Estudio Bíblico | Marcos 4, 26-34 | XI Domingo del Tiempo Ordinario


Un buen domingo para todos. 

Hoy escucharemos dos parábolas de Jesús ambientadas en el mundo agrícola donde él creció. La primera es una joya preciosa que ha sido conservada por el evangelista Marcos y no es relatada por los otros evangelistas. Jesús ya había contado otra parábola que conocemos muy bien, la de los cuatro terrenos sobre los que cae la semilla de la palabra del evangelio. 

Y con esta primera parábola Jesús quiso presentar las dificultades que la semilla de la palabra encuentra para ser aceptada y echar raíces en los corazones y luego producir frutos. Había hablado de tres terrenos donde la semilla cae y se pierde; pero dijo que hay un cuarto terreno donde encuentra tierra hermosa y, por tanto, produce mucho fruto. No se refería a cuatro tipos de personas y que hubiese que descartar a los que parecen menos receptivos y reservar el anuncio a los que, en cambio, están bien dispuestos. 

Este no era el mensaje. Jesús quería animar al predicador diciéndole: ‘ten en cuenta que muchas de las semillas que esparzas se perderán porque en el corazón de cada persona están presentes esas espinas, esas piedras, esa tierra dura en la que el mensaje no penetra, pero el terreno hermoso también está presente en cada persona por eso siembra con confianza el mensaje del evangelio’. 

En esta primera parábola Jesús se refería especialmente a los bautizados que se dan cuenta que el evangelio que escuchan en sus vidas produce muy poco y entonces la invitación es a revisar por qué este evangelio no daba grandes resultados; y la razón era que la tierra no estaba preparada para recibirla; no es culpa de la semilla, no es culpa de los predicadores.

Jesús dice: ‘revisen el terreno: si hay demasiadas espinas, demasiadas piedras, demasiada tierra dura traten de preparar bien el terreno’. 

La parábola de hoy no se dirige a los que reciben la palabra sino a los que la anuncian. Pensemos en las explicaciones que escuchamos hoy de los sacerdotes, de los catequistas, de los padres que quieren inculcar en el corazón y en la mente de sus hijos el mensaje del evangelio y que también lo testimonian con su vida; y también el ejemplo de todos los cristianos, especialmente de los más comprometidos, que en el contexto de su trabajo profesional o en las reuniones con los amigos hacen referencia al evangelio cuando presentan sus propuestas de vida, sus juicios sobre la realidad política y se comprometen a encarnar el mensaje del evangelio. 

¿Qué clase de discursos hacen los cristianos, empezando por los sacerdotes? Son discursos de personas desanimadas; son los que siguen con más pasión la vida de la iglesia, de la que se sienten miembros vivos. Se puede ver el sufrimiento en sus rostros cuando escuchan los datos despiadados que recogen los periódicos: cientos de iglesias en Europa que están cerradas o des-consagradas, transformadas en librerías, museos, tiendas, o simplemente dejadas en estado de abandono. Por ejemplo, en Holanda, la estupenda catedral de Utrecht que ya no es necesaria. Se ha puesto a la venta al vecino museo por el precio simbólico de un euro. 

Los cristianos más comprometidos sufren cuando se enteran de esta realidad eclesial, del abandono de la práctica religiosa, y también de las propuestas de vida que nos rodean y que seducen sobre todo a las nuevas generaciones, y estas propuestas de vida no son las del Evangelio, son otras. 

Hasta hace unas décadas no se podía entender nuestra sociedad sin referirse a Dios y a los valores que predica el cristianismo; hoy se puede entender muy bien el mundo, la sociedad sin referirse a Dios. Por el contrario, hoy no se entiende al hombre si no nos referimos al dinero, al placer y a la diversión. El mundo laicista se alegra de esta situación y nos repite a los cristianos que ha llegado nuestra hora y que debemos resignarnos a desaparecer. 

En este contexto, en los rostros de los sacerdotes, catequistas y padres cristianos se puede leer el desánimo. No lo dicen, pero piensan que es mejor resignarse. ¿Por qué continuar a seguir hablando del evangelio a los que no les interesa y, al contrario, les interesa otra cosa? ¿Tiene algo que decir Jesús a estos discípulos desanimados? 

