Estudio bíblico | La cruz floreció | Jn 3, 14-17


La Cruz floreció
Lectio de Juan 3,13-16
P. Fidel Oñoro cjm

Según la tradición, la reina Elena, madre del emperador Constantino, trajo a Constantinopla las reliquias de la santa cruz de Cristo halladas milagrosamente durante su peregrinación a Jerusalén.

De aquí resulta esta fiesta de la Exaltación de la Cruz, en la que los cristianos unimos los dos lados de un único acontecimiento: la Cruz y la Pascua, la cruz del Resucitado con todas sus llagas, la resurrección del Crucificado con toda su luz.

Parafraseando a Kant: “La cruz sin resurrección es ciega; la resurrección sin la cruz está vacía”.

Cuando los cristianos pensamos en la cruz, vemos en ella sobre todo dos palos que eran un instrumento de ejecución capital, un suplicio que habla de tortura, de sufrimiento y de muerte.

Ésta, de hecho, es la cruz de la historia humana, la cruz que Cicerón y Tácito describieron como “la tortura más cruel”.

Era una pena de muerte de la que hablaba la Torá como un lugar de muerte reservado para aquellos que era considerados dañinos para la sociedad humana. Era la condenación de uno considerado maldito por Dios y por los hombres: “Maldito el que es colgado de un madero” (Deuteronomio 21, 23; Gálatas 3, 13).

Hay que reconocer que en la historia muchos han sido los crucificados, los asesinados con una violencia sin precedentes y siempre nueva, porque son juzgados peligrosos para la sociedad por el poder religioso y político, poderes que en estos casos fácilmente van de la mano.

Pensemos no más en la crucifixión infligida a los esclavos de la antigüedad y, luego, en la tortura en las cárceles de las diversas comunidades políticas gobernadas por ideologías y tiranías.

¿Cruz gloriosa? No es un instrumento de muerte lo que puede ser glorioso, sino aquello de lo cual se ha convertido en símbolo. Lo que Jesús experimentó en la cruz es lo que debe verse y sentirse glorioso.

“Gloria” (“kabod”, en hebreo) es un término que en el Antiguo Testamento indica peso. Entonces la gloria de Dios es su peso en la historia, es la huella de su acción, de su Reino.

Jesús, quien aceptó esta tortura del régimen totalitario de un Imperio Romano instigado por el poder religioso judío, cargó la cruz y fue hasta el final con terribles dolores mostrando toda su gloria: el peso-gloria de su amor vivido al extremo.

En la cruz Jesús aparece humanamente como un paria, como un desaprobado, como un condenado que sufre sin apelación ni poder. Pero lo que en verdad se muestra es su gloria, el peso que Dios tiene en su vida.

Ese Dios Padre que parecía haberle abandonado, en realidad, siendo obedecido en su voluntad de amor por Jesús, muestra toda su gloria en la vida del Hijo.

La cruz horrible se convierte así en signo luminoso; ese ser izado en lo alto, en un poste, narra el reinado de Jesús, exaltado por Dios (Juan 8, 28; 12, 32-33).

La corona de espinas en la cabeza de Jesús revela su calidad de Rey que se pone al servicio de esa humanidad que lo rechaza.

Sus heridas en manos, pies y costado, muestran cómo Jesús acogió la violencia, sin desquite ni venganza, rompiendo así la cadena del odio, de la enemistad, de la violencia (Isaías 53, 5-6.12).

Pero no siempre entendemos la cruz de Cristo en su verdad.

De hecho, no fue la cruz la que dio gloria a Jesús, sino que fue Jesús quien vivió la cruz de tal manera que hizo de este instrumento mortal el signo y el emblema de una vida ofrecida, gastada, perdida por amor, de amor vivido “hasta el extremo” (eis télos: Juan 13,1) por la humanidad, incluidos sus verdugos.

Para hacerles comprender a los cristianos esta verdad y no encerrar la cruz en una visión dolorosa, la Iglesia sintió la necesidad de celebrarla incluso en un día diferente al Viernes Santo. Para contar la gloria que Jesús mostró por medio de esta ignominia: la gloria del amor.

El cuarto evangelio tiene una perspectiva diferente a la de los sinópticos, lee la pasión de Jesús como un evento de gloria, lee la crucifixión como la entronización del Mesías, lee las blasfemias de los espectadores como títulos que reconocen la verdad identidad de Jesús.

Él es “el rey de los judíos” (Juan 19,19), título escrito y proclamado en hebreo, griego y latín, las tres lenguas de “oikoumene” y que de esta manera afirman “su verdadero Nombre que está sobre todo nombre” (Filipenses 2,9).

