Estudio Bíblico | Una ruta para salir de la crisis | Jn 16, 5-11


Una ruta para salir de la crisis
Lectio de Juan 16,5-11
P. Fidel Oñoro cjm

Comienza la tercera parte del discurso de despedida de Jesús. Volvemos a encontrarnos con Jesús y sus discípulos, quienes después de la cena van camino al Getsemaní. Caminan en medio de la noche. Entre tanto Jesús los educa.

  1. Las noches de la fe

Suele ocurrir de vez en cuando que llegamos a sentirnos sumergidos en la oscuridad, como si estuviéramos atravesando una larga noche interminable.

Y lo más fuerte es el hecho de que se puede llegar a tener la impresión de que a Dios pareciera no importarle esta oscuridad y esta noche.

Pues bien, la Pascua llega precisamente para mostrarnos lo contrario, para recordarnos que nuestra fe y nuestra esperanza nacen de la certeza de que Dios vela por nuestras noches.

Muchas veces parece que Dios está durmiendo. “¿Por qué duermes, señor? ¿No te importa que muramos?”, cuestionaban los discípulos en medio de la tempestad. Un eco del Salmo 44, 23: “¡Despierta! ¿Por qué duermes, Señor?

En cambio, él estaba velando.

Parecía dormir en la noche de la nada antes de la creación. En cambio, él velaba. Y el hombre vio la luz.

Parecía dormir cuando Abraham fue llamado a sacrificar a su hijo. En cambio, él velaba.Y Abraham recuperó a su hijo.

Parecía dormir cuando los egipcios estaban a punto de atajar a los judíos en las aguas del Mar Rojo. En cambio, él velaba. Y el pueblo hebreo recuperó su libertad.

Dios pareció dormir cuando Jesús murió en la cruz gritando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?” (Sal 22,2). En cambio, él velaba: y después de tres días, el Hijo fue resucitado.

“Sigue teniendo fe, no desistas”, le repetirá Jesús a un padre de familia en el evangelio (Mc 5, 36).

Y podríamos seguir la lista de ejemplos.

Las noches de la vigilia de Dios en la historia nos enseñan que nos equivocamos al creer que Dios se ha quedado dormido sólo porque el hecho de que su paso no tiene lugar en la hora y en la forma en que reclamamos. Nuestro Dios es un Dios despierto.

  1. Cómo ilumina Jesús la noche

En aquella noche, después de la cena y el lavatorio de los pies, los discípulos se habían llenado de miedo (Jn 14, 1). Y Jesús les regaló una las catequesis más hermosas para no caer en desesperación y abrir ventanas a la esperanza que viene de su Pascua.

Inspirándose en la imagen de la vid y los sarmientos (Jn 15, 1-8) les había explicado a sus discípulos en el cenáculo cómo es la nueva relación que viven con él a partir de la Pascua: “Yo en ustedes y ustedes en mí”.

Una profunda comunión de vida entre el discípulo y el maestro que lleva al discípulo no solo a dar los frutos pascuales de vida nueva para el mundo, sino también a experimentar el rechazo y la persecución del mundo precisamente por su unión con Jesús (Jn 15,26-16,4a).

A partir de aquí, en el capítulo 16 de Juan, comenzando por el versículo 5, encontramos la última instrucción de Jesús, que puede ser leída desde la perspectiva de la formación de la comunidad, la comunidad pascual.

El Señor les enseña en esta ocasión cómo construir una iglesia con vitalidad y fuerza pascual en el mundo.

Hay cinco enseñanzas. Hoy abordamos la primera: la venida del Espíritu Santo que inaugura una nueva etapa en la vida de la comunidad.
Para ello:

Primero, Jesús invita a sus discípulos a que estén felices por su partida, condición ésta para enviar el Espíritu Santo, que es el “Paráclito” –auxiliador- de los creyentes (ver 16,4b-7).

Luego Jesús vislumbra desde ya, el comienzo un pueblo transformado por la Pascua (ver 16,8-11).

Este es el punto de partida de la vida de la comunidad pascual.

  1. Lo que el Espíritu hace en la comunidad, va a impresionar al mundo

Al principio de su discurso había dicho: “el mundo no puede recibirlo porque no lo conoce” (14,17). Ahora Jesús vuelve sobre esta enseñanza: cuando el Espíritu viene, él no viene al mundo sino a la Iglesia.

Dos veces repite esta idea en el v.7, una vez en negativo y otra en positivo: “si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito, pero si me voy os lo enviaré”. Así, lo que el Espíritu hace en la Iglesia es lo que va a impresionar al mundo.

Este es el primer paso en la obra que el Resucitado hace con la fuerza del Espíritu.