Hoy responde a nuestras preguntas con una primera parábola, precisamente a estos interrogantes que he mencionado. Escuchemos la primera parte de esta parábola, aquella en la que un agricultor está trabajando. Es muy breve: 

“Jesús dijo: El reino de Dios se parece a quien esparce semilla en la tierra”. 

Jesús está explicando a la multitud el reino de Dios y sabemos que el reino de Dios no significa el paraíso, el más allá, como algunos siguen pensando; significa ‘el más acá’, es en este mundo que Jesús quiere establecer su reino, que inició con su persona y su mensaje, es aquí donde quiere que comience una sociedad alternativa y verdaderamente humana. Luego, naturalmente, este reino de Dios se implementará en plenitud en la casa del Padre. 

“El reino de Dios se parece a quien esparce semilla en la tierra”. Y ¿quién es este sembrador? Es él y después de él los discípulos que están llamados a dar continuidad a su misión. Deben lanzar esta semilla que es el mensaje del evangelio y notamos que no dice que es un hombre el que siembra, sino que esparce la semilla; significa que está sembrando ampliamente donde la semilla cae, cae; la lanza abundantemente. 

Significa que el mensaje del evangelio debe ser anunciado a todos, no está reservado para nadie en particular, sino que es la humanidad entera la que debe aprovechar esta propuesta. Los discípulos de Cristo deben anunciar el evangelio a todos, a todos los pueblos, a todas las culturas, a todas las religiones a las que pertenezcan debe ser anunciada esta palabra de salvación. 

¿Dónde cae esta semilla? Jesús ha escogido bien la imagen que emplea porque sus oyentes conocen su tierra. En todo Israel el terreno está lleno de piedras tanto que los rabinos decían que cuando Dios creó el mundo tenía cuatro medidas de piedras y a tres las usó para Israel. Y, de hecho, cada metro de campo tiene que ser conquistado quitando las piedras que luego se utilizan para construir esos muros de piedra que marcan el límite de la propiedad y protegen de los animales salvajes que devastan los cultivos, los jabalíes y zorros. También hay muchos arbustos, espinas, malas hierbas. 

Y hay que añadir que en Israel hay mucho sol y poca lluvia y, por tanto, la siembra en este tipo de terrenos es un acto de fe y esperanza de los agricultores. Fe en la fuerza de la semilla que tiene una fuerza vital que resiste todas las dificultades y finalmente germina, pero también es la confianza en la tierra porque a pesar de todos los obstáculos que la naturaleza y los agentes externos pongan en el camino, al final el agricultor está seguro de que la tierra dará sus frutos. 

Lo mismo ocurre, dice Jesús, con el anuncio de la palabra. Es un acto de fe del predicador, fe en la fuerza vital de esta palabra, que es capaz de producir frutos extraordinarios, de cambiar el corazón de las personas, de crear un mundo nuevo, y es fe no sólo en la fuerza de la semilla evangélica, sino fe en la persona que fue creada muy bien, que está hecha para aceptar esta palabra, y es una fe que hay que cultivar. 

¿Por qué? ¿Qué ve el sembrador del evangelio? ¿Qué ve el sacerdote después de la homilía que ha preparado con esmero y le parece que ha salido bien cuando hizo su predicación el domingo? ¿Qué fruto ve después de haber echado esa semilla en el campo? Cuando está en la sacristía oye a la gente que sigue razonando como antes como si no hubieran escuchado la homilía; se dejan influir por los razonamientos que hace todo el mundo, empiezan a hacer los discursos de antes y siguen razonando, hablando de banalidades… 

¿Qué ve la catequista que con emotiva dedicación pasa toda la tarde del sábado en la parroquia? ¿Qué ve? Los niños que salen de la catequesis vuelven jugar al fútbol y volver a reñir como antes como si no hubieran escuchado la lección de catecismo; se interesan por el último modelo de iPad, de los juegos electrónicos, comparten el récord que han conseguido establecer en sus juegos… 

¿Qué ve la madre que les ha inculcado a los hijos los valores evangélicos en sus corazones? Cuando cumplen 18 años ya no quieren ir a la iglesia y entonces ¿ha sido un trabajo inútil el de estos sembradores del Evangelio? 

