Estudio Bíblico | Ustedes son mis testigos | Lucas 24, 35-48


Ustedes son mis testigos
Lucas 24, 35-48
P. Fidel Oñoro cjm

La página del Evangelio que leemos este domingo nos cuenta la última aparición de Jesús según el plan narrativo de Lucas.

Estamos entre la escena de Emaús y la de la ascensión. Jesús se muestra a sus discípulos, que a su vez acaban de escuchar lo que los dos peregrinos de Emaús les han referido, sobre todo, cómo el Resucitado le había hecho una catequesis bíblica en el camino y cómo lo habían reconocido en el gesto de la fracción el pan y (24, 35).

Vamos s sumergirnos en esta escena dando tres pasos:

  • observando su lugar dentro del Evangelio, ¿qué función tiene?,
  • decantando sus puntos más importantes
  • y releyendo el conjunto a partir de la cuestión central: cómo se hace uno testigo del Señor.
  1. ¿A qué apunta este pasaje?

Antes de entrar en el texto, es bueno tener en cuenta dos premisas:

Primera. Es buen recordar que estamos en último capítulo del Evangelio de Lucas. Este capítulo es como una bisagra, es al mismo tiempo una conclusión del evangelio y una apertura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Su centro está en el encuentro con Jesús Resucitado.

Segunda. Con el reconocimiento de Jesús como “verdaderamente resucitado”, por parte del grupo apostólico, termina el tiempo del testimonio ocular. Como dice el proemio del evangelio: los que han sido “testigos oculares” están llamados a convertirse en “servidores de la Palabra” y, por tanto, en “enviados”, en “apóstoles” (24, 49) que “anuncian la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos” (24, 47).

De mostrar cómo ocurre esto es de lo que se ocupa precisamente nuestro pasaje de hoy.

En la composición narrativa de este capítulo 24 de Lucas, los dos primeros episodios nos han contado como un grupo de mujeres ha conocido el mensaje pascual (24, 1-12) y cómo dos discípulos del amplio grupo llegaron a la fe (24, 13-35). Incluso se ha dicho que Simón Pedro también ha visto al Resucitado que vive para siempre (24, 34).

La pregunta es, ¿y qué pasa con los demás?

La experiencia pascual sólo es plena en la comunidad cristiana. Por eso Pedro y los dos discípulos habían venido a la comunidad a anunciar la resurrección. Pero no basta con saber la noticia, el mismo Señor Resucitado viene en persona a regalarles la gracia de un encuentro y de conducir a la comunidad entera a la fe pascual.

¿Cómo ocurre?

  1. El encuentro del Resucitado con la comunidad entera en Jerusalén

Dice el narrador que mientras los discípulos de Emaús testimonian su experiencia, Jesús en persona se aparece entre los Once reunidos junto con los demás en el aposento alto de Jerusalén (Lucas 22, 12; Hechos 1, 13).

El Resucitado se pone en medio de ellos y pronuncia su primera palabra: “Paz a ustedes” (24, 36).

Y comienzan las sorpresas. Ellos no lo identifican enseguida, sino que se llevan un susto. Dice el narrador que “aterrorizados y asustados, creían estar viendo un espíritu” (24,37).

La primera reacción de los discípulos, al ver a Jesús, es la del estupor y la del aspaviento. Claro, ya sabían que él no estaba en la tumba: así lo habían comunicado los ángeles a las mujeres ante el sepulcro vacío; y el mismo Jesús en persona ya se habían hecho reconocer por Pedro y los dos de Emaús.

Pero para los discípulos parece permanecer viva y punzante la pregunta sobre qué era lo que había realmente ocurrido.

Jesús entonces los cuestiona con dos “por qué” que invitan a revisar la propia reacción: “¿Por qué están turbados? ¿Por qué la mente de ustedes alberga dudas?” (24, 38).

Vemos que el Resucitado no responde a las dudas de la manera que nosotros esperaríamos, quizás con una aclaración inmediata. Más bien los lleva a que saquen las conclusiones por sí mismos.

