Estudio Bíblico | Juan 3, 1-21


Un buen domingo para todos. 

El pasaje del evangelio de hoy hay que situarlo en el contexto del diálogo entre Jesús y Nicodemo. Conocemos muy bien a este personaje, que nos es incluso simpático, que fue a ver a Jesús de noche. Normalmente se dice que fue por miedo y entonces se lo imagina ocultándose por las paredes para no ser visto. 

Yo creo que esta no es la razón por la que fue a ver a Jesús de noche. Nicodemo es un rabino, pertenece al círculo de los fariseos, gente de la estricta observancia de la torá. Es un líder de los judíos y un maestro de Israel. La razón por la que fue a ver a Jesús es porque le llamó la atención el gesto provocador que hizo en el templo. Y lo leyó de manera correcta, como un gesto profético, como una señal, y quería entender mejor qué mensaje quería dar Jesús con el gesto que hizo. 

No tenemos que imaginar que todos los fariseos reaccionaron con ira ante lo que hizo Jesús en el templo, como ciertamente lo hicieron los miembros de la casta sacerdotal, liderados por Anás y Caifás. Entre los fariseos había muchas personas de una religiosidad sincera, la que naturalmente habían recibido de la tradición, y ante el gesto molesto de Jesús, se hicieron preguntas. Nicodemo es una de estas personas que se dejaron interrogar, y lo hizo por la noche, ¿por qué? porque los rabinos meditaban, rezaban, estudiaban la palabra de Dios durante la noche. Ese era el tiempo en el que interiorizaban el mensaje que proviene de los textos sagrados. A menudo encontramos en los salmos al salmista que reza por la noche, que se levanta por la noche para meditar la palabra del Señor, y Jesús también lo hace. Lo recordamos en los evangelios: se presenta a menudo en oración durante la noche. 

La noche es también para nosotros el tiempo en el que emergen nuestras preguntas más profundas, también nuestras angustias, las preguntas que durante el día logramos silenciar sofocándolas con la excusa de nuestras preocupaciones de la vida cotidiana. 

Como todos los del círculo de los fariseos, Nicodemo estaba ciertamente condicionado por una concepción política, terrenal del mesías y tal vez fue enviado por los de su círculo, siendo él el líder de los fariseos, para entender quién era este hombre que hacía gestos tan subversivos, hacia dónde quería ir este Jesús. Por tanto, tal vez fueron los fariseos los que enviaron a Nicodemo para entender mejor quién era esta persona. Sintió la necesidad de conocerlo. 

También nos preguntamos por qué nos gusta Nicodemo, porque se parece a nosotros, recuerda la parte más hermosa y más pura que hay en nosotros cuando somos leales y cuando buscamos la luz. Nicodemo no es uno que hace perder tiempo con conversaciones inútiles. También pasa hoy que a veces se dirigen al sacerdote sobre sutilezas teológicas o temas marginales, preguntas que a veces se hacen sólo para evitar entrar en los problemas más profundos y verdaderos de nuestra existencia, aquellos en los que el evangelio insiste. No. 

Nicodemo busca sinceramente la verdad, pero, igual que nosotros, encuentra dificultades para aceptar la nueva religión que Jesús propone en sustitución de la antigua practicada en el templo. Como nosotros, Nicodemo siente una dificultad, lucha para renunciar a sus propias certezas, a sus convicciones teológicas que conoce bien y que le hace estremecer ante el gesto de Jesús. Es exactamente lo que nos pasa a nosotros cuando oímos la palabra de Dios entendida de una manera más actual y profunda, esa palabra que nos hace chirriar ante lo que siempre hemos considerado verdadero y correcto y por eso si somos como Nicodemo vamos a buscar la verdad. 

En el diálogo, Jesús inmediatamente puso a Nicodemo ante la novedad de la que también hablará el evangelio de hoy, la de una nueva vida, de un nuevo nacimiento. Nicodemo no entendió, pensó que era necesario nacer de nuevo desde el vientre materno. No, dirá Jesús, que el que ha nacido de la carne es carne. Es necesario ser engendrado a una vida completamente diferente, la que nace del Espíritu es espíritu. Ahora Jesús hace un discurso aún más enigmático, y creo que Nicodemo se quedó aún más asombrado y desconcertado.  Escuchemos lo que le dice: 

“Como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado el Hijo del Hombre, para que quien crea en él tenga vida eterna”. 

