Estudio Bíblico | Mc 9, 2-10


Un buen domingo para todos. 

Como cada año, en el segundo domingo de Cuaresma, se nos propone el relato de la transfiguración de Jesús, que encontramos en los tres evangelios sinópticos y este año tendremos la versión de Marcos. Es un texto muy conocido y muy querido por los cristianos que pensaron en ambientar la escena en el monte Tabor, donde tendría lugar la transfiguración de Jesús. El texto evangélico no habla del monte Tabor, habla de un monte alto y veremos que no es un monte material, sino un monte bíblico, porque los evangelistas utilizan el lenguaje y las imágenes bíblicas para comunicar su mensaje. 

Nosotros vamos a tratar de entender estas imágenes y luego captar el mensaje para nuestra vida. La interpretación que se le da a esta narración suele ser que Jesús privilegió a tres de sus discípulos, quizás los mejores que tenía, y los llevó a la montaña donde les mostró una visión del paraíso. Si las cosas fueran en estos términos podríamos sentir mucha envidia por Pedro, Santiago y Juan, pero la historia no tendría mucho que decir para nuestra vida. 

Digámoslo enseguida: no es una página de crónica, es un texto de catequesis escrito para alimentar la fe de las primeras comunidades cristianas y también la nuestra. Esta narración quiere presentar la forma que los discípulos recorrieron para entender la identidad de su Maestro; y el objetivo de todos los tres evangelistas es hacernos caminar ese camino, que es difícil de entender y luego aún más difícil de practicar, que es el de seguir al Maestro para hacer la misma experiencia que los tres hicieron en la montaña. 

En palabras simples, si no llegamos como los tres apóstoles a ver el rostro transfigurado del Maestro, no podremos seguirlo en su propuesta de vida y de camino que él nos hace.

Escuchemos en qué contexto sitúa el evangelista Marcos este relato. Es muy importante situarlo en el contexto, y de hecho el evangelista lo recuerda expresamente.  Escuchemos: 

“Seis días más tarde tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada”. 

“Seis días más tarde”; es una clara invitación del evangelista para ir a verificar lo que sucedió seis días antes, como diciendo, ‘si quieren entender lo que les voy a contar, tienen que ir a ver lo que sucedió seis días antes’. Había sucedido que respondiendo a una pregunta del Maestro Pedro había dicho: “Tú eres el Cristo”, eres el mesías esperado por siglos en

Israel. 

Y Jesús no había negado la respuesta de Pedro así que los apóstoles fueron inmediatamente llenos de un gran entusiasmo; pensaron ‘ahora nosotros también empezaremos a tener éxito para ser alguien en este mundo’. Pero Jesús había continuado diciendo: “El hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes, por los escribas, ser condenado a muerte, matado y después de tres días resucitaré”. E inmediatamente después había añadido: ‘Si alguien quiere seguir mi mismo camino, deje de pensar en sí mismo, tome su cruz y sígame, porque si alguien quiere conservar su vida para sí la perderá; si en cambio la apuesta por mi propuesta y por el evangelio la salva’. 

El entusiasmo de los apóstoles se debió enfriar inmediatamente, de hecho, Pedro, en nombre de todos, había reaccionado y había dicho: ‘Esto no puede pasar porque la Torá dice que la persona condenada a muerte es una persona maldita de Dios’. Cuando Marcos escribe su evangelio, en los años 68 a 70, inmediatamente después de la persecución de Nerón, las comunidades cristianas estaban heridas, pero todavía muy vivas. La gran dificultad, el gran impedimento para adherirse a Cristo y al Evangelio por parte de los judíos, era precisamente la cruz, porque se consideraba una maldición. ¿Cómo podía ser un crucificado, un hombre derrotado y fracasado, el Mesías que Israel llevaba siglos esperando? 

La cruz es el impedimento para creer en Jesús. Lo dice Pablo en su carta a los Corintios: “La cruz es un escándalo para los judíos y una locura para los paganos”. De hecho, nosotros tenemos el gesto de la señal de la cruz como nuestro símbolo, lo repetimos continuamente para decirnos a nosotros mismos y a los demás que nos hemos adherido a la propuesta que hizo Jesús, pero los primeros cristianos no tenían la cruz como símbolo. Esto ocurrió cuando Constantino, tras descubrir el Santo Sepulcro, colocó una cruz de oro en el Calvario. 

