Estudio Bíblico – Mc 14, 1-15,17


Un buen domingo para todos. 

Hoy en día existe un acuerdo casi unánime entre los biblistas al afirmar que en la base de los relatos de la pasión de los cuatro evangelistas hay una historia más antigua, original, escrita pocos años después de los hechos. Es una narración que fue tomada casi literalmente por el más antiguo de los evangelistas, Marcos. 

¿Por qué podemos hacer esta afirmación? Cuando la leemos, a menudo oímos mencionar al sumo sacerdote, pero no nos dice su nombre. Los otros evangelistas que tomaron este texto original y lo siguieron como un esbozo de los hechos, cuando mencionan al sumo sacerdote, siempre añaden a Caifás. El texto original fue escrito poco después de los hechos, no se menciona a Caifás porque todavía estaba en funciones, ya que Caifás cae en el año 36, este texto original de la pasión debió ser escrito antes del año 36. 

Era un relato muy querido por los cristianos de la primera generación, se leía a menudo en las asambleas y nos preguntamos por qué, porque querían que los cristianos se pusieran siempre ante la contemplación del verdadero rostro de Dios, el rostro de Dios que es amor, sólo amor, revelado en el Calvario, en el rostro de Jesús que da la vida. El hombre siempre ha querido ver el rostro de Dios. 

Recordamos a Moisés pidiendo al Señor: “Muéstrame tu rostro”; luego el salmista: “No me ocultes tu rostro, Señor, tu rostro, busco”. Y se fue leyendo esta página que la comunidad cristiana contemplaba este rostro de Dios, el amor. Este relato primitivo fue luego retomado por los cuatro evangelistas que insertaron los detalles, los subrayados que sirvieron para resaltar los temas catequéticos que consideraron significativos y urgentes para sus comunidades. 

Hoy nos acercaremos al relato que encontramos en Marcos, que conserva prácticamente al pie de la letra ese relato primitivo tan amado por la primera comunidad. Y, por ello, diría que es con una actitud llena de emoción que nos acercamos a esta página e incluso podemos imaginar escucharla de pie entre los cristianos de la primera comunidad de Jerusalén. Nos detendremos sólo en algunos detalles que están presentes sólo en el relato de Marcos. 

Comenzamos llamando la atención sobre una primera característica. Marcos, a diferencia de los demás evangelistas, pone de relieve las reacciones muy humanas de Jesús ante la muerte que le espera. Lo presenta asustado y aterrorizado. 

Escuchemos: 

“Llegados al lugar llamado Getsemaní, Jesús dijo a sus discípulos: Siéntense aquí mientras yo voy a orar. Llevó con él a Pedro, Santiago y Juan y empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: Siento una tristeza de muerte; quédense aquí y permanezcan despiertos. Se adelantó un poco, se postró en tierra y oraba que, si era posible, se alejara de él aquella hora”. 

Solo Marcos nota que Jesús en el Huerto de los Olivos al darse cuenta de que lo buscaban para darle muerte; dice que ‘empezó a sentir gran temor y angustia’. Los otros evangelistas evitan presentar a un Jesús temeroso, casi sacudido por un miedo que no puede controlar. La historia recuerda a muchos héroes que enfrentaron la muerte con serenidad, con desprecio del sufrimiento. Pensemos en Sócrates que, después de haber disertado serenamente sobre la inmortalidad del alma con sus discípulos, toma la copa de cicuta y bebe tranquilamente el veneno, y luego recomienda a su discípulo Cratón que ofrezca un gallo a Esculapio, el dios de la salud porque para Sócrates la muerte era una curación de la frágil condición en la que vive el hombre. No es entre estos personajes que hay que situar a Jesús. 

Jesús lloró, tenía miedo a la muerte porque amaba esta vida esta, realidad terrenal y en Getsemaní buscó a alguien que le comprendiera, que estuviera cerca de él en el momento de la elección más dramática de su vida; también podría haber huido temerariamente ante la muerte, pero no lo hizo. Es consolador para nosotros que los hechos se produjeran como nos dice Marcos, contemplando a este Jesús ‘hombre’, no un superhombre; a nuestro compañero de sufrimiento lo sentimos cerca de nosotros. Cuando la vida nos pone de frente a una prueba muy dura e incluso ante la muerte, nos asustamos y si ese momento difícil no se vive a la luz de Dios también podemos perder la cabeza y tomar decisiones sin sentido.  Jesús nos enseña cómo afrontar estas situaciones: orando. 

“En Getsemaní Jesús oraba así: Abbá, Padre, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. 