Cuidado con el error de esperar ver el resultado inmediatamente; como la semilla incluso el mensaje evangélico requiere tiempo para ser asimilado y dar fruto. Los sembradores de la palabra del Evangelio deben tener paciencia, cultivar la esperanza en la certeza en la vitalidad de la semilla del evangelio. El sembrador Jesús también debió tener esta paciencia. Tratemos de pensar lo que vio brotar de sus discípulos: desanimarse. 

Suelo decir a los padres y a los catequistas: Han sembrado, han trabajado con empeño, confíen ahora en la semilla del evangelio. Si lo que anunciaron fue auténtico evangelio, no credulonería o banalidad, tus hijos, tus alumnos de la catequesis ya no se librarán más. Podrán pasar diez o veinte años, pero esa semilla terminará por brotar. Quizás no vivas para ver los resultados de tu trabajo, pero ten la certeza que estos resultados llegarán. Algún día esa semilla brotará. 

A veces también digo a los padres: tienen que descansar, tienen que dormir como la parábola dirá en un momento. El sembrador ha terminado su trabajo, ahora tiene que apartarse, ahora ya no se necesita la ayuda de ustedes, es la semilla la que tiene que lidiar con el terreno. No tienen que enseñar a la semilla lo que tiene que hacer. 

Escuchemos entonces ahora lo que nos dice Jesús sobre lo que sucede bajo la tierra: 

“De noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce fruto: primero el tallo, luego la espiga, y después el grano en la espiga”. 

En la primera parte de la parábola vimos que Jesús presentó de una manera muy rápida el trabajo del agricultor: siembra la semilla; ahora, en cambio, la parábola procede muy lentamente porque Jesús quiere presentar lo que pasa debajo de la tierra cuando el agricultor no está. ‘Duerma o esté despierto’: el agricultor lleva su vida tranquila sin pensar más en lo que pasa en la tierra porque ya no puede hacer nada al respecto, ya no depende de él y ni siquiera sabe lo que pasa debajo de la tierra. 

Es también la experiencia que yo hago: puedo haber dado una conferencia en un salón o online, al final me voy a dormir, no me preocupo más. Ahora es la palabra del evangelio que se la tiene que tratar con el corazón de la gente que han escuchado este mensaje. Yo ya no estoy involucrado, solo tengo que dormir tranquilo, tengo que apartarme. 

Luego Jesús considera el tiempo que pasa: “De noche se acuesta, de día se levanta”- transcurren los días y las noches, luego siguen las estaciones. Después de la siembra viene el invierno, hace frío, llega la nieve y el agricultor se queda en la casa y descansa. Luego llega la primavera cuando la semilla comienza a brotar y a crecer; entonces el agricultor puede contemplar el milagro de la naturaleza y ver que la semilla produce primero el tallo, luego la espiga y luego el grano lleno en la espiga. 

Se ve cómo Jesús era un observador cuidadoso de la naturaleza. Esta parábola se desarrolla justo en este contraste entre la inactividad del agricultor que después de haber sembrado descansa y la vitalidad de la semilla que saca de la tierra toda su fuerza de vida y produce frutos. Es la invitación de Jesús a la certeza de que la semilla del evangelio cuando ha sido lanzada a la tierra acaba brotando y dando fruto. 

Escuchemos ahora la conclusión de la parábola: 

“En cuanto el grano madura, mete la hoz, porque ha llegado la cosecha”. 

El agricultor es paciente, sabe esperar a que el fruto madure. Cuando el fruto está maduro utiliza la hoz, no antes. Vivimos en un mundo siempre más acelerado donde queremos ver el resultado inmediatamente, donde creemos sólo en lo que podemos comprobar hoy y por lo tanto la programación rápida y las intervenciones decisivas son la norma porque los ritmos de producción están presionando. 

Esta prisa e impaciencia son comprensibles para los que dirigen una empresa que va de la producción al consumidor, pero aquí no estamos en el contexto de la producción sino en el mundo del amor donde las decisiones no se pueden tomar precipitadamente, sino que deben ser ponderadas y libres. Es cierto que el relámpago del amor pueda caer como un rayo; también caen rayos en los que escuchan el evangelio: esos entusiasmos inmediatos que duran poco tiempo. 