Desde entonces se convirtió en el símbolo de los cristianos. Antes los cristianos tenían como símbolos el ancla, el pez, el Chi Rho que es un símbolo cristiano de “Cristo” que se escribe superponiendo las dos letras griegas “Chi (X)” y “Rho (P)” que son las dos primeras letras en griego del nombre de “CRISTO”, el pavo real, el pelícano, el alfa y la omega, pero no la cruz. Existe un grafito muy famoso que se encontró en el ‘pedagogium’ del Palatino. ¿Qué era el pedagogium? Era una especie de colegio para la formación de los pajes imperiales. ¿Qué está escrito en ese grafito? En primer lugar, se ve a un crucificado con la cabeza de un burro, está la cruz y luego la inscripción: “Alexamenos adora a su dios”. Con toda probabilidad, ese Alexamenos era un hermano de nuestra fe que fue objeto de burla por parte de sus compañeros paganos imperiales porque adoraba a un crucificado. 

Pensemos en Pablo, que fue elegido por la comunidad de Antioquía junto con Bernabé para ir a anunciar a sus hermanos correligionarios, los judíos dispersos por el mundo, recorriendo, por tanto, todas las sinagogas de las ciudades del imperio romano para anunciarles que había llegado el Mesías. Imagínense la alegría que supone decir que el Mesías ha venido, pero cuando añade que fue condenado y asesinado y murió en la cruz, no es de extrañar que echaran a Pablo de las sinagogas. 

Uno de los mayores esfuerzos de los primeros cristianos fue ayudar a la gente a percibir que la cruz no era un escándalo, ni una locura, sino una expresión del amor y la sabiduría de Dios. Esto no era fácil; y, de hecho, así comienza la catequesis que se dirigía a las comunidades primitivas y a nosotros hoy por medio de la narración de la transfiguración. Esta es la respuesta al enigma de la crucifixión. 

¿Qué sucede? Jesús toma con él a Pedro, Santiago y Juan y los lleva aparte a un monte alto. Son imágenes bíblicas que ahora trataremos de descifrar y entender, porque es el camino por el que nosotros también tenemos que andar para encontrar una respuesta a este misterio. Los pasos a seguir son estos, si quieres entender cómo un hombre fracasado y despreciado, ejecutado por los hombres, sea el Mesías de Dios, el primer paso que hay que hacer es dejar la llanura donde está toda la gente, donde se piensa según los criterios de este mundo y dejarse acompañar de Jesús, dejar que Jesús te lleve de su mano y subir a la montaña. 

¿Qué clase de montaña es esta? No es el monte Tabor, por supuesto. Las montañas eran la morada de los dioses en todas las religiones y también Israel tenía la montaña como símbolo del lugar donde se encuentra Dios, donde se asimilan los pensamientos de Dios. Es ahí donde Jesús lleva a sus discípulos y también a nosotros si queremos entender este misterio de la cruz. No es una montaña material, es el momento en el que te involucras en los pensamientos y en la forma de razonar de Dios, en sus sentimientos. Representa, por tanto, la experiencia interior de esta manifestación de Dios. Necesitamos alejarnos de la llanura, de la tierra y subir al cielo donde los pensamientos de Dios están lejos de los de la tierra. 

Después, “ellos solos”. El detalle lo da solamente Marcos. Para asimilar la forma de pensar de Dios necesitamos estar solos con Jesús. Estos momentos de intimidad con él son necesarios, en el silencio, en la meditación, en la oración, momentos en los que nos dejamos envolver en su forma de ver el mundo, la gente, la vida. Los criterios de juicio de los hombres son demasiado fuertes, demasiado arraigados en nuestro corazón.  

Basta pensar en la reacción que tuvo Pedro; reaccionó y Jesús inmediatamente añadió: ‘Piensas según los hombres, no según Dios’. Entonces es importante que nos alejemos de la vanidad, de las banalidades, de la forma de razonar de las personas que razonan mirando solo las realidades, a los éxitos de este mundo. 

Toma el evangelio en la mano, empieza a reflexionar, fórmate un criterio de juicio según Dios, reflexiona y al final llegarás a la conclusión que el evangelio tiene razón, que ser hombre significa seguir el camino de Jesús, el camino del don de la vida; y vale la pena jugarse la vida en lo que nos dijo. Escuchemos ahora lo que sucede en la montaña: 

“Delante de ellos Jesús se transfiguró: su ropa se volvió de una blancura resplandeciente, tan blanca como nadie en el mundo sería capaz de blanquearla”. 

Cuando uno está en la montaña ya no se pueden ver las cosas como se veían antes cuando uno estaba entre los hombres y se pensaba como ellos. En la montaña Jesús se ve diferente. Cuando se entra en el mundo de Dios se asiste a una metamorfosis de su rostro. Se transfiguró ante ellos, no ante los de la llanura que aún ven al crucificado como lo vieron antes. Ahora en la montaña lo ven transfigurado; en la llanura la gente ve a Jesús como un hombre bueno, generoso, sabio, pero como un perdedor, un derrotado, no ganó batallas, no es una persona grande que haya conquistado reinos y que subió al trono y que gobernó a muchos… nadie quiere ser como él porque a los ojos del mundo el crucificado es un fracasado, un perdedor. 