¿En qué consiste esta obra? Leamos despacio el texto.

“Cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio” (16,8).

Jesús va lejos al dilucidar las implicaciones de esto. Frente al testimonio de la Iglesia vivificada en el Espíritu, el mundo hace tres aprendizajes.

Veamos las tres palabras clave: pecado, justicia y juicio.

Primer aprendizaje que hace el mundo: el sentido del “pecado” (16, 9)

Jesús dice que el Espíritu convence al mundo “en lo referente al Pecado, porque no creen en mí”.

Una persona que no tiene una fuerte experiencia de Dios no tiene sentido del pecado, todo lo parece normal.

Ahora bien, Jesús no dice “pecados” sino “pecado” (en singular). La tarea de una comunidad centrada en el Señor no es atacar a la gente acusándola de sus pecados sino el hacerle caer en cuenta proféticamente de su pecado fundamental.

El pecado es el rechazo de Dios y de su proyecto para la humanidad. Es una fuerza destructiva que arrasa la gloria y la belleza de la humanidad.

Una mirada rápida a lo que está sucediendo en el país y en el mundo hace caer en cuenta de que esto es verdad. Esto es justamente por el pecado, hay un pecado personal y hay un pecado estructural.

¿Quién niega que las cosas no están bien, que hay factores que no dependen de nosotros, pero que otro sí, que nos hacemos daño? Peor aún pareciera que no se tiene conciencia de eso, no se comprende el alcance del daño profundo están haciendo.

Pero cuando uno “cree” en Jesús el asunto es diferente: se tiene una gran sensibilidad frente al pecado.

Es más, cuando hay una comunidad viva, integrada, renovada, transformada, el pecado de aquel que juega con la vida y la dignidad de los demás queda denunciado.

Quien está en esta situación, cuando ve gente profundamente transformada por la presencia del Espíritu, descubre por primera vez que la naturaleza del pecado es ignorar al único dador de vida, al único que puede dar serenidad, paz y perdón. Comienza entonces a tener sensibilidad de su pecado.

Segundo aprendizaje que hace el mundo: dónde está la fuente de la “justicia” o rectitud de vida (16,10)

Jesús dice que el Espíritu convence al mundo “en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre”.

La “justicia” o “rectitud” es un término que, en el Antiguo Testamento, equivale a “santidad”: indica que una persona es íntegra a los ojos de Dios y del mundo, que es una imagen patente del hombre querido por Dios.

La Buena noticia del Evangelio es que uno no se hace santo por sí mismo. La única manera de lograr una vida integrada, coherente, sólida, bien conducida, es “venir a Jesús”.

“Santificarnos” es lo que Jesús hace en nosotros por medio del Espíritu, porque no es asunto de autoperfección; aunque obviamente no estamos eximidos de nuestro esfuerzo. La obra del Espíritu es darnos lo que nosotros nunca lograríamos por nuestras solas fuerzas: ser lo que estamos llamados a ser.

Esta es la maravillosa experiencia que podemos llamar “la belleza de la santidad”: una belleza que no proviene de maquillajes, sino que viene de dentro.

La comunidad verdaderamente bella es la que está conformada por gente que a pesar de su debilidad ha llegado a ser profundamente íntegra por la fe en Jesús. Cuando esto sucede, se comienza a transformar todo el entorno vital de manera procesual.

Pues bien, esto es lo que mundo descubrirá de la acción del Espíritu en los creyentes: el mundo entenderá que sí es posible ser santo, ser justo, ser diferente.

Que nuestra oración sea lo que dice el Salmo 90,17: “¡Que la belleza (dulzura) del Señor venga sobre nosotros!”.

Tercer aprendizaje que hace el mundo: que el juicio de este mundo ya sucedió en la muerte de Jesús (16,11)

Jesús dice que el Espíritu convence al mundo “en lo referente al juicio, porque el príncipe de este mundo está juzgado”.

Todo hombre tiene la responsabilidad de darle cuenta a Dios sobre su vida cuando al final de su historia se encuentre cara a cara con Él. Pero, ¡cosa curiosa! Jesús está yendo mucho más allá de esto, dice que este juicio ya sucedió.

Un cristiano que sigue a Jesús en el Espíritu Santo vive siempre en una increíble libertad porque ya se sabe juzgado.
Un discípulo vive gozoso, como hijo del Dios viviente.

Lo que el mundo aprendería observando a los creyentes es precisamente eso: que son personas saben vivir porque han conseguido superar sus contradicciones internas y ahora están en paz, reconciliados, forjando un nuevo proyecto de vida con una gran libertad y fuerza interior conducido por el Espíritu.

Este es el primer paso de la obra de Dios con nosotros.

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