No sólo en los evangelios sinópticos (Marcos 8, 3; 9, 31; 10, 33-34 y paralelos), sino también en el cuarto evangelio la cruz fue profetizada por Jesús como una “necesidad” en este mundo injusto, donde el justo acaba siendo rechazado, condenado y asesinado.

De hecho, Jesús, en la conversación nocturna en Jerusalén le había dicho a Nicodemo que, así como Moisés había levantado una señal de salvación para Israel en el desierto (Números 21, 4-9), el Hijo del Hombre sería levantado, para que cualquiera que lo mirara con fe y con una invocación pudiera encontrar vida.

Jesús dijo también: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Juan 12, 32).

Y he aquí el que atrae: un hombre que se manifiesta no como un superhombre, en el poder y el triunfo mundanos, sino un hombre desfigurado y golpeado por los injustos (Isaías 53,2-3) simplemente porque es el único justo capaz de dar su vida por los demás.

Es la narrativa de un amor… En esta fiesta volvamos a escuchar con reverencia estas palabras tan sublimes del Evangelio de Juan.

“Tanto amó Dios…”

El “amar tanto” es cosa de Dios, y de los verdaderos hijos de Dios. Y creo que cada vez que una criatura ama tanto, en ese momento está haciendo algo divino, en ese momento es engendrada como hija de Dios, encarnación de su plan.

“Tanto amó Dios al mundo…”

Son palabras que a fuerza de ser repetidas hacen que la monotonía divina se grabe en la carne del corazón, se guarde como un leitmotiv, como un estribillo que contiene lo esencial. Y que regresan cada vez que una duda vuelve a extender con su velo oscuro el corazón.

“Tanto amó al mundo que dio…”

Para el evangelio el amar es más que una emoción, es un dar, darse generosamente, ilógicamente, tontamente. Y Dios no puede dar nada menos que a sí mismo (Meister Eckart).

“Dios no envió al Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo a través de él”

Mundo salvado, no condenado. Mundo salvado, con todo lo que vive en él.

Salvar significa conservar, y nada se perderá: ningún gesto de amor, ningún coraje, ninguna perseverancia fuerte, ningún rostro. Ni siquiera la más pequeña brizna de hierba. Porque es toda la creación la que pide, la que gime en los dolores de la salvación.

“Para que todo el que crea en él no se pierda, sino para que tenga vida eterna”.

Creer en este Dios es entrar en esta dinámica: dejarle entrar en nosotros, entrar en el espacio divino “del amar tanto”, del confiar en el amor como forma de lo divino y como forma de vivir, es tener vida eterna.

Amar es hacer las cosas que Dios hace, las que no merecen morir porque pertenecen a las fibras más íntimas de Dios. Quien hace esto ya tiene, en el presente, vida eterna, una vida plena, plenamente consciente de su existencia.

En fin…

Santa Cruz. Bendita cruz. Tan obvia y misteriosa. Allí está el Crucificado, entendido y malinterpretado, adorado y vilipendiado, angustiado y lleno de cicatrices, especialmente por nosotros, los discípulos del Nazareno.

Cruz que para un discípulo representa el punto de no retorno del Amor de Dios. Palabra definitiva de Dios sobre el mundo, entrega total y absoluta de sí.

Esto es lo que significa, según las intenciones de Jesús, el tomar la cruz. Entrégate totalmente, como Dios lo hizo por ti.

¿Si esto es así, por qué hemos distorsionado su significado?

¿Por qué nos quedamos solamente con lado doliente de la cruz, dejando perder su inmenso valor y sin ponderar su mensaje y su fuerza?

Como si fuera solamente una penitencia para ser soportada pasivamente o como un don no pedido que Dios de todas maneras nos ha impuesto.

¡No es así! Es lo contrario: la cruz, que era un instrumento de tortura refinado y perverso, fue convertida por Jesús en el emblema de la medida del Amor sin medida de Dios.

Es este amor lo que exaltamos hoy, no el dolor que trae consigo.

Porque el amor, y quien ama de verdad lo sabe bien, a menudo requiere sacrificios, el aceptar malentendidos y hasta malos ratos.

Hoy exaltamos ese amor entregado, lo colocamos en alto, lo hacemos presente en medio de nuestras elecciones.

Ese amor exaltado en una cruz sigue allí colgando en las salas de nuestros hogares, en los hospitales, en nuestras habitaciones, para que irradie, con esa nueva lógica de amor, toda nuestra vida.

La cruz gloriosa de Jesús es el signo de cómo Dios nos amó: su Hijo está tendido en un madero con los brazos abiertos, en calidad de siervo. Él ha ofrecido su vida por nosotros y quiere abrazarnos a todos.

Entonces oremos con fe:
“Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo”

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