Estudio Bíblico – Lectio Divina | Jn 12, 20-33


Si el grano de trigo no muere
Lectio de Juan 12, 20-33
P. Fidel Oñoro cjm
 
En este quinto Domingo de Cuaresma volvemos al Evangelio de Juan por tercera vez para situarnos ante una nueva página que desentraña otros aspectos del sentido de la muerte de Jesús. Juan nos ofrece pistas importantes para acercarnos al inmenso misterio de la Cruz.
 
Veamos.

  1. El contexto
     
    Según el cuarto Evangelio, después del signo de la resurrección de Lázaro, se desata una oposición mortal en contra de Jesús (Jn 11, 1-54). Ellos deciden que debe morir:
    “Así, desde aquel día decidieron darle muerte” (11, 53).
     
    Precisamente Caifás, el sumo sacerdote en ejercicio, afirma que la muerte de Jesús es algo bueno: “Conviene que un solo hombre muera por todo el pueblo” (Jn 11, 50). Esta de Caifás es una palabra subjetivamente asesina, pero objetivamente profética, porque la muerte de Jesús es dar la vida por los demás, por toda la humanidad (11, 51-52).
     
    Teniendo como trasfondo esta tensión, se sitúa una nueva escena.
     
    Cuando se acerca la fiesta de la Pascua, la tercera en este evangelio, Jesús entra en Jerusalén entre aclamaciones que reconocen como el que “Viene en nombre del Señor” y como “Rey de Israel” (Jn 12, 12-14).
     
    Y una vez más, su éxito entre la gente despierta los recelos de los Fariseos: “¡Todo el mundo (“ho kósmos”, en griego: el mundo entero) está yendo detrás de él, ¡lo sigue!” (Jn 12, 19).
     
    A estas alturas ya ha sido tomada la decisión de condenar a muerte a Jesús, y se hace notar que el círculo de enemigos aprieta más y más a su alrededor.

Se intuye que esta celebración de la Pascua también será la de su “hora” anunciada tantas veces.
 
Por otra parte, la afirmación de los fariseos encuentra una clara ilustración en la petición de algunos presentes en Jerusalén para la fiesta.

Entran en escena algunos griegos, es decir, pertenecientes al ámbito de los gentiles, incircuncisos, y por tanto paganos (12, 20).
 
Estos griegos quieren encontrarse con Jesús porque han escuchado hablar de él como un Maestro y como un Profeta autorizado capaz de hacer signos de Dios.
 
Estos no tienen acceso directo a Jesús y por eso buscan la ayuda de sus discípulos. Concretamente de Felipe. Felipe, de hecho, procede de Betsaida de Galilea, una ciudad habitada por muchos griegos. Además, tiene un nombre griego.
 
Y le hace la solicitud: “Queremos ver a Jesús” (12, 21).
 
¿Por qué no han ido directamente donde Jesús? Sabemos que no tenía que ver con la fama de Jesús, el motivo era otro. Porque no le estaba permitido a un rabbí hebreo encontrarse con paganos, impuros, no estaba en conformidad con la Ley, por había que respetar las reglas de pureza.
 
Felipe, vacilante, va a informar a Andrés, otro que también tiene nombre griego y quien había sido el primer discípulo en ser llamado en este evangelio de Juan (Jn 1, 37-40). Juntos deciden llevar la petición a Jesús.
 

  1. La respuesta de Jesús
     
    El cuarto Evangelio no lo dice, pero da testimonio de unas palabras decisivas. Jesús pronuncia una verdadera profecía sobre su hora, la hora de su pasión y muerte, revelada como glorificación.
     
    En primer lugar, Jesús dice que esta petición de verlo por parte de los paganos es un signo y un anuncio de que la hora finalmente ha llegado, la hora en que el Hijo del Hombre es glorificado por Dios.
     
    “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre” (12, 23)
     
    Esto de la “hora” es importante.
     
    Al comienzo del Evangelio, en Caná de Galilea, Jesús le había dicho a su madre: “Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4). Y luego, muchas otras veces, evocó esta hora privilegiada como ya cercana pero aún no ha llegada (Jn 4, 21-23; 5, 25; 7, 30; 8,20).
     
    Ahora, ante esta petición, Jesús hace el anuncio decisivo. Anuncia que su muerte será fecunda, que será fuente de una vida inaudita: su gloria será gloria de Dios.
     