Los apuros no son de Dios, no son de Cristo y no deben ser del cristiano porque la prisa no favorece las opciones libres, ponderadas y maduradas sabiamente. Lo que Jesús quiere es que el discípulo que anuncia su evangelio entienda que no debe tener prisa, no debe esperar ver inmediatamente o, simplemente, sólo ver el fruto de su trabajo, sino que debe cultivar la certeza de que este fruto llegará. Después del duro trabajo de la siembra el discípulo no tiene nada más que hacer que ser paciente y tener confianza. 

Jesús presentó en una parábola el mensaje de alegría y esperanza presente en el famoso texto de Isaías que Jesús conocía muy bien y que también los predicadores del evangelio deberían tener siempre presente; es el texto que se encuentra en el maravilloso texto de Isaías, en el capítulo 55: “Como la lluvia y la nieve bajan del cielo y no vuelven a subir sin haber regado la tierra, sin haberla fecundado y hacerla brotar, para que dé semilla a los que siembran y pan a los que comen; así será mi palabra dice el Señor. La palabra que salió de mi boca no volverá a mí sin efecto, sin haber hecho lo que deseo y sin haber cumplido lo que le envié a hacer”. 

Y ahora, escuchemos la segunda parábola: 

“Dijo también: ¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo explicaremos? Con una semilla de mostaza: cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas; después de sembrada crece y se hace más alta que las demás hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra. Con muchas parábolas como éstas les exponía la Palabra, conforme a lo que podían comprender. Sin parábolas no les exponía nada; pero aparte, a sus discípulos les explicaba todo”. 

La segunda parábola es introducida por Jesús con dos preguntas: “¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo explicaremos?”. Se trata de preguntas retóricas pero sus oyentes, las multitudes y los discípulos tenían la respuesta preparada: ‘El reino de Dios será con un cedro del Líbano’. No son ellos los que inventaron esta imagen, sino que se encuentra en el profeta Ezequiel que, para describir a Siria en la cima de su esplendor, dice en el capítulo 31 que se había convertido como un cedro del Líbano, hermoso en sus ramas, espeso en su follaje, alto en su tronco, y su cima estaba incluso por encima de las nubes. 

¿Cómo se convertiría un día Israel, un pueblo que siempre ha sido insignificante en el tablero de ajedrez internacional, porque está en medio de los grandes imperios del Oriente mesopotámico y los de Egipto que siempre la han aplastado? Pero un día, dice el profeta Ezequiel: “El Señor tomará una rama de cedro y lo plantará en un monte alto, el monte de Israel, y este cedro se hará enorme, echará ramas, dará frutos, se hará majestuoso, magnífico, y debajo de él morarán todas las aves, los pájaros descansarán a la sombra de sus ramas”. 

¿De quién hablaba? De Israel, que un día se convertiría en el reino bajo el cual se refugiarían todos los demás reinos, todos los demás pueblos. Esta es la grandeza del cedro. Esto es lo que habrían sugerido a Jesús los discípulos: ‘también nosotros debemos llegar a ser así’. La grandeza del cedro también era proverbial para los justos. El salmo 92 dice: ‘El justo florecerá como palmera, crecerá como cedro del Líbano’. 

Jesús los decepciona; retoma la imagen que tienen en mente, la imagen orgullosa del cedro, pero la desarrolla a su manera, la derriba, derrumba esta grandeza. Existe una grandeza, pero no es la del cedro y toma imágenes de la más pequeña de las semillas, la semilla de mostaza. Era proverbial por su pequeñez. 

¿Cuál es la imagen que usa Jesús? La comparación entre la pequeñez de esa semilla que se desarrolla en una sola temporada. Esa semilla da lugar a un arbusto que puede alcanzar dos o tres metros, no es un cedro del Líbano, tiene una grandeza diferente. Jesús dice que crece y se hace más grande que todas las hortalizas del huerto. 