Las palabras que Jesús ha pronunciado son muy enigmáticas y creo que Nicodemo no pudo seguir el discurso. Aparece aquí en la boca de Jesús un verbo muy importante en el evangelio según Juan: ‘levantar’. Será usado dos veces más por Jesús cuando dirá: ‘Un día levantarán al Hijo del Hombre y entonces conocerán mi identidad; cuando sea levantado sabrán quien soy’. Y luego otra vez cuando dice: “Cuando sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí”. 

Levantado de la tierra ¿qué quiere decir? Levantar para nosotros significa elevarse, salir, llegar a la cima y creo que esto es lo que todos anhelamos: es decir, subir la escalera social y la meta es subir la escalera hasta la cima del liderazgo y luego poder mirar hacia abajo a todo el mundo, esta es la elevación que la gente quiere lograr. Nos preguntamos si es esta elevación de la que Jesús está hablando ahora. 

Probablemente Nicodemo no captó la referencia que Jesús estaba haciendo a una profecía muy famosa del profeta Isaías, donde habla del siervo del Señor en el capítulo 53 y dice que este siervo tendrá éxito, será honrado, exaltado y muy elevado. También aquí se habla de un discípulo que es elevado, pero inmediatamente después se habla de una elevación muy diferente a lo que imaginamos, dice: “Como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda delante de los esquiladores, no abrió la boca, despreciado, rechazado por los hombres, un hombre de dolores que conoce muy bien el sufrimiento como uno ante el que se cubre la cara, despreciado, no tenía ninguna estima”. 

¿De qué elevación entonces se habla? Porque Jesús está precisamente haciendo referencia a este siervo del Señor que tiene una elevación completamente diferente a la que aspiran los hombres; y para hacernos entender mejor esta elevación Jesús recuerda un episodio que sucedió durante el éxodo y que se nos narra en el libro de los Números. 

Durante la travesía del desierto los israelitas se encontraron con serpientes venenosas, algo que también me pasó a mí cuando estuve en el Sinaí… cuando caminas por la arena de este desierto los guías siempre recomiendan no ir nunca descalzo porque las serpientes se esconden bajo la arena sacando solo la cabeza y no se pueden ver y si las pisas y te muerden son muy venenosas. El pueblo de Israel caminaba descalzo por el desierto o con sandalias y en un momento dado se encontró con serpientes. 

Moisés emplea un rito ligado a las concepciones mágicas de aquel tiempo. También recordamos al caduceo de Esculapio, el dios curandero pagano. (El caduceo es el símbolo tradicional de Hermes y presenta dos serpientes que serpentean alrededor de un bastón a menudo alado.) El libro de los Números dice que Moisés tomó una serpiente de bronce y la levantó en un palo, y el que elevaba la mirada hacia esta serpiente era curado del veneno. Jesús explica esta referencia al episodio que ocurrió en el desierto y dice que el Hijo del Hombre debe ser alzado, elevado. 

Entonces queda claro el significado de este alzamiento. Se aclara en referencia a la cruz, a un alzamiento material, pero según los criterios del mundo eso no es una exaltación, es el máximo de bajeza. Para Dios este alzamiento es la gloria. La gloria de aquel que vivió una vida como un auténtico hombre, una vida entregada por amor. Cuando Jesús se presenta en el evangelio como el Hijo del Hombre, que es la imagen que utiliza continuamente, se refiere al hombre, al hombre exitoso, al hombre verdadero, al hombre que Dios ha proyectado y Jesús dice que es en esta propuesta de un hombre elevado que necesitamos creer. 

Y la imagen de las serpientes es muy significativa porque en estas propuestas de una vida envenenada nos encontramos todos en nuestro éxodo en este mundo. Hay serpientes fuera de nosotros y ponen trampas que arruinan nuestra vida, no la vida biológica sino la vida de la que hablará Jesús dentro de poco. Pensemos en toda la cultura de lo efímero que nos pone frente a propuestas de una vida atractiva pero que en realidad son venenos que destruyen tu auténtica vida, te deshumanizan. Es la cultura que ya no te hace distinguir entre la luz y las tinieblas, entre el bien o el mal, la cultura que te enseña a considerar lo que te gusta como bueno. 

