Estudio Bíblico | Martes Santo


‘Era noche…’’. Traición y negación
Lectio de Juan 13,21-38
P. Fidel Oñoro cjm

Ayer tuvimos al frente la imagen del perfume, hoy la de la luz.

Más exactamente la de la luz y su contraste con la oscuridad. Luces y sombras que nos habitan.

La imagen del Siervo de Yahvé aparece en primer lugar. Su vocación y su misión vuelven a resonar en el segundo cántico:
’Es poco que seas mi siervo…
Te voy a hacer luz de las naciones para que mi salvación llegue hasta los confines de la tierra’ (Isaías 49,6).

Hay una meta luminosa que expone a toda la humanidad bajo el sol más terapéutico que existe, el de la salvación de Dios.

  1. Luces y sombras en el cenáculo

De la cena en Betania pasamos a la última cena, en la cual Jesús se despide de sus discípulos.

En medio de ella Jesús ya ha lavado los pies a sus discípulos. La comida se interrumpe bruscamente y se da paso a tres escenas:

(1) El anuncio de la traición de Judas (13,21-30).

(2) Una enseñanza de Jesús sobre el sentido profundo de su pasión (13,31-33) y cómo ésta marcará la identidad de los discípulos (13,34-35; versículos que no leemos hoy).

(3) El anuncio de las negaciones de Pedro (13,36-38).

En el centro de todo está la persona de Jesús, quien conduce los acontecimientos que se van narrando y dice las palabras fundamentales.

Por eso, es a la luz de las palabras centrales de Jesús que hay que entender la sombras que se proyectan tanto en Judas (primera escena: la traición) como en Pedro (tercera escena: la negación).

  1. Judas se retira de la comunidad (12,21-30)

La salida de Judas de la sala está subrayada por una observación del evangelista: “Era noche” (12,30).

La indicación es evidentemente negativa y alude al ambiente espiritual confuso y sombrío en que se mueve el discípulo disidente que se pone al servicio del poder de las tinieblas.

Ya desde el lavatorio de los pies, Jesús había dicho que no todos estaban limpios (ver 12,10-11) aludiendo a quien le iba a entregar. Con esta imagen aludía a una resistencia a su servicio y amor, a la novedad de su propuesta.

Ahora, mientras continúa la cena, resulta que no todo es familiaridad en la sala: allí está Judas listo para la traición.

Jesús, entonces, expone abiertamente el delicado tema.

Jesús, quien se ha sentido profundamente conmovido frente a la muerte de Lázaro (ver 12,33), también se siente conmovido frente a la perspectiva casi inmediata de su propia muerte: “se turbó en su interior y declaró…” (13,21; ver también 12,27).

Jesús, según este evangelio, está muy consciente de todo, tiene control sobre todo lo que ocurre.

Pero esto no quita el que no le afecte esta situación dolorosa personal: el terror de la muerte que ya se intuye en lo que Judas va a hacer.

Jesús no esconde sus sentimientos y vulnerabilidad, aún con riesgo de escandalizarnos.

Jesús no dice el nombre del traidor. Éste se va descubriendo poco a poco.

Uno. La iniciativa la toma Pedro, quien le pide al discípulo amado que le pregunte a Jesús quién es el traidor (13,23-24).

Dos. El discípulo amado hace la pregunta en privado (12,25). Jesús le responde enseñándole una contraseña: “Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar” (12,26b).

Y efectivamente así lo hace (12,26b), pero curiosamente el discípulo amado no se la cuenta a Pedro, es una confidencia que el evangelista le cuenta al lector.

La contraseña dada por Jesús correspondía a la cortesía habitual del anfitrión de un banquete festivo con las personas más allegadas, se subrayaba así el vínculo que éste tenía con sus comensales.

Tres. Jesús procede a escenificar la contraseña, le ofrece un bocado de pan al invitado indigno.

El gesto que connota comunión se contrapone a la deslealtad de quien lo recibe. Nada más opuesto a la amistad que una traición.

El narrador hace sentir aquí el eco del Salmo 41,10: “Hasta mi amigo íntimo en quien yo confiaba, el que mi pan comía, levanta contra mí su calcañar”. Jesús está dramatizando el Salmo.

Entonces Satán entra en acción (13,27ª).

Su derrota ya había sido anunciada (12,31: “ahora el príncipe de este mundo será echado fuera”).

Signo del comienzo de la victoria sobre el mal es que sea Jesús –y no Satán- quien determine el momento en que entra en acción y desencadena los eventos finales.

La Pasión de Jesús llevará hasta sus últimas consecuencias esta confrontación.

No es una confrontación con Judas, no es un asunto personal, sino un combate con el Satán, término que en hebreo significa “adversario”.

El resto de la comunidad, excepto el discípulo amado, continúan ignorantes de lo que está pasando (13,28-29) en el momento en que Judas se pasa al lado de las fuerzas de oposición a Jesús, perdiéndose en medio de la noche (13,30).