¿Qué sucede en la montaña? Que el rostro desfigurado del crucificado adquiere una luz que es completamente diferente, que lo transfigura; el derrotado, en la montaña se convierte en el ganador porque la grandeza ya no se mide como en la llanura por las batallas ganadas sino por el amor demostrado. La vestidura que lleva Jesús: en la llanura es el del siervo, el taparrabos del esclavo. En la sociedad greco-romana el esclavo era despreciado, ciertamente no era el ideal al que los hombres aspiraban. 

En la montaña todo cambia; los juicios se invierten, los vestidos de Jesús, el del esclavo, del que está para servir, al que todos pueden dar órdenes cuando lo necesitan, se vuelven blancos, brillantes. El evangelista Marcos insiste en esta blancura, “nadie en el mundo sería capaz de blanquearla”. Son imágenes bíblicas: las del blanco y de la luz. El blanco es el color que indica la luz; la luz es la primera criatura de Dios, la primera palabra que Dios pronunció: “Y vio que la luz era buena” y desde ese momento todos los hombres siempre han apreciado la luz. El Qohelet dice que a los hombres les gusta la luz, les gusta ver el sol y la ropa de Jesús se hace luminosa, esplendorosa. 

En el lenguaje bíblico la ropa indica la persona, como se ve a la persona por fuera. Es luminoso, no es lo que ven los hombres, el fracasado porque es un siervo que solo tiene un taparrabos… NO, aquí tiene la ropa brillante, de los que han tenido éxito en la vida porque el éxito no es el de las batallas ganadas sino el del amor. Estos colores recuerdan la Pascua: “Un ángel del señor bajó del cielo, rodó la piedra y se sentó en ella, su aspecto era de un resplandor y su ropa blanca como la nieve”. Es la luz del cielo, la luz de Dios que ahora ilumina la cueva más oscura la de la muerte y la victoria de la vida de Dios sobre la muerte. Y Marcos insiste en este color blanco; es el único que menciona que ningún blanqueador puede hacerlos tan blancos. Esta es también la ropa que los discípulos deben llevar. 

Toda su persona debe transparntar esta luz que es la del amor; y el hecho de que el evangelista Marcos insista en el blanco de la ropa de Jesús significa que nadie como él deja transparentar la luz del amor de Dios y que este amor debe traslucir ahora también en su discípulo que siguió su mismo camino. 

Durante esta experiencia tan chocante aparecen ahora dos personajes. Escuchemos quiénes son: 

“Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías –No sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo–“. 

¿Qué están haciendo estos dos personajes en la historia de la transfiguración? Tanto Moisés como Elías tenían en común el deseo de contemplar el rostro de Dios. Moisés le había pedido al Señor: “Muéstrame tu gloria”. Y Dios le había respondido: “No puedes ver mi rostro, pero te cubriré con mi mano hasta que pase, entonces quitaré mi mano y podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo puedes ver”. 

Elías también quería ver el rostro de Dios. Subió a la montaña, en Oreb e hizo una experiencia de Dios, una experiencia impactante mientras esperaba; pensaba que Dios se revelaría en las fuerzas aterradoras, en el terremoto, en el viento impetuoso y fuerte, en el fuego; en cambio se reveló en una suave brisa. Se cubrió la cara y empezó a entender que Dios no era como lo había imaginado, su rostro era diferente. Tanto Moisés como Elías habían empezado a intuir algo de este rostro de Dios, pero la revelación completa estaba por venir. Esto es lo que nos dice el relato de la transfiguración. Ahora Moisés y Elías pueden por fin contemplar el rostro de Dios en Jesús de Nazaret. Sus deseos se han cumplido. 

Lo que se había escrito en el Antiguo Testamento sobre las manifestaciones de Dios se trataba de una preparación para esta revelación plena. Y Pedro toma la palabra; no está entendiendo nada todavía, dice el evangelista Marcos, no sabe lo que está diciendo y pide hacer tres tiendas: una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías. El significado de estas tres tiendas no es fácil de determinar, pero ciertamente tienen una referencia al éxodo. Aquí indican el deseo de Pedro de detenerse porque quien construye una tienda significa que quiere fijar su morada en un lugar determinado, que no se quiere mover. 

