Estudio Bíblico | Lunes Santo


Unción de Betania: el perfume del amor
Lectio de Jn 12,1-11
P. Fidel Oñoro cjm

El evangelio de este lunes santo comienza de una forma curiosa.

El narrador nos lleva de nuevo hasta Betania. Jesús está en casa de sus amigos. Sus tres grandes amigos le ofrecen una comida especial (Jn 12,1-2).

En la intimidad de esta casa resulta que hay más personas. El narrador informa al final que allí había ‘un gran número de judíos’ (12,9). Mucha gente.

La escena está poblada por un mundo descompuesto, agitado por los curiosos que quieren ver al Lázaro resucitado.

También llegan los sumos sacerdotes, los guardianes de la fe, los delatores (12,9-10). Mucha gente.

Igualmente se dice que estaban los discípulos de Jesús, Judas entre ellos, el único que entrará en diálogo directo con el Maestro (12,4-8).

En medio este cuadro escénico tumultuoso, el narrador apunta el reflector sólo sobre una persona: María de Betania. Detalla cuidadosamente sus gestos. Enseguida da voz a la reacción de Judas y finalmente al pronunciamiento de Jesús.

Todo en este relato gira en torno lo que ocurre con el perfume.

  1. Los detalles del amor de María

Uno, el perfume, María y Jesús

María de Betania ‘Tomó una libra de perfume… Ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos’ (12,3).

Los pies de Jesús entre sus manos

Es para leer con cuidado. María de Betania toma entre sus manos los pies de Jesús, Dentro de cuatro días (ver 12,1, ya comienza el conteo para la Pascua) este mismo evangelio contará que Jesús, en otra cena, repite ese gesto: toma entre sus manos los pies de los discípulos, casi como si hubiera aprendido de una mujer los gestos para expresar su amor, ese amor que va hasta el extremo (13,1).

Es uno de los encuentros más sublimes del evangelio. Una mujer y Dios se encuentran en los gestos inventados por el amor. Un ser humano y Dios hablan el mismo lenguaje del amor.

Es curioso que entre tanta gente nadie más que tenga ojos para la ternura, para leer los secretos del corazón, sólo María de Betania.

En medio de tanta gente, nadie más entiende, sólo ella, María, la amiga de Jesús que se roba el show en esta escena extraordinaria.

Tomar entre sus manos los pies de Jesús para ungirlos implica acariciarlos.

Los pies, la parte de nuestro cuerpo más lejana del cielo y la más cercana al polvo de los caminos. Pies de Jesús que han recorrido todos los caminos de Palestina, todos los senderos del corazón.

Una caricia que es como un gracias sobre los pies del Verbo hecho carne, del Hijo de Dios. Dios nos vino con alas de ángeles, sino pies de hombre para conocer y recorrer mis mismos senderos. Y el sendero más duro es el de la muerte.

El gesto de María es una confesión de amor. Como si le dijera: ‘Donde tú vayas, yo también iré; donde tú te detengas, yo también lo haré. Te voy a acompañar’.

Y después los cabellos sobre esos pies.

La antropología cultural nos ayuda a entender. Soltarse la cabellera por un hombre era un gesto que tenía una carga afectiva enorme. Era un gesto de intimidad, de pertenencia, de encuentro.

El gesto de María también connota esponsalidad, es lenguaje de alianza.

Dos, el perfume y la casa

‘Y la casa se llenó del olor del perfume’ (12,3). De nuevo el evangelista de los detalles de amor, Juan, vuelve a afinar el lápiz.

No sólo el cuerpo de Jesús, el perfume se esparce en la casa entera. Como ocurre con la amada del Cantar de los cantares, experta en aromas que se esparcen en una nueva primavera.

Esa casa es nuestra tierra que espera que llevemos el perfume del evangelio del amor que fecunda.

¿Es casualidad? ¿Para qué describir una casa llena de perfume? ¿Qué cambia en el mundo un frasco de perfume?

Nos recuerda dónde está lo esencial. El perfume no es como el pan ni como la ropa que no se pueden dispensar. Sin embargo, puesto que vivir no es sólo existir, la vida reclama abundancia de calidad.

Es como ocurre en las bodas de Caná: ¿era necesario tanto vino? Pues el perfume, como el vino, lo que parece superfluo, resulta necesario para la calidad de vida, para la alegría.

