Estudio Bíblico | Tres verbos que multiplican


Tres verbos que multiplican vida
Lectio de Juan 6, 1-15
P. Fidel Oñoro cjm
 
La multiplicación de los panes y los peces fue un hecho que marcó a los discípulos. El es el único milagro de Jesús que está en los cuatro evangelios.
 
Para Juan más que un milagro es un signo: hendidura de misterio, acontecimiento decisivo para comprender a Jesús.
 
Jesús tiene pan para todos. Es como si dijera: “Yo hago vivir, yo multiplico la vida”.

Él hace vivir: con sus manos que sanan a los enfermos, con las palabras que curan el corazón, con el pan que significa todo lo que alimenta la vida del hombre.
 
Cinco mil y alrededor es primavera. Sobre el monte, en el lugar donde Dios está más cerca, este pueblo tiene hambre, hambre de Dios.
 
Alguno tiene pan de cebada. La cebada, entre los cereales, es el primero que madura. Es símbolo de frescura y de novedad.

Aquí aparece como la pequeña riqueza de un “muchacho”, también él una primicia del ser humano.
 
A Jesús nadie le pide nada. La iniciativa de alimentar al pueblo proviene de Jesús.

Es él quien se percata de la necesidad de la gente, quien se preocupa y quien moviliza la gran alimentación que viene enseguida.
 
Pongámosle cuidado a la pedagogía de Jesús.

Comienza tanteando a los discípulos. Primero les plantea a una pregunta: “¿De dónde conseguiremos pan para que coma esta gente?” (6, 5).

El narrador deja claro que Jesús lo pregunta para tantear a los discípulos, es una focalización interna, como que sabe lo que está pensando Jesús.
 
Responden dos discípulos Felipe y Andrés. Los únicos dos discípulos que tienen nombres griegos.

Tenemos dos puntos de vista, los típicos de todo grupo: uno pone una objeción y otro propone una solución.

Felipe hace cálculos: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno coma un poco” (6,7).

Andrés, en cambio avanza: “Aquí hay muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces”, aunque de todas maneras pone objeción: “¿Pero qué es eso para tantos?” (6,9). O sea, cinco para cinco mil, pues ni de a migajas, eso no va a alimentar a nadie, es inútil, para qué desperdiciarlos.

Es una manera de decir, al menos comamos nosotros, la gente que resuelva su problema. ¿Y mi hambre qué?
 
De todas maneras puso al frente una solución. Y aquí está el primer paso: da todo lo que tienes, sin pensar si es mucho o es poco. No te reprimas, abre la mano, sé generoso.
 
Y esto resulta ser mucho.

Parece una misteriosa regla divina, cuando mi pan se vuelve pan para todos, ocurren cosas extraordinarias.

El hambre disminuye, no cuando como hasta quedar lleno, sino cuando comparto lo poquito que tengo.

Hay tanto pan sobre la tierra, que si lo compartiéramos nadie pasaría hambre.
 
Es curioso que el evangelio no hable de multiplicación, sino de distribución.

Habla de un pan que no se acaba. Mientras lo distribuían, el pan no se acababa, y mientras pasaba de mano en mano quedaba en cada cada mano.
 
¿Cómo es que alcanzó para todos?. Nunca lo sabremos. No importa el “cómo”. Ocurre y basta. La que vence es la generosidad.
 
El narrador condensa en tres verbos lo que hace Jesús: “tomó el pan, dio gracias y los repartió”.

Son verbos que nos remiten enseguida a la Eucaristía. En griego: Lambanō, eujaristeō y dídomi (dar, distribuir y repartir).
 
Son verbos que pueden hacer de mi vida entera un sacramento: tomar, dar gracias y donar.
 
Nosotros no somos los patrones de las cosas. Si nos consdieramos tales, profanamos las cosas: el aire, el agua, la tierra, el pan, todo lo que encontramos. No es nuestro, es vida de la que viene desde antes de nosotros y que va más allá de nosotros.
 
Requiere cuidado, como el pan del signo que no se deja perder, lo que la gente no come lo guarda, lo pone en doce cestos.

Las cosas tienen una sacralidad, hay una santidad incluso en la materia, la tierra es sagrada. Hay una santidad incluso en las migajas que parecen sobras: que nada se pierda.
 
Aprendemos a acoger y a bendecir: a la gente, al pan, a Dios, a la belleza, a la vida.

Todo lo recibimos y lo elevamos en oración con un inmenso gracias. Y luego lo compartimos.

Ahí quedan los tres verbos de Jesús. Estos se transforman en acogida, gratitud y solidaridad.

Estos tres verbos conjugados en el día de hoy será dentro de nosotros un manantial de evangelio. Y de felicidad.

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