    Para expresarlo, Jesús recurre a la historia del grano de trigo que, para multiplicarse y dar fruto, debe caer al suelo y luego marchitarse, morir. De lo contrario se quedaría estéril y solo.
     
    Un detalle que a veces pasa desapercibido es que el texto dice literalmente: “Si el grano de trigo no muere, queda solo”. Las traducciones al español ponen “queda infecundo”, lo cual tiene que ver con la idea. Pero literalmente es “él permanece solo” (“autós mónos ménei”), es decir, queda solo grano, o también queda en la individualidad (el “uno”) y, por tanto, en el asilamiento y la soledad.
     
    Al aceptar marchitarse y morir, el grano multiplica su vida. Haciendo la travesía por la muerte llega a la resurrección. Y esta nueva vida es mucho más que la simple recuperación de la individualidad.

La fecundidad de la vida apunta en una dirección nueva, el de una frutificación. Y esto es imagen de una vida que se expande y se hace don, que no permanece para sí misma, sino para beneficio de otros.
 
Sí, yo sé, suena paradójico. Pero Jesús mismo enseguida lo aclara:
“El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (12, 25).
 
Aquí el amar la propia vida se refiere al apego. Y “Quien ama su vida la pierde” porque el apego a la vida es lo que impide poner esa vida misma al servicio de los demás.
 
Para Jesús, la verdadera muerte no es la física, les la que da la naturaleza, la condición humana, y también la que los hombres pueden propinarse entre sí.

Para Jesús la verdadera muerte es el negarse a gastarse por otros, dar la vida por los demás, es el encierro estéril sobre uno mismo.
 
En cambio, la verdadera vida es la culminación de un proceso de entrega.
 
En un grano de trigo está sintetizada la vida de Jesús. La historia del grano de trigo es la historia de Jesús, pero también la de sus seguidores que se hacen servidores.
 
En otras palabras, quien, siguiendo a Jesús, pase por la experiencia dolorosa de la pasión y de la muerte como su Señor y junto con su Señor, también obtendrá la resurrección y la vida para siempre.
 
No sólo será Jesús quien sea glorificado por el Padre, sino también el discípulo, el servidor que, siguiendo a su Señor, se convierte en su amigo. En este sentido, con gran fe un padre del desierto llegó a afirmar con valentía: “¡Jesús y yo vivimos juntos!”.
 
Entonces, ¿qué les promete Jesús a los paganos que verán? Su pasión, muerte y resurrección, su abatimiento y su glorificación.

En otras palabras, la cruz como revelación de amor vivida hasta el final, hasta el final (Jn 13, 1).
 
A todo discípulo, proveniente de la tierra Israel o de en medio de las naciones, en lo visible de la Cruz se le da a ver lo invisible de Dios.
 
Siguiendo a Jesús con perseverancia, dondequiera que va, se abre el espacio para contemplar en su muerte ignominiosa la gloria de quienes dan su vida por amor.
 
Según el cuarto evangelio, aquí se anticipa la convocatoria de todos los pueblos de tierra, esa congregación que sucederá cuando Jesús sea levantado en la cruz.
 
Los profetas habían anunciado la participación de los pueblos en la revelación hecha por Dios a Israel. Ahora está por llevarse a cabo, porque Jesús ofrece su vida “para reunir a los hijos de Dios dispersos” (Jn 11, 52).
 
Al final vemos cómo el evangelista abre al lector la posibilidad de captar los sentimientos vividos por Jesús.
 

  1. El estremecimiento de Jesús

Por los evangelios sinópticos sabemos de la angustia de Jesús en Getsemaní (Mc 14, 32-42). Juan nos la cuenta en este momento.

En esta hora anterior a su captura, Jesús mismo confiesa: “Ahora mi alma está turbada; y ¿qué voy a decir?: ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si para esto he venido a esta hora!” (12, 27).
 
Jesús estaba turbado, abrumado (“tarasso”, en griego), ante su muerte, como ya había estado turbado y llorado por la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11, 33-35).
 
Pero esta angustia muy humana no detiene su camino: Jesús es tentado, pero supera radicalmente la tentación abrazando libremente la voluntad del Padre.
 