¿Cuál es esa necesidad? El perfume es una declaración de amor siempre necesaria. El diálogo silencioso, en la elocuencia de los gestos, deja traslucir: ‘Tú has enseñado que el amor hace existir. Tú nos has llenado de tu amor. Tú nos amas demasiado, pequeños y pecadores, así como somos. Y yo respondo a tu amor con este perfume’.

Pero Judas tiene otro punto de vista: no era necesario. Lo necesario es atender a los pobres, a quienes en justicia se les debe ese dinero.

  1. ¿Un gasto innecesario y negado a los pobres?

El reclamo de Judas pone sobre el tapete otro punto de vista sobre la escena: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?’ (12,5).

Aquel recipiente de nardo valía diez veces las treinta monedas que darán a Judas como precio por Jesús (Mt 26,14). Sale a la luz la valoración que cada uno tiene de Jesús: la de María es diez veces más que la de Judas.

María gasta un perfume avalado en trecientos denarios como para decir: ‘¡Uno te traicionará por treinta monedas, pero yo te amo diez veces más! ¡Uno te venderá, pero yo te rescataré diez veces más!’.

Judas, el hombre de los cálculos, queda mal. María derramó el perfume sin hacer cálculos. Jesús derramará su sangre sin reservarse ni una gota. María y Jesús se entienden el uno al otro. Judas no entiende ni al uno ni al otro.

¿Era necesario?

Es interesante que lo más importante de la cena haya sido esto. Jesús va a morir y lo que necesita no es la comida, sino de gestos intensos, de gratuidad y de ternura.

Todo ser humano busca estas tres cosas: ternura, intensidad y gratuidad. Son las tres cosas que tocan lo más profundo del corazón y fecundan la vida.

Jesús también lo necesitaba. Ahora irá camino a la pasión envuelto no sólo en el amor del Padre que le amó primero, sino del amor tierno y apasionado de una discípula.

¿Dinero negado a los pobres? ¿Qué economía es esta?

Judas, símbolo de la mentalidad concreta, que quiere dar un precio a cada cosa. Imagen de esa mentalidad de tipo capitalista y egoísta que sacrifica las personas a la economía, al dios dinero.

Judas, quien conoce el precio de las cosas, pero no su valor, critica la ternura: ‘Este perfume es dinero robado a los pobres’. Pero el ladrón era él, anota el evangelista (12,6). Judas pensaba en él, en su bolsillo.

Es que se puede trabajar al servicio de pobres, pero con el riesgo de terminar trabajando para el sostenimiento de la propia empresa de caridad.

Y Jesús no se deja encerrar en este tipo de disyuntiva: o tú o los pobres. No, Jesús no pone una prioridad contra la otra. No pide renuncia a un amor en nombre de otro amor: ‘Los pobres siempre los tendrán con ustedes’. Es decir, se los dejo en herencia, los tendrán como parte de mí, miembros de mi cuerpo que necesita unción de perfume, protección, curación y valoración.

Los puntos de vista cruzados entre María de Betania y Judas de Cariot piden el pronunciamiento del lector.

No hay que mirar, como hace Judas, el precio del nardo, sino entrar en la mirada de María quien se fija en el valor de la persona: este Jesús ungido por su grandiosa dignidad revelada en la cruz y en su resurrección.

Hay que mirar también el perfume de casa. Como quien dice: No mires lo costoso del perfume, aprende la generosidad de la amistad e invierte todo lo mejor de ti en tus seres amados.

Quien ama siempre da más de lo que debiera.

  1. La lección

También tú tienes un frasco de perfume de nardo, es tu existencia.

Cada día, minuto a minuto, gota a gota, como se hace con el perfume más caro, aprende a ungir, a esparciéndolo sobre un amigo o un pobre que hasta hoy era un desconocido para ti.

Esparce sobre Jesús el perfume de tu adoración, expresándole cuánto lo amas. ¿No sería un buen ejercicio de oración en este día?

Esparce tu perfume en el servicio.

Tienes el nardo valioso de tu inteligencia, de tu tiempo, de tu cultura, de tu afectividad, de tus finanzas, de tus competencias.

Tienes más de trescientos denarios. Rompe el frasco, no te lo guardes, espárcelo en el Jesús que está en cada hermano.

Pues sí, atrévete, ¡rompe el frasco, deja que salga de dentro lo mejor de ti!

Decía la Madre Teresa de Calcuta a quien se sentía cohibido para dar: ‘No podemos hacer grandes cosas, pero sí pequeñas cosas con un gran amor’. Hazlo y verás cómo tu casa se llena de perfume.

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