Para ello se sitúa en otro plano, no el de las argumentaciones, sino el del encuentro. Más aún, se vale de lo concreto de la tangibilidad y de la convivialidad.

La tangibilidad

Paso siguiente, se hace reconocer en los signos de la pasión impresos para siempre en su carne. Les pide que lo miren y lo toquen: “Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Pálpenme y dense cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que tengo yo” (24, 38-39).

Pero ellos siguen incrédulos, esta vez con los sentimientos mezclados, entre la alegría y el aturdimiento (24, 41). Con la alegría han dado un paso, pero por dentro todavía les queda la duda.

La convivialidad

Jesús, entonces, pide comida y delante de ellos consume la porción de pez asado que le ofrecen (24, 41-43).

Jesús come con los suyos, como lo había hecho de forma habitual en su vida terrena. Es más, esta vez es él mismo quien dice: “¿Tienen algo de comer?” (24, 41). Nos sorprende este gesto tan sencillo, tan cotidiano, tan normal, uno que tantas veces Jesús ha llevado a cabo.

Es más aquí parece más el gesto del “mendigo” que pide comida. Y lo busca humildemente entrando en la casa, precisamente cuando los otros están a la mesa.

Jesús, sorprendentemente, pide comida, porque el comer es algo que está enraizado en lo genuinamente humano, es una necesidad cotidiana: “Danos cada día nuestro pan cotidiano” (Lc 11, 3).

Sabemos que Lucas aquí quiere insistir en la realidad de las apariciones y de la resurrección de Jesús.

Mostrando que come afirma que a quien los discípulos ven no es a un fantasma, ni mucho menos uno que finge ser Jesús, sino que es el mismo que conocieron en su vida terrena, que es el Jesús terreno, pero ahora en su estado glorioso de resucitado.

El comer es signo que ayuda al reconocimiento. El mismo que se hizo reconocer en la fracción del pan en la mesa en Emaús, es el que ahora come el pescado.

Esto es notable: es la primera y única vez en este evangelio que Jesús es presentado en el acto de comer como punto destacado de la escena. Y el evangelio de Lucas se distingue precisamente por las frecuentes comidas de Jesús.

Esto es lo notable: si miramos el conjunto del evangelio veremos que Jesús siempre fundió la enseñanza con la comida. Dichas comidas se convertían en lugar de conflicto precisamente por eso, allí se veía cuánto él era signo de contradicción. En el mundo antiguo compartir la mesa implicaba aceptar al otro y Jesús comía con personas de conducta reprochable.

Por otra parte, es probable que la frase “comió delante de ellos” (24, 43) se podría entender como un comer “junto con ellos”. La misma expresión se encuentra en Lc 13, 26 y allí precisamente tiene el sentido de “comer junto con”; lo mismo podría valer para este caso.

Si esto es así, podríamos pensar que Jesús no sólo está haciendo una demostración de la realidad de su resurrección, sino que además está trayendo a este momento, como lo hizo en Emaús, lo que fue la lógica de la novedad de su comportamiento en las sucesivas comidas narradas a lo largo de este evangelio.

Y hay un detalle más: compartir la mesa no sólo es estar juntos, es también una manera de intercambiar dones.

Veamos cómo sucede: Jesús les pide alimento a los discípulos y ellos se lo dan, pero luego él también les ofrece por su parte algo mucho mayor: su catequesis pascual.

Así como lo hizo con los discípulos de Emaús, a todos ahora les comienza a explicar y aclarar el sentido de lo que ocurrió en la Cruz. Eran cosas que estaban escritas en la Biblia: “Les abrió la mente a la inteligencia de las Escrituras” (24, 45).

El don de Jesús resucitado, después del de la paz (“Shalom a ustedes”, 24, 36), es una nueva manera de entender la realidad. Les muestra que todo tiene un sentido, que todo es gracia, porque encaja en el proyecto salvífico de Dios tal como fue consignado en las Sagradas Escrituras.

Bajo esta luz, la pasión, muerte y resurrección, no son el fracaso de un proyecto, sino precisamente su realización. Todos esperan espontáneamente la gloria, pero también en la muerte estaba inscrita la Palabra de la salvación.

