Estudio Bíblico | Jueves Santo



Los amó hasta el extremo
Lectio de Jn 13,1-15
P. Fidel Oñoro cjm

Comenzamos a revivir con mayor cuidado las acciones y palabras de Jesús, escuchándolas, dándoles la bienvenida en el corazón y meditando serenamente en ellas. Esto es a lo que nos invita este Triduo Santo que estamos comenzando.

Lo hacemos con la firme intención de beber en la fuente del misterio, para que refrescados y sostenidos por esta agua que brota en nuestras profundidades (Jn 4,14), podemos revivirlo en nuestra carne, en nuestra mente inquieta y en nuestras manos trabajadoras.

Venimos a estos días conscientes de la carga que llevamos sobre los hombros y, sobre todo en el corazón.

Venimos con nuestros corazones agobiados por el peso del arduo trabajo, conscientes también del peso de nuestros pecados, que no son otra cosa que contradicciones del amor.

Venimos agobiados por la conciencia de que no logramos ser consecuentes con lo que hemos aprendido y continuamos aprendiendo de la persona de Jesús.

Veamos la escena que el evangelio nos presenta: el lavatorio de los pies.

Su sentido está enunciado desde la primera línea. Jesús, quien hace todo por ‘amar hasta el extremo’ (13,1; ‘eis télos’ en griego).

  1. A quién lava los pies

Pongamos atención a quién lo hace. Lo hace a hombres que han estado con él durante años y no lo entienden, porque siguen pensando en su propio camino.

Allí está Pedro, el que tendrá la tarea de presidir, de guiar y nutrir a la comunidad (Jn 21,15-17), pero que olvida el puesto en el que se colocó a Jesús y tantas otras cosas compartidas con el Maestro en esa relación intensa que los unió durante años.

Allí está ‘uno de los Doce’ que quiere la muerte de Jesús, que quiere deshacerse de él.

Y está el resto que ni siquiera saben dónde están parados.

Estos son los protagonistas que están ante nosotros, como un espejo, para que podemos identificarnos en sus figuras.

  1. Antes de lavar a otros, se despoja

La escena tiene que ver con una frase que Jesús había dicho antes en la conclusión de la parábola del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas: ‘Por eso el Padre me ama, porque yo doy mi vida, para recibirla de nuevo’ (Jn 10, 17).

Atención a estas palabras, que no deben entenderse de acuerdo con algunas traducciones que transcriben: ‘Doy mi vida, para recuperarla de nuevo’. No recuperar, sino ‘recibir’ (en griego dice: ‘hína pálin lábo autén’).

Jesús recibe la vida nuevamente de la mano del Padre. La entrega completamente teniendo en mente que la va a recibir. Lo hace con esperanza de que va a ser así, sin ninguna otra garantía.

Sólo una certeza: recibe vida quien la da. ¡Ese es el núcleo del misterio pascual!

Esta es la clave para entender lo que Jesús lleva a cabo en el cenáculo: deja de lado sus vestiduras para recibirlas nuevamente, dejando entender, a través de su despojo, el sentido de lo que está ocurriendo: Jesús da vida, se desnuda, se vacía para recibir esta vida del Padre.

Por esta razón, no es al comienzo de la cena, ni en el atrio de la casa, tan pronto como entró, sino durante la cena que hace el lavatorio de los pies. Uno se lava, y lo estamos haciendo con frecuencia estos días, antes de comer.

Jesús realiza una innovación del ritual.

Era habitual que, al comienzo de la cena, en el momento de la recepción, se acogiera al invitado ofreciéndole un tazón de agua para lavarle los pies polvorientos y sucios.

El invitado aceptaba la oferta y los esclavos no judíos eran los que se ocupaban de este servicio, de manera que los judíos se cuidaban de la impureza y se resguardaban de la humillación.

En cualquier caso, ‘nunca, dice un midrash, un judío le pidió que le lavara los pies a otro judío, aunque fuera un esclavo’, porque este gesto de extrema humillación solo podía pedirse a los esclavos no judíos.

Pero ahora la cena está llegando a su fin, y es en ella, como para darle una evidencia fuerte e imponente, que Jesús hace ese ritual.

Pero hace lo contrario, en un rito de inversión, con la plena conciencia de lo que se trataba de un último gesto para sus discípulos, un gesto que nunca debían olvidar. Jesús les mostró hasta dónde es posible amar: ‘hasta el extremo’, hasta el don de la vida.

Según los evangelios sinópticos, Jesús mostró este amor dando pan y vino como su cuerpo y sangre a los discípulos (Mc 14, 22-25 y paralelos).

Según el evangelio de Juan, quien también conoce la institución eucarística, se omite la Eucaristía para dar espacio al lavatorio de los pies.

Los dos signos dicen lo mismo, dicen la misma verdad y, de hecho, abmos están seguidos por dos mandatos, los dos únicos dados por Jesús con respecto a una acción significativa:

  • ‘Hagan esto en memoria mía’, dice después de partir el pan y repartir el vino, su cuerpo y su sangre (Lc 22:19; 1 Cor 11:24).
  • ‘Ustedes deben lavarse los pies unos a otros’, dice después de lavarles los pies (Jn 13:14).