Tal vez nuestra experiencia espiritual nos puede ayudar a entender lo que Pedro estaba intuyendo. Cuando escuchamos el evangelio damos instintivamente el asentimiento a lo que Jesús nos está revelando porque estamos hechos bien, nuestro interior nos dice que el verdadero hombre es el que ama, el que abre su corazón a las necesidades de su hermano y sería bueno detenerse ahí porque volver en el mundo y poner en la práctica esta nueva vida que hemos descubierto en el evangelio es complicado. No volvemos de buena gana a la vida cotidiana… los problemas, los conflictos sociales, las disensiones familiares, los dramas con los que todos nos enfrentamos que infunden miedo, pero la relación sana con el Señor no lleva a este aislamiento. Existe el momento de la oración, el momento en el que aprendemos a razonar según los criterios de Dios, pero luego tenemos que volver al mundo de los hombres para llevar esta luz. 

De hecho, hay una anotación sobre el miedo de los discípulos. ¿Por qué se asustan? Se asustan porque si las cosas son como han intuido en la montaña, es decir, que quien da la vida a los ojos de Dios es el vencedor, entonces la vida que triunfa y la de los que aman es para asustarse. Si el crucificado tiene razón, no podemos dejar de tener miedo porque estamos llamados a dar la vida como él lo hizo. Y ahora tenemos la voz del cielo que aclara el sentido de la experiencia que tuvieron los tres discípulos. 

Escuchemos: 

“Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz: Éste es mi Hijo querido. Escúchenlo. De pronto miraron a su alrededor y no vieron más que a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban de la montaña les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron aquel encargo pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos”. 

Pedro había pedido poder construir tres tiendas hechas por las manos de los hombres. Dios responde envolviendo a estos tres discípulos en la nube. ¿Qué es esta nube? Es una imagen bíblica muy frecuente en el Antiguo Testamento. En el libro del Éxodo, por ejemplo, se habla de una nube luminosa que protegía al pueblo de Israel en el desierto, acompañándolo, guiándolo a lo largo de su camino, y Dios también tenía su tienda para acompañar a su pueblo. También Él tenía esta tienda, en la que Moisés entraba para encontrarse con el Señor. Cuando Moisés entraba, una nube cubría esta tienda, siempre como signo de la presencia de Dios. Incluso cuando Moisés sube a la montaña para recibir la Torá, la montaña estaba envuelta por una nube. El significado es claro. Estos tres discípulos fueron introducidos en el mundo y en el pensamiento de Dios. 

Al utilizar estas imágenes Marcos quiso decirnos que Pedro, Santiago y Juan, en un momento especialmente significativo de sus vidas, fueron introducidos en el pensamiento de Dios. Tuvieron una iluminación especial que les hizo comprender o, por lo menos intuir la verdadera identidad del Maestro y la meta de su camino. Jesús no se había manifestado como el mesías triunfante, que todos esperaban, sino como aquel que tras un amargo conflicto se enfrentara al poder religioso, había sido hostigado, perseguido y al final sacado de en medio. 

En un momento determinado estos tres discípulos, envueltos en la nube, empezaron a darse cuenta de que su destino tampoco sería diferente al de su Maestro y tuvieron miedo. Y de esta nube, es decir de Dios, salió una voz: “Este es mi hijo amado, escúchenlo”. La voz del cielo es una expresión frecuentemente utilizada por los rabinos cuando quieren presentar cómo Dios ve las cosas. 

Aquí es como Dios ve a Jesús de Nazaret: crucificado, derrotado, lo ve como el hijo predilecto. Ya lo había dicho en el momento del bautismo y aquí hay una añadidura: “Escúchenlo”. ¿Qué significa hijo predilecto? En la cultura judía del Antiguo Testamento encontramos que un hijo era reconocido como tal por el padre cuando el padre reconocía en el hijo sus propias semejanzas; entonces le decía: ‘Tú eres realmente mi hijo’, no solo por la apariencia externa sino que los valores cultivados por este hijo tenían que ser los del padre, y así lo reconocía como su hijo. Aquí tenemos al Padre del cielo que reconoce en Jesús de Nazaret al hijo predilecto. Es decir, ‘si lo miras a él, me ves a mí, porque es el unigénito que reproduce perfectamente mi rostro’. 

La consecuencia: “Escúchenlo”. Escuchar, ‘shemá’, en hebreo, no significa simplemente oír con tus oídos significa dar tu propia adhesión a él. Solo quien da su propia adhesión y escucha a Jesús de Nazaret se vuelve como él, hijo o hija reconocido por el Padre como uno que realmente se parece a él. Y la semejanza con este Padre se da por el amor. 

Les deseo a todos un buen domingo y una buena preparación para la Pascua. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Close

Cafeteando Netwok

Un espacio con café para ser Iglesia

Hecho con ♥️ por Marco Salas. © Copyright 2020. All rights reserved.
Cerrar