Es así como después del gesto del comer ante ellos les da la enseñanza. Les anuncia, como ya lo había hecho antes, la necesidad de que en su vida se cumpliera lo escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos, es decir, en las Escrituras hebreas (24, 44-45).

A través de las Escrituras les hace comprender la necesidad de su muerte. Atención, no es el destino, sino la “necesidad” lo que ilumina la muerte de Jesús: en un mundo injusto, el justo es rechazado, opuesto y apartado, porque “es insoportable con sólo verlo” (Sabiduría 2, 14). Y cuando el justo, el Siervo del Señor, permanece fiel a Dios y a su voluntad, rechazando las tentaciones del poder, de la riqueza y del éxito, entonces resulta llevado a la muerte, rechazado por todos. Jesús es ese justo y ese siervo de Yahvé.

Aquellos hechos que desde una perspectiva humana sólo significarían fracaso y vacío, también pueden entenderse de otra manera, si Dios lo concede. Pero si los discípulos no creen en las Escrituras, no hay modo de que entiendan que Dios está aconteciendo al interior de esta historia de pasión y mucho menos reconocer la cumbre de la obra en el Resucitado.

Y no sólo les refresca la enseñanza, sino que, anota el narrador: “Entonces les abrió la mente”, el entendimiento, “para que comprendiesen las Escrituras” (24, 45).

Es Jesús quien lo hace posible. Con esta operación terapéutica les da la comprensión de las Escrituras, los hace creyentes, capacitándolos para ser sus “testigos” (mártyres: Lc 24, 48).

Se nos dice así qué es lo que constituye a un testigo del Señor: el escuchar y el comprender las Escrituras del Antiguo Testamento, el recordar las palabras de Jesús recogidas en el Nuevo Testamento, la unidad de la Palabra en la catequesis bíblica dada por Jesús. Entonces será posible creer en su resurrección y proclamarla.

En esta línea se comprende la “conversión y el perdón de los pecados” que el Resucitado confía al testimonio de sus apóstoles (24, 47).

Convertirse, para este evangelio de Lucas, significa volver a leer la propia vida desde otra perspectiva, como un proyecto de salvación.

Se trata de un proyecto que el Padre ha previsto para todos los pueblos de la tierra, “todas las naciones”, pero sobre todo para los hijos que han abandonado la casa del Padre (Lc 15, 11-32), los pecadores públicos (Lc 7, 36-50), los fariseos que considerándose justos y desprecian a los otros (Lc 19, 9-14), los delincuentes colgados del patíbulo (Lc 23, 39-43).

Pues sí, a todos, a todo ser humano de cualquier parte del mundo, allí donde se encuentre, se le regala la gracia de un nuevo comienzo.

Y aquí está el contenido del testimonio:

“Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén” (24, 46-47).

Jesús es claro: “Ustedes son testigos de estas cosas” (24, 48).

Ustedes son mis testigos. Lo son porque han sido perdonados, reconciliados, ellos en primer lugar. Lo son porque gracias a la comprensión que da la Escritura y la mesa compartida, ellos están en comunión plena con el Señor muerto y Resucitado.

Y ahí termina nuestro pasaje.

  1. Cuatro lecciones para llegar a ser testigos del Resucitado

Una

Jesús resucitado no se hace presente haciendo reclamos ni dando órdenes. Lo primero que hace es distensionar: “Se pone en medio de…” (24, 36), recosiendo así la comunión de vida que había sido rota en los episodios anteriores.

Jesús provoca el encuentro con él generando un sentimiento de serenidad. Su primera palabra es: “La paz con ustedes” (24, 36). La paz es un ofrecimiento de comunión. Y para un hebreo es mucho más, la paz es el conjunto de los dones de Dios. Es la serenidad del espíritu que nos permite entendernos unos a otros, de iluminar nuestras relaciones, de ver más el sol que las sombras, de descubrir la verdadera realidad de Dios. Sólo el corazón en paz comprende.