  1. La Pasión de Jesús como revelación de la Gloria del Padre (12,31-33)

Jesús comienza una nueva enseñanza apenas sale Judas.

Éste hacía tiempo que ya era un cuerpo extraño en la comunidad. Estaba ahí, pero las enseñanzas ya no tenían valor para él.

Jesús habla ahora para quienes están dispuestos a permanecer con Él y con la comunidad. Les hace la revelación más grande que les puede dar sobre sí mismo y sobre la comunidad.

Notemos los contrastes:

  • Judas salió en medio de la noche (símbolo del mal), ahora Jesús habla de “Gloria” (relacionado con luz).
  • Judas sale como una amenaza de la vida de Jesús, Jesús por su parte se refiere ahora a la victoria de la vida (“Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre”, 13,31).
  • Judas rompe la vinculación con el Maestro, Jesús habla de la comunión que tratarán de mantener con él los otros discípulos (“Vosotros me buscaréis”, 13,33) y más aún de la relación profunda que sostiene con su Padre, la cual está a punto de revelarse completamente (“Dios ha sido glorificado en él… le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto”, 13,31-32). Y con qué palabras llenas de ternura ahora llama a sus discípulos: ¡Hijos míos! (13,33).

La Pasión de Jesús no es una desgracia, detrás de los oscuros acontecimientos hay una revelación: la Pasión es la revelación de la “Gloria”, esto es, de la honda relación recíproca entre el Padre y el Hijo en la cual circula la plenitud de la vida.

“Gloria” es manifestación, visibilización del luminoso esplendor de esta relación que, por medio del Verbo que encarna la naturaleza humana hasta la muerte, está destinada a impregnar salvíficamente la humanidad entera.

  1. La presunción de Pedro: querer salvar al Salvador (13,36-38)

Pedro de nuevo toma la iniciativa y esta vez interpela directamente a Jesús sobre la frase: “A donde yo voy vosotros no podéis venir” (13,33).

La pregunta “¿A dónde vas?” (13,36ª) implicaba que detrás de la muerte de Jesús había algo más.

Hasta aquí Pedro había entendido correctamente. Es justamente lo contrario de lo que han pensado los adversarios: se va al extranjero a evangelizar griegos (7,35), se va a suicidar (8,22).

Jesús no le responde la pregunta sino que insiste en su enseñanza inicial agregando “me seguirás más tarde” (13,36b).

Jesús subraya la imposibilidad de “seguirlo ahora”. El término “seguir” aquí es importante: indica la vivencia de la Pasión en condición de discípulo.

El evangelista Juan subraya así que para que el discípulo esté en condiciones de “tomar la Cruz” en serio tendrá que ser salvado “primero” por ella.

En otras palabras, sólo puede amar a la manera de Jesús (ver 13,34) quien se deje amar completamente por el Crucificado.

Jesús ya lo había dejado entender en el lavatorio de los pies: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (13,8).

Entonces sale a flote la presunción de Pedro: “Yo daré mi vida por ti” (13,37).

La declaración es bellísima, es un arrojo de amor por el Maestro. Es un piropo. Es una nueva confesión de amor. El anterior había sido el de María de Betania con el perfume.

Es lo que quisiera poder decirle a Jesús cada día, minuto a minuto: ‘Me doy todo a ti’.

El amor de Pedro por el Maestro no soporta la posibilidad de su pérdida. Así es la verdadera amistad, capaz de dar la vida por el amigo (15,13).

Con todo y esto, a pesar de la sublimidad de la declaración, Jesús lo corrige.

¿Por qué lo corrige?

Pedro se ha valido de los mismos términos del “Buen Pastor” (ver la repetición del “dar la vida por” en 10,11-18). Ha invertido los roles. Ahora él habla como si fuera el pastor y Jesús su oveja.

Pedro no ha comprendido el sentido de la Pasión. Quiere salvar al Salvador, olvida que el discípulo debe dejar ir a Jesús primero, que intentar seguir a Jesús por sí mismo es exponerse al fracaso en su seguimiento.

El discipulado no es cuestión de heroísmo personal. Brota de una gracia similar a la de la vocación.

Si puedo amar con un amor capaz de ir hasta la muerte es porque hubo uno que me amó primero (ver 1 Jn 4,19).

Paradójicamente, y a fin de cuentas, como se lo predijo el Maestro, Pedro terminará negando a Jesús para poder salvar su propia vida (13,38). A la hora de la crisis se desmoronarán sus buenos propósitos.

Su presunción será derrotada cuando agotado en el límite de sus fuerzas él reconozca que Él necesitaba de esa Cruz.

Entonces comenzará para él un nuevo día.

El canto del gallo marcará el giro interno en Pedro. El canto del gallo era para una cultura campesina y antigua el reloj despertador que anunciaba que había acabado la noche y comenzaba el día.

Cuando Pedro toque fondo, al percatarse de su fragilidad y pecado, ahí cantará el gallo que anunciará una nueva vida, un vuelco radical en su existencia, porque entonces y por fin habrá entendido cuánto necesitaba del amor de esa Cruz.

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