Sólo Marcos refiriéndose a la oración de Jesús al Padre, en el Getsemaní, hace notar el apelativo arameo que ha utilizado: Abbá. Los rabinos decían que cuando un niño empezaba a probar el trigo cuando se destetaba, aprendía a decir ‘abbá’ e ‘immá’. Se escucha la expresión del niño que empieza a pronunciar sus primeras palabras; no puede decir papá dice: ‘ba’ o ‘ma’ para el papá y la mamá. Los adultos evitaban usar esta expresión infantil ‘abbá’ pero la retomaban cuando su padre era anciano, venido a menos y de nuevo empezaban a llamarlo ‘abbá’ dando la impresión al papá que ellos todavía eran niños y entonces debía sentirse todavía joven. ‘Abbá’ es una palabra infantil porque expresa la confianza y la ternura de Jesús hacia el Padre y esa misma palabra Jesús la pondrá en nuestros labios en la oración porque cuando nos dirigimos a Dios debemos cultivar esta confianza y ternura. 

Nosotros, como los adultos de la época de Jesús, nos cuesta emplear esta palabra que debería traducirse en español como ‘papi’, la expresión que usan los niños con su papá. Luego, de adultos, no la utilizamos más. Jesús quiere que cultivemos esa relación que él tenía con su Padre, la invitación a no dudar nunca aun en las situaciones aparentemente más absurdas que Dios está cerca de nosotros y nos ama. Y esta oración nos ayuda a recordar siempre que él es Abbá y que tiene el destino de nuestra vida en sus manos, y por lo tanto estamos en buenas manos. Esto lo podemos entender solo rezando en todos los momentos difíciles de nuestra vida. 

Jesús se dirigió a su Padre y lo llamó Abbá. ¿Quizás dudó que Dios fuera un Padre que lo acompañaba? No, mostró toda su confianza y seguridad en su Padre. Existe otra característica de la narración de Marcos y es que en su escrito no hay referencia a ninguna reacción de Jesús a dos gestos que tienen lugar durante el arresto en Getsemaní. 

El primero: Jesús no dice una palabra cuando Judas lo besa; luego no reacciona cuando uno de los presentes pone mano a la espada. 

“Todavía estaba hablando cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña: Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo con cuidado. Enseguida, acercándose a Jesús, le dijo: ¡Maestro!, y le dio un beso. Los otros se le tiraron encima y lo arrestaron. Uno de los presentes desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al sirviente del sumo sacerdote. Jesús se dirigió a ellos: Como si se tratara de un asaltante, han salido armados de espadas y palos para capturarme. Diariamente estaba con ustedes enseñando en el templo y no me arrestaron. Pero se ha de cumplir la Escritura”. 

Todos los demás evangelistas relatan algunas palabras que Jesús dirigió a Judas; Lucas, por ejemplo, dice: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?”; y Mateo, cuando Pedro pone la mano en la espada, refiere las palabras de Jesús: ‘Vuelve a poner tu espada en su vaina’. Marcos nos muestra a Jesús que no se rebela contra los acontecimientos que no puede evitar; acepta casi pasivamente lo que le sucede y al final concluye simplemente diciendo que se cumplan las Escrituras. 

¿Qué quiere hacernos entender el evangelista Marcos con este silencio de Jesús? Quiere que los cristianos de sus comunidades contemplen a un Jesús manso y desarmado que se entrega a sus enemigos sin reaccionar. Hay momentos en nuestra vida en los que no podemos hacer nada más que aceptar los acontecimientos. El que ha aceptado la propuesta de un hombre nuevo hecha por Jesús debe tener en cuenta que vive al lado de los que todavía pertenecen al reino de las bestias, los que no se implican, como Judas, por ejemplo, en el nuevo mundo, en la nueva humanidad. 

El cristiano debe saber que también tendrá que enfrentarse a la falsedad, a la hipocresía, a la injusticia, a la violencia, que son comportamientos de los que todavía pertenecen al mundo antiguo. ¿Cómo reaccionar en estas situaciones? Aquí está Marcos, que pone la figura de Jesús frente al discípulo, es como él que debemos comportarnos. Y luego, en Marcos, Jesús no se digna a proferir una palabra de reproche al gesto insensato de Pedro; el hecho de que ponga la mano en la espada, es un gesto que está tan alejado de los principios evangélicos que ni siquiera merece ser tomado en consideración. Pedro seguía metido en los criterios, en las soluciones de los problemas propuestos por el mundo. De hecho, Jesús le había dicho: ‘razonas según los hombres, no según Dios’. 