Es necesaria la paz para comprender el significado de las cosas. Cuando sentimos el corazón agitado es bueno parar, callar, no hablar, escuchar.

Dos

¡No soy un fantasma! Me impresiona esta corrección que Jesús hace, casi con tristeza en sus palabras.

Pero más impresionante es su deseo de ser captado con toda su concreción. Su deseo de ser tocado, apretado, abrazado como un amigo que vuelve: “Tóquenme”.

Y disipar miedos y dudas pronuncia los verbos más sencillos y familiares: ¡Miren, toquen, comamos! Es una invitación a abrirse a él con todos los sentidos.

El Resucitado se hace humilde y concreto. No es ante visiones de ángeles, ni ante una teofanía gloriosa, sino ante un pedazo de pescado que Maestro como sus discípulos llegan a descubrirlo.

Es ante la señal más familiar, la necesidad más humana. Jesús quiere entrar en la vida concreta de uno, ser reconocido como parte vital de ella. Quiere participar en mi vida y que yo comparta la suya. Lo toco cuando él me toca.

Tampoco el Evangelio es un fantasma, un razonamiento vaporoso, ni se reduce a un ritual semanal. Es una roca sobre la que se reconstruye la vida, es una fuente de la que bebemos. Y esta buena noticia es: Jesús resucitado no es un fantasma, él tiene carne y sangre como nosotros, él está vestido de humanidad.

Esta pequeña señal del pescado asado será dada por los apóstoles como base del testimonio en su predicación: “Nosotros comimos con él después de su resurrección” (Hechos 10, 41).

Porque comer es signo de vida; comer juntos es el signo más elocuente de una comunión recuperada, reconciliada, que une, preserva y acrecienta la vida.

Tres

Después de la paz y del compartir con ellos la mesa, les hace otro don: “Les abrió la mente para comprender las Escrituras” (24, 45).

Porque hasta ahora sólo habían entendido lo que les convenía, sólo lo que les confirmaba sus ideas.

Me reconforta ver cómo a los discípulos les costó creer, su oscilación entre el miedo y la alegría.

Es la garantía de que la resurrección de Jesús no es su invención, sino un acontecimiento que los supera.

Conocían bien al Maestro, después de tres años de hacer camino entre olivares, peces, pueblos, siempre cara a cara con él. Pero ahora no lo reconocen resucitado.

A la luz de la Escritura comprenden el camino completo de Jesús.

Él es el mismo y es diferente; es el mismo, pero está transformado; es el mismo de antes y es otro. Porque la Resurrección no es simplemente un volver a la vida anterior: es avanzar, es transformación, es el toque de Dios que entra en la carne y la transfigura. Es la realización del proyecto salvífico de Dios.

Cuatro

Sobre la base de su pasión, muerte y resurrección ahora comprendidas en su lógica unitaria y proyectual a la luz de la Palabra, se apoya la predicación cristiana: “En su nombre será predicada a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados” (24, 47).

El perdón es la certeza de que nada ni nadie está perdido de manera definitiva, es el triunfo de la vida, es el renacer el corazón apagado, es una nueva y definitiva comunión de vida con el Señor y con los hermanos.

Y es de esto que somos testigos. Esa es la identidad que nos da el Resucitado: “Ustedes son testigos de estas cosas” (24, 48).

Jesús no nos llamó predicadores, sino “testigos”, que es otra cosa.

Se es testigo cuando arde en el corazón ese estupor que no se apaga, cuando se va donde otros con la sencillez de los niños que tienen algo bueno y nuevo que contar, y que no pueden callarse, porque son tan sinceros que les brota de los ojos.

La buena noticia es esta: Jesús no es un espíritu, algo vaporoso, ¡no! Él es el poder de la vida. Él me regala la conversión que me envuelve con su paz, con su perdón, con su resurrección. Él vive en mí, llora mis lágrimas y en mí sonríe como ninguno.

Sí, él me hace su testigo. Él quiere vivir “en mí” y con él me pasan cosas grandes, con él todo se vuelve más humano y más vivo; en otras palabras, resucitado.

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