velocidad y el exceso de cosas por hacer se convierten en un subterfugio para no tomar contacto con lo profundamente doloroso.

María de Magdala habría podido gritar contra los romanos, reclamar a los judíos, o acusar a los apóstoles de no haber sido leales, no haber defendido al Maestro. Sin embargo, nada de esto.

Todas esas alternativas no habrían hecho más que atrasar el proceso.

Ocurre que cuando no se afronta el dolor, todo crecimiento se ve bloqueado. Y al contrario, afrontar la experiencia de la muerte nos posibilita vivir la vida de otra manera, a lo mejor mucho más rica.

¿Qué ocurre más bien con María?

El corazón de María de Magdala es capaz de dar el paso, incluso de dar saltos cualitativos: de su pequeño yo a un mundo más grande; del aferrarse al soltar; del fatalismo a la esperanza; de la manipulación al amor; de una muerte angustiosa a una vida feliz.

En el jardín, María se siente llamada por su nombre. Lo único que tiene que hacer es voltear para ver a Jesús.

No es fácil dar ese giro, pero es necesario. Toda una existencia se puede esfumar entre llantos y lamentos. A veces es más fácil seguir autocompadeciéndose, que dejarse encontrar por la resurrección.

Para reconocer al Resucitado hay que dar la vuelta, convertirnos desde lo más profundo.

Y no sólo eso, también hay que saber distinguir su voz, como se espera de las ovejas con respecto a su pastor. Pero, sobre todo, hay que tener presente que es precisamente él, porque como buen pastor conoce a sus ovejas una por una y las llama por su nombre (Jn 10,3-5).

El Resucitado no nos llama a través de quién sabe qué extraordinaria revelación. Nos llama con un gesto de ternura.

Hay que llorar, sí; se llora porque se ama. Pero el tiempo del llorar es limitado.

Las preguntas se encargan de ayudar a dar el paso. ‘¿Por qué lloras?’, le preguntan dos veces a María de Magdala. Y todavía una tercera pregunta: ‘¿A quién buscas?’, es decir, ¿Qué Señor estás buscando? ¿El que tú te imaginas?

¡Da la vuelta! ¡Deja atrás tu tumba hecha de apegos y miedos! Sólo entonces reconocerás su rostro y tu vida nunca volverá a ser la misma.

El Señor resucitado, el espléndido nuevo Adán, el jardinero de la nueva creación, nos acompaña para que llamemos a nuestro dolor por su nombre y apellido, y para que luego nos liberemos de él.

La alegría cristiana es una tristeza superada, es la conciencia de que nada ni nadie nos puede separar realmente del amor de Jesús.

Sucedió aquella mañana. Puede suceder esta mañana.

Cuando esto ocurre te vuelves misionero de la esperanza. Te das cuenta de que Jesús no es sólo tuyo, que no puedes quedártelo para ti, que hay que llevarlo a otros.

No importa si los demás no creen. A María le pasó lo mismo. Una cosa es cierta, para cada uno hay un camino. Para unos partirá el pan, a otro lo invitará a tocar las llagas de la pasión, a otros los invitará a desayunar en la playa.

Con María de Magdala la Buena Noticia salió de un cementerio. Es una manera concreta de decir: deja los miedos, sal y comienza un nuevo camino.

Esta es la tarea: ve donde mis hermanos y cuéntales lo que tu amor te ha permitido conocer.

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