El discípulo que, como Pedro, cree que puede iniciar el nuevo mundo utilizando los métodos del viejo mundo, que son la violencia, el uso de la fuerza, no sólo no crea un mundo nuevo, sino que empeora el viejo. Quien utiliza la violencia se aleja cada vez más del Maestro y se sumerge en las tinieblas de la noche, como hizo Pedro. Todos los evangelistas dicen que en cuanto los discípulos se dieron cuenta de que Jesús no reaccionaba, no peleaba, no invitaba a pelear, huyeron, pero sólo Marcos, recuerda un detalle curioso: 

“Después que Jesús fue arrestado, todos lo abandonaron y huyeron. Un joven anónimo le seguía, también, un muchacho cubierto sólo por una sábana. Lo agarraron; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo”. 

El detalle de este joven huyendo es realmente marginal, nos preguntamos por qué el evangelista lo incluyó. La interpretación común lo considera un detalle autobiográfico y la tradición ha identificado de hecho en ese muchacho al mismo Marcos; pero nos preguntamos si esta escena no tiene un significado simbólico aparentemente un poco cómica. Creo que el mensaje se puede recibir prestando atención a algunos términos que el evangelista Marcos escoge cuidadosamente. El primero ‘νεανίσκος’ = ‘neaniskos’, en griego ‘joven’, es uno de unos 15 a 18 años. Y encontramos que en el evangelio de Marcos este término es utilizado solamente aquí y luego otro joven que aparece en la tumba en el día de Pascua, revestido con una túnica blanca que dice a las mujeres: “Están buscando a Jesús el crucificado, no está aquí”. 

Este joven, en Getsemaní está envuelto en una sábana blanca pero el termino griego que emplea Marcos es ‘σινδόνα’ = ‘sindóna’, en un sudario y él está envuelto en un sudario y desnudo. El cuerpo desnudo se colocaba en el sudario para luego ser puesto en el sepulcro. ¿Qué quiere sugerir Marcos? Los guardias logran atrapar a ese joven, como atraparon a Jesús. ¿Pero qué deja este joven en manos de los guardias? El sudario. Huye desnudo. 

Ese joven, sugiere Marcos, es la imagen de lo que le sucede a Jesús. Han atrapado a Jesús, pero ¿que dejará Jesús en manos de estos guardias al servicio de los poderes de este mundo? Dejará el sudario, no su persona. En Jesús estaba presente la vida del Eterno en su plenitud y esta vida del Eterno escapa a los poderes de este mundo. Eso es exactamente lo que nos pasa porque nosotros también, porque también nosotros hemos recibido el don de esta vida del Eterno, y así cuando nuestra vida biológica crece, se acerca más y más a su conclusión cada día que pasa. 

Cuando llegamos a la conclusión de nuestra vida ¿que puede retener el mundo? Nuestros restos, el sudario, no nuestra persona. En la contemplación de esta escena de este joven vemos lo que le pasó a Jesús. Como al joven, Jesús dejó su sudario para entrar en la vida que es siempre joven. Lo que le pasó a Jesús es la imagen de lo que le pasa a cada uno de sus discípulos; la entrada, después de dejar nuestros restos, en una vida que es eternamente joven. 

Otra característica de la narración de la pasión según Marcos es el silencio de Jesús. En la historia de la pasión de Marcos Jesús está siempre en silencio ante las autoridades religiosas que le preguntan si es el mesías, y ante Pilato que quiere saber si es rey, responde simplemente ‘lo soy’ y nada más. 

“Entonces el sumo sacerdote se puso de pie en medio y preguntó a Jesús: ¿No respondes nada a lo que éstos declaran contra ti? Él callaba y no respondía nada. Frente a Pilato los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato lo interrogó de nuevo: ¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan. Pero Jesús no le contestó, con gran admiración de Pilato”. 

Durante el juicio, nada salió de la boca de Jesús; ante los insultos, las provocaciones, las mentiras, los falsos testigos Jesús calla, no responde a nada, sabe que los que quieren condenarlo son conscientes de su inocencia; sabe que sus enemigos ya han decretado su muerte por lo tanto no vale la pena rebajarse a su nivel para discutir con ellos, sería inútil por lo tanto calla. Existe un silencio que es signo de debilidad, falta de valentía, el de los que no intervienen para denunciar la injusticia porque son cobardes, los que buscan su propio interés más que la verdad, los que no quieren enemistarse con la gente que cuentan para recibir favores. Este es un silencio malo. 