No es un cedro, se habla de una grandeza especial entre las verduras del huerto, ‘λαχάνων’= ‘lajanon’ en griego. Significa un arbusto, pero es increíble que de una pequeña semilla llegue a tener ese tamaño. Es una plantita común y corriente y no tiene nada de vistoso, crece entre las hortalizas de la casa, entre las berenjenas, las alcachofas, las hortalizas, pero tiene su grandeza; no es la de aquellos que admiran los grandes cedros, es una grandeza diferente. Por tanto, Jesús no pretende hacer profecías sobre el futuro brillante de la iglesia que comenzó con pobres pescadores, pero que luego está destinada a convertirse en una sociedad numerosa y fuerte capaz de ser respetada incluso por los reinos y los imperios de este mundo. NO. 

El progreso del reino de Dios no se evalúa de esta manera porque en el evangelio de Lucas se dice que el reino de Dios no se puede ver exteriormente, está dentro, en el corazón de cada persona; encontramos este dicho de Jesús en el capítulo 17 de Lucas. ¿Que significa esta pequeña semilla? Significa que donde el evangelio es recibido allí comienza el reino de Dios; algo extraordinario sucede en el corazón de la persona, es un evento inesperado, una transformación interior que deja a todos asombrados, pero no tiene nada que ver con el asombro que despiertan las estrellas que tienen éxito en este mundo… no, es una grandeza diferente. 

El avaro que explota a los más desesperados para acumular dinero ha perdido su mente por los bienes de este mundo y un día acepta una pequeña semilla, un poco de evangelio; esta semilla se desarrolla en él y provoca algo extraordinario, una decisión inesperada, comienza a ver la necesidad de los pobres, comienza a ayudar a los necesitados. Esta es una grandeza que no se realiza en el exterior, sino dentro de los corazones de las personas. Esta no es la grandeza de los cedros frente a la cual todos se asombran y quedan encantados. Es la grandeza interior, la del amor, que es la única grandeza verdadera. 

Jesús utiliza otra vez la imagen de la semilla de mostaza para hablar de los efectos extraordinarios, sorprendentes, de la fe. El capítulo 17,20 de Mateo dice: “Si tuvieran la fe del tamaño de una semilla de mostaza, dirían a aquel monte que se trasladara allá, y se trasladaría”. No hay nada imposible. La fe en el evangelio produce algo extraordinario, algo que para los humanos es imposible, como mover una montaña. Existen montañas que nos separan, que nos dividen, ciertos odios, ciertos rencores que nunca se moverán –decimos nosotros–. El evangelio puede moverlos si le das la adhesión. 

Después dice Jesús que en las ramas de este grano de mostaza que ha crecido las aves del cielo pueden encontrar un hogar en su sombra. Las aves del cielo es una referencia a la profecía hecha por el profeta Ezequiel que sobre el árbol de cedro se posarían los pájaros del cielo. ¿Cuáles son estos pájaros? En la biblia representan a los pueblos paganos; en el libro del Génesis se dice que estos pájaros, estos pueblos paganos, querían impedir el pacto de Abrahán con Dios y Abrahán los ahuyentó. 

Ahora Jesús dice que estos pueblos que están lejos del reino de Dios buscarán refugio también ellos, se acercarán y serán acogidos en los brazos, entre las ramas de este arbusto que surgió de una pequeña semilla. Es la comunidad cristiana que está representada aquí por este pequeño árbol de mostaza. ¿Qué es lo que Jesús intentaba decir? El reino de Dios acoge a todos; es una realidad modesta que no desprecia a nadie, no hace sentir indigno a nadie y todos pueden encontrar su morada a la sombra de esta mostaza que es el reino de Dios; incluso aquellos que se sienten lejos de Dios porque viven en condiciones de pecado no deben sentirse rechazados. Deben sentirse acogidos entre las ramas de esta mostaza, que son los brazos acogedores de la comunidad cristiana. 

Con estas dos parábolas de hoy Jesús quiere infundirnos alegría, optimismo. Muchas de las grandezas de nuestra Iglesia se verán reducidas. Se trata de la grandeza de los cedros del Líbano, las grandezas de los reinos de este mundo que nos han seducido a lo largo de los siglos. El apego a estas grandezas ha empañado nuestra identidad de servidores de Aquel que se hizo siervo de todos. 

La providencia nos está despojando de estas grandezas, pero en el fondo de las personas la semilla del Evangelio y del reino de Dios seguirá creciendo de manera imparable porque en esta semilla hay un poder que no es de este mundo, sino que viene del cielo. Esta es la razón de nuestra esperanza. 

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana. 

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