Son dos gestos relacionados con el cuerpo:

  • cuerpo de Jesús dado;
    -cuerpo del discípulo servido por Jesús.

En ambas acciones de Jesús hay un cuerpo que se entrega a los discípulos.

Así es como se lleva a cabo un rito de inversión:

  • Uno, el maestro se convierte en discípulo.
  • Dos, el Señor se convierte en esclavo.
  • Tres, el que preside se convierte en el que sirve.

Y para hacer esto, de forma muy diciente Jesús se despoja de su ropa (‘tà himátia’, en griego indica de forma genérica las ropas), no solo su capa. Lo despojarán de su ropa en la cruz (Jn 19, 23-24), pero aquí es él quien se la quita.

Está es la acción necesaria, el preámbulo necesario que se requería de todo esclavo, para el servicio: desvestirse.

Quitarse la ropa, desvestirse, es entregarse en desnudez al otro, y esto sucederá en el Gólgota, pero ahora es claramente un gesto de empobrecerse, de desarmarse, de darse con transparencia, sin segundas intenciones y de forma total.

Es una acción extraordinaria, que no está motivada por ninguno de los dos polos tan frecuentes entre nosotros: el miedo o la arrogancia.

Siempre oscilamos entre estas dos tentaciones: el miedo, que es siempre y radicalmente miedo a los demás; y la arrogancia, que es la violencia más cotidiana hacia los demás.

Normalmente estas son nuestras armaduras, y las usamos no porque creamos que sean ofensivas, sino defensivas.

Por lo tanto, carecemos de estilo, del estilo de Jesús, que es su transparencia y su entrega total de cuerpo y alma, con humildad y mansedumbre: ‘Vengan a mí … aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón’ (Mt 11,29).

La patrística y doctores, como San Bernardo, se atrevieron a decir algo que suena inaudito, que lavar los pies era como un sacramento, tanto como el bautismo y la Eucaristía. ¡Eso es fuerte!

  1. Una manera de actuar que es distintiva

Dos verbos son recalcados en la escena: ‘entender’ y ‘hacer’. Hay que discernir el signo y luego hacerlo propio.

Se trata una acción de Jesús, que la comunidad debe aceptar y recibir con sencillez.

Una acción que luego todos y cada uno de los miembros de la comunidad tendrán que repetir como un ‘memorial’ para vivir que hace presente a Jesús en el mundo.

Ir por en medio del mundo, no con preciosos uniformes, sino un delantal, es nuestro distintivo. Quiere decir: cómo te puedo servir (Jn 13,14-15).

Y, por supuesto, especialmente quien es el primero, quien preside, tiene como primera tarea lavar los pies de los últimos.

Lava los pies para demostrar que, si acaso él es el primero, si él preside, es en la caridad y sólo para un servicio. Se es siervo por amor y nada más.

Pedro no entiende y Jesús le advierte: la comprensión de este signo decisivo es decisiva para tu relación conmigo y para que puedas decir a otros que tú me representas.

Quien no discierna el signo del lavatorio de los pies y no lo entienda no puede tener comunión con el Señor: ‘Si no te dejas lavar, no tendrás parte conmigo’ (Jn 13, 6-8).

Es la misma preocupación que encontramos en las dos primeras lecturas de hoy (Éxodo 12 y 1 Corintios 11): el pueblo de Israel debía comprender el sentido profundo de la salida de Egipto y por eso la vuelve memorial; la conflictiva comunidad de Corinto debía discernir mejor el cuerpo de la comunidad a partir del ‘memorial’, del signo Eucarístico, para no actuar en contradicción.

Siempre la preocupación por la comprensión.

Jesús pregunta: ‘¿Entienden lo que he hecho?’ (Juan 13,12).

Como quien dice: ¿Han entendido que les lavé los pies a todos ustedes, incluso a Pedro que no entiende y también a Judas el traidor, el que estaba más lejos de mí esa noche?

Jesús lavó los pies de Judas, así como los de Pedro, como los demás sin distinción, sin regañarlos, sin insistir demasiado, simplemente haciendo el servicio que los hará felices plenamente: ‘Sabiendo eso, serán bienaventurados si lo hacen’ (13,14).

En fin…

En el mundo hebreo, la pascua no se celebraba en el Templo ni en las sinagogas, se celebraba en cada casa. Allí los progenitores presidían la celebración en la mesa.

Que sea la ocasión para hacer de nuestra casa un verdadero cenáculo donde el mandato que nos hace realmente felices, el de servir, se viva plenamente en cada detalle de cuidado del otro que tengamos: cuidar con paciencia de un enfermo o de un anciano, preparar con cariño los alimentos, hacer el aseo y otros oficios con buena disposición, dar apoyo a quien está limitado.

Y eso es apenas el comienzo. Lo haremos en todo: cuerpo que se inclina, corazón limpio y despojado, manos en los pies y en los caminos del otro.

Grandes cosas podremos hacer en cada gesto pequeño hecho con el amor más grande, como decía Teresa de Calcuta.

Este es el mejor retrato de Jesús impregnado en ti y en mí. Lo nuestro, lo cristiano, lo que nos identifica es amar y servir, servir amando y amar sirviendo: ¡Servir, servir y servir!

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