Esto es veneno y viene de fuera. Pero luego hay venenos de serpientes dentro de nosotros: la avaricia de tener, la acumulación de bienes en este mundo. Debemos vivir desprendidos de los bienes porque son de Dios, no podemos acumularlos; el frenesí de poder, el afán de aparentar, las envidias, los celos, los rencores. Estas son las serpientes que nos envenenan por dentro. 

¿Quién nos cura de estas serpientes? El Hijo del Hombre levantado. Es la mirada fija en él que es el hombre verdadero porque ha donado la vida. La salvación viene de la decisión de hacer nuestra la propuesta de vida que se concreta en la cruz. Jesús sigue diciendo que quien cree en esta propuesta de vida tiene vida eterna. 

Por primera vez en el evangelio de Juan aparece ‘vida eterna’ = ‘ζωὴν αἰώνιον’ = ‘zoe aionon’. ¿Qué se entiende por vida eterna? En el tiempo de Jesús la vida eterna era un premio futuro para los justos que se portaban bien. En el evangelio Jesús dice (y esta es la novedad) la vida eterna no es un premio futuro, es una realidad presente y se llama eterna no porque sea la vida biológica que dura para siempre, sino que es vida con una cualidad indestructible, es la vida del Eterno. De hecho, Jesús dirá a Marta ‘quien crea en mí no morirá porque tiene la vida eterna’. 

Según lo que nos dice Jesús, Dios no resucita a los muertos devolviéndoles la vida biológica, sino que es un Dios que comunica esta vida, no a los muertos sino a los vivos. Y para alimentar esta vida tienes que mantener tus ojos fijos, no en las elevaciones propuestas por los hombres ya que estas destruyen la vida del Eterno, la paralizan, la envenenan; tienes que mantener tus ojos fijos en el que fue elevado, en el que da la vida por amor. Por tanto, la vida eterna no es un premio futuro sino una realidad presente. En este punto Nicodemo ya no está allí, desapareció de la escena, desapareció en la noche, se eclipsa cuando la revelación se hizo más intensa; y creo que se fue incluso un poco decepcionado. 

Nicodemo reaparecerá en el evangelio según Juan otras dos veces; la primera será durante una fiesta de las Tiendas, asistirá a una animada discusión en la que participarán gente del pueblo, los guardias, los sumos sacerdotes, algunos miembros eminentes entre los fariseos; hablará en defensa de Jesús, preguntará ¿pero nuestra ley nos permite condenar a alguien sin haberle escuchado? El pobre Nicodemo será tomado por ignorante; le dirán que estudie porque ningún profeta viene de Galilea. Y luego reaparecerá junto a José de Arimatea en el momento del entierro de Jesús. 

Aquí está esta figura de Nicodemo que busca la luz y al final la encontrará porque es una persona con un corazón puro que busca la verdad. Por eso Nicodemo nos resulta tan simpático. El evangelista, que hizo la experiencia de la Pascua, nos ofrece ahora una reflexión sobre las palabras que Jesús le dijo a Nicodemo: 

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios”. 

En este punto el evangelista inserta su reflexión. Frente al crucificado, al que fue levantado, elevado, todos ven el dolor, la derrota, el fracaso. El evangelista lo lee como una manifestación de amor y aparece aquí por primera vez el verbo ‘αγάπαν’ = ‘agapán’. Un verbo que reaparecerá otras 36 veces en el evangelio según Juan y es el verbo que caracteriza la vida del cristiano. 

Era un verbo que prácticamente no se usaba en el griego clásico; se usaban otros verbos para decir ‘amar’: ‘έρωτας’ – ‘erotas’ – el amor apasionado; ‘φιλειν’ – ‘filein’ – el amor de los amigos; ‘στεργύειν’ – ‘sterguein’ el amor entre los miembros de la familia. ‘Αγάπαν’ = ‘agapán’, prácticamente no se usaba. Se convierte en el verbo que caracteriza al cristiano, que caracteriza al hijo de Dios, al que ha recibido la vida del Eterno y vive del amor que es la vida del Padre celestial. 