De una manera diferente a la narrativa presente en los sinópticos, pero profundamente en concordancia con ella, Jesús no quiso ser salvado de esa hora ni estar exento de ella, sino que permaneció siempre fiel a su misión de cumplir la voluntad de Dios Padre en el camino de humillación, de pobreza, de mansedumbre; y no mediante la violencia, el poder, la supremacía o el dominio de otros.
 
Esto nos ayuda a entender su breve oración: “Padre, glorifica tu Nombre” (12, 27). Esto es, “Padre, muestra que tú y yo, juntos, hacemos mí la misma voluntad”.
 
En respuesta a estas palabras, resuena una voz del cielo que la gente oye como un trueno o la voz de un ángel.

Es la voz del Padre que reconoce a Jesús como su Hijo amado valiéndose del verbo “glorificar”. El Padre ha revelado su a lo largo de la vida de Jesús y la revelará nuevamente en su “ahora”, en la “hora” de la pasión.
 
Esto ocurre en la medida en que Jesús se entrega al Padre en el camino de la Cruz.

Esta sumisión no es la entrega a un destino implacable, sino la adhesión a los sentimientos del Padre, sentimientos de amor por el mundo, hasta el punto de darle a su Hijo unigénito (Jn 3, 16).
 
Entonces Jesús puede clamar con convicción:
“Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera.
Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (12, 31-32)
 
Son palabras para leer despacio: “Ahora se está llevando a cabo el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo ha sido expulsado. Y yo, cuando sea levantado de la tierra ”, como la serpiente levantada por Moisés (Números 21, 4-9; Jn 3, 14), “atraeré a todos hacia mí”.
 
“Ahora…”, por fin, ha llegado la “hora”, la hora de Jesús, pero también aquella en la que el mundo, con su orden de cosas conducida por el maligno, es juzgado, y así el príncipe de este mundo, el príncipe de las tinieblas, el enemigo de Dios y de la humanidad, es expulsado, es vencido.
 
Este grito de Jesús es un grito de victoria: en la lucha entre el príncipe de las tinieblas y el Hijo de Dios, es el Hijo crucificado por amor el que sale victorioso. Y es él, quien levantado de la tierra en esa cruz, atrae a todos hacia sí.
 
Pues sí, justo en la cruz, desde lo alto, Jesús será el vencedor del enemigo, el diablo, el padre de la mentira, y por lo tanto el vencedor del mundo de tinieblas que se opone a Dios.
 
Desde la cruz se ha revelado plenamente la gloria de Dios y la de Jesús.
 
Desde lo alto de la cruz, “Jesús el Nazareno, Rey de los judíos” (Jn 19, 19), título escrito en hebreo, griego y latín, lenguas de todo la “oikouméne” (Jn 19, 20), atraerá a todos, judíos y griegos, que verán a aquel a quien traspasaron y se golpearán el pecho de arrepentimiento (Zacarías 12, 10; Lc 23, 48; Jn 19, 37; Ap 1, 7).
 
Todo ojo lo verá y quien, viéndolo, le responderá creyendo en su amor, será salvo y conocerá la vida eterna.
 

  1. La lección

Volvamos al principio del texto. Aquí está la verdadera respuesta para aquellos que querían, y todavía quieren hoy, “ver a Jesús”.
 
Esta es la buena noticia de esta página del evangelio. Buena noticia de manera especial para aquellos discípulos que se la juegan todos los días por Jesús y como Jesús, que conocen la dinámica del grano de trigo que caer al suelo, que se “desvanece” en el sufrimiento, en la soledad y en la clandestinidad.
 
En estas pocas horas de vida que le quedan a Jesús pareciera que todo se redujera a la pasión y a la desolación, al abandono y la negación de los demás. Y lo mismo le pasa a todo discípulo cuando siente la muerte tocando a la puerta.
 
Pero más que nunca es en este preciso momento en el que es necesario contemplar la imagen del grano de trigo que nos dio Jesús y que sintetiza la vida de Jesús y la de todo discípulo suyo: “Si el grano de trigo no muere al caer en tierra, permanece no más que un grano; pero si muere, produce mucho fruto” (12, 24).
 
Ese grano de trigo es Jesús y somos nosotros.
 
Más que nunca es necesario renovar el aliento de la fe, para decir: “¡Jesús y yo vivimos juntos!”.

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