Si, en cambio, es un silencio que es signo de fortaleza, de ánimo, el de quien no reacciona a las provocaciones, el silencio de quien no se acobarda ante la arrogancia, el insulto, la calumnia; el noble silencio de quien está convencido de su propia lealtad, de su propia rectitud y está seguro de que la causa justa por la que lucha acabará por triunfar. El cristiano no es un cobarde que se resigna y no lucha contra el mal, es uno que ama la verdad y la justicia más que su propia vida, y tiene también la fuerza de callar, como hizo el Maestro para no recurrir nunca a los medios empleados por el que lo ataca con la calumnia, la deslealtad y la violencia. Sabe que el triunfo de la mentira es ciertamente efímero al final. 

Todos los evangelistas señalan que después de una acogida inicial entusiasta las multitudes se separaron gradualmente de Jesús y que al final Jesús se quedó sólo con los 12 y estos a su vez en el momento de la elección decisiva huyeron, pero nadie como Marcos resalta la soledad de Jesús durante la pasión. 

Escuchemos: 

“Los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza y decían: El que derriba el santuario y lo reconstruye en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz. A su vez los sumos sacerdotes, burlándose entre sí, comentaban con los letrados: Ha salvado a otros pero a sí mismo no se puede salvar. El Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos. Y también lo insultaban los que estaban crucificados con él. Al mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. A esa hora Jesús gritó con voz potente: Eloi, eloi, lema sabaktani, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. 

Leyendo los relatos de la pasión de los otros evangelistas, siempre encontramos a alguien al lado de Jesús dispuesto a ayudarle. Por ejemplo, el evangelista Juan recuerda al discípulo amado, recuerda a Pedro que sigue a Jesús al menos hasta cierto punto. Mateo recuerda a la mujer de Pilato que manda a decir a su marido: “Deja ir a este hombre porque anoche me quedé turbada en el sueño”. Lucas recuerda que en el camino al Calvario hay una gran multitud de personas, están las mujeres que siguen a Jesús, y luego en el Calvario, Lucas, recuerda al buen ladrón. 

En Marcos, durante la Pasión, no hay nadie. Jesús es rechazado por la multitud, que prefiere a Barrabás, es ridiculizado y golpeado, humillado por los soldados e insultado por los transeúntes y por los dirigentes del pueblo que están presentes en el Calvario. Junto a él no hay nadie; sólo al final Marcos anota que había algunas mujeres que miraban desde lejos.

Completamente solo. Jesús sintió la angustia de quien está seguro de haberse comprometido con la causa justa pero que siente derrotado y ahí está su grito: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Un grito que parece escandaloso pero que expresa su drama interior. 

En el momento de la muerte Jesús ha experimentado la impotencia, el fracaso en la lucha contra la injusticia, contra la falsedad. Se siente derrotado. El que se compromete a vivir de forma coherente la vida del hombre nuevo, el que quiere construir como Jesús el mundo nuevo debe tener en cuenta que en el momento crucial puede ser abandonado por sus amigos, rechazado incluso por su propia familia, puede sentirse abandonado por Dios que no realiza ningún milagro a su favor. En estos momentos también puede lanzar el grito que lanzó Jesús, pero lanzarlo junto a Jesús. 

En un momento culminante de toda la historia de la pasión de Jesús según Marcos está la profesión de fe, no de uno de los discípulos, sino del centurión al pie de la cruz. Es el momento más importante del evangelio según Marcos. 

“Uno de los soldados empapó una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le ofreció de beber diciendo: ¡Quietos! A ver si viene Elías a librarlo. Pero Jesús, lanzando un grito, expiró. El velo del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo: Realmente este hombre era Hijo de Dios”. 

Desde el comienzo del evangelio de Marcos las multitudes se preguntan “pero quién es este que expulsa a los demonios, que realiza prodigios” y también los discípulos preguntan “quién es este hombre al que obedecen las olas del mar” pero nadie logra captar su verdadera identidad y cuando alguien lo proclama Hijo de Dios… recordemos, por ejemplo, ya desde el principio en la sinagoga de Cafarnaún el endemoniado que grita: “Sé quién eres, el santo de Dios”, inmediatamente Jesús dice: “Calla”. Y este silencio siempre es impuesto por Jesús; nadie debe revelar su identidad ¿por qué? Porque ante los prodigios que realiza su identidad podría ser malinterpretada, o sea, ser considerado un mesías según las expectativas de los hombres, ser un mesías glorioso, vencedor, dominador, que realiza milagros prodigiosos. NO. 

Jesús había venido a revelar el verdadero rostro de Dios y este rostro de Dios se revelaría en su totalidad en un momento muy preciso de su vida, será en el calvario. ¿Qué sucede en el Calvario? Los discípulos han huido todos, las multitudes que le aclamaban ya no están allí, han desaparecido. Está un centurión, el que dirige a esos soldados que han crucificado a Jesús. El texto dice que, al ver cómo ha muerto, exclama: “Éste sí es el hijo de Dios”. 

Cuando esta expresión fue dicha por alguien durante su vida pública, Jesús inmediatamente imponía silencio. Aquí Jesús ya no puede imponer el silencio porque está muerto; a partir de aquí podemos proclamar su identidad como Hijo de Dios porque ahora no hay posibilidad de malentendidos. Es Hijo de Dios, es decir, revela el rostro del Padre celestial porque la expresión ‘hijo de’ significa ‘parecido a’, más que ‘generado de’; a partir de aquí los que reconocen en el rostro de Jesús el rostro del Padre no son los discípulos, es el centurión, un soldado romano. 

Ahora todo el mundo puede reconocer en Jesús al Hijo de Dios porque al ver cómo murió, es decir, al ver cuánto amor ha testimoniado. El don total de la vida es el signo máximo del amor, y es este signo de amor el que revela el rostro de Dios en su plenitud y esta identidad fue reconocida por el centurión. Es en este contexto que se hizo evidente el significado del velo del templo que se rasgó en dos de arriba abajo. 

El evangelista Marcos utiliza aquí el mismo verbo que se utilizó en el momento del bautismo de Jesús cuando se dice que los cielos se desgarraron; ‘σχιζω’ = squizo significa romperse de tal manera que ya no se puede arreglar. Se han roto los que eran considerados los siete cielos, y arriba de ellos se encontraba el trono de Dios. Estaban cerrados y ahora se desgarran. Se ha restablecido la armonía entre el cielo y la tierra. Antes estaba el silencio de Dios porque Dios no enviaba más a profetas porque la gente no los escuchaba. Pero ahora esos cielos se desgarran. 

Dios ha enviado a su Hijo; se ha restablecido la paz entre el cielo y la tierra. Y ahora no solo se han desgarrado los cielos, ahora han caído todas las barreras de la tierra, esas barreras que impedían que la gente se encontrara con el Señor. El velo del templo separaba el santo del santo de los santos; y en el santo de los santos, donde se pensaba que Dios estaba presente, el Señor Dios de Israel, solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año. Ahora ese velo se ha rasgado de arriba abajo. No ha habido ninguna ruptura material del velo del templo, sino que un prodigio mucho más extraordinario ha ocurrido. Ahora la casa del Padre está abierta de par en par para todos sus hijos e hijas. Todos sus hijos e hijas pueden entrar, aunque sea pecador en la casa porque Dios considera a todo hombre su hijo, su hija. 

Después de la muerte de Jesús todos los evangelistas introducen en la escena a José de Arimatea, el miembro autorizado del sanedrín, que fue a Pilato para conseguir la autorización para enterrar el crucificado, pero solo Marcos especifica que es un gesto valiente: 

“Ya anochecía; y como era el día de la preparación, víspera de sábado, José de Arimatea, consejero respetado, que esperaba el reino de Dios, tuvo la osadía de presentarse a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que ya hubiera muerto. Llamó al centurión y le preguntó si ya había muerto. Informado por el centurión, le concedió el cuerpo a José. Éste compró una sábana, lo bajó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María de José observaban dónde lo habían puesto”. 

Declararse discípulos de Jesús cuando las multitudes lo aclaman es fácil, pero presentarse como sus amigos frente a la autoridad que lo condenó requiere una gran valentía; y es este coraje el que Marcos subraya en la figura de José de Arimatea. Marcos quiso dar un mensaje a sus comunidades, pero este mensaje es muy actual también para nuestras comunidades de hoy. El evangelista quiso presentar esta figura frente a sus cristianos y a nosotros porque muchas veces los discípulos se convierten en oportunistas, inconstantes, débiles, carentes de valentía, cuando es necesario profesar su fe frente a quienes no la aceptan, tienen la tentación de avergonzarse de los valores morales enseñados por Cristo. Tal vez para evitar disgustos o simplemente para que no se rían de ellos, se adaptan fácilmente a la moral vigente. 

El evangelista Marcos dice que el verdadero discípulo es una persona valiente, da testimonio con su vida y con su palabra a esa propuesta de hombre nuevo que Jesús vino a hacer. 

Les deseo a todos un buen domingo y una buena preparación para la Pascua. 

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