¿Qué se entiende con este αγάπαν – agapán’? Es el amor incondicional, el amor que te hace olvidar completamente a ti mismo para vivir en la atención y ver la necesidad del otro y a la disponibilidad de dar vida, de dar alegría al otro. Esto es lo que caracteriza la vida de Dios y la vida de los que han recibido esta semilla de vida divina, la vida del Eterno. Y dice en su reflexión el evangelista Juan: “Dios amó tanto al mundo que lo entregó (esta es la característica del αγάπαν – agapán) el don incondicional, “amó tanto al mundo”. 

El mundo no significa el cosmos sino la humanidad, esa humanidad marcada por el pecado, la humanidad rebelde que buscaba su propia realización lejos de Dios. Y que cuando se aleja de Dios se encuentra deshumanizada. Es la humanidad que no guarda la palabra del Señor e indica el camino de la vida como un impedimento para la verdadera alegría. Dios quiere que la humanidad, que este mundo, se abra a la vida del amor, a su vida. 

Y “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, y el que cree en la propuesta de hombre que ha hecho su Hijo, no es juzgado; el que no se fía en esta propuesta ya está juzgado por no creer en el Hijo único de Dios”. ¿Qué quiere decir con este juicio? En primer lugar, porque está hablando a un mundo que está marcado por el egoísmo, y ha venido a este mundo uno que es diferente, que es capaz de amar. 

La imagen que podemos hacer es la de un mundo donde las personas se comportan como lobos, atacándose unos a otros, tratando de dominarse unos a otros y están convencidos de que esta es la realización de una vida. Las personas se han comportado como bestias. En este mundo de lobos llega un cordero. ¿Qué hace el cordero? Pronuncia un juicio, un juicio que desenmascara a los lobos, hace comprender a los lobos que se comportan como lobos y eso no es una vida humana. Cuando envió a su Hijo quien reveló perfectamente el rostro del Padre, el rostro del amor incondicional, la humanidad fue desenmascarada, fue avergonzada, nos hizo conscientes de nuestro egoísmo que nos deshumaniza y no nos deja vivir de acuerdo con nuestra identidad como la de aquel que es el amor. 

Esto es importante de entender porque a veces se oye decir que el énfasis en el amor incondicional de Dios oculta el juicio de Dios. No. Lo contrario es cierto. Cuando Dios se manifiesta en su amor es que somos juzgados y nuestro egoísmo es desautorizado. Y así dice Juan: el juicio ha venido a este mundo y este juicio es cuando Cristo sube a la cruz. La salvación no es salvarse de un peligro o ir al cielo después de una buena confesión. 

La salvación es ser verdaderas personas, ser nosotros mismos en nuestra identidad como hijos e hijas de Dios hoy. La salvación es recibir, es revelar, dejar que se manifieste esta vida del Eterno. 

Escuchemos ahora como se produce este juicio que es solo la salvación: 

“El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas. Quien obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para que no delate sus acciones. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz para que se vea claramente que todo lo hace de acuerdo con la voluntad de Dios. Luego de esto Jesús fue con los suyos”. 

Cuando oímos hablar de que Dios te juzga, nuestros pensamientos van inmediatamente al capítulo 25 del evangelio según Mateo donde se habla de la separación de las ovejas de las cabras. La imagen del juicio final. 

El evangelista Juan utiliza un lenguaje diferente y más acorde con nuestra mentalidad de hoy. Habla de un juicio que tiene lugar en el presente y que es solo salvación. Las posturas teológicas de Mateo y de Juan parecen contradictorias; en realidad, utilizan imágenes diferentes, pero proponen la misma verdad. El juicio de Dios que nos presenta el evangelista Mateo se refiere al presente; nos dice ‘mira que tu vida será juzgada por el amor y si no has amado tu vida no se ha realizado’. Lo presenta como un juicio que tiene lugar al final, pero es para iluminar el presente. El juicio de Dios, tanto para Mateo como para Juan, no es condenación, es una bendición. No se pronuncia al final de los tiempos; es hoy cuando nos salva el juicio de Dios. 

¿Cómo nos salva el juicio de Dios? De frente a cada opción que el hombre está llamado a hacer, el Señor hace oír su juicio, su voz, para mostrarnos lo que es conforme a la sabiduría del cielo y este juicio advierte de lo que es veneno, de la serpiente que puede quitar nuestra vida. Este juicio sucede a través del envío de su luz. ¿De dónde viene esta luz? Viene del hombre elevado; es esa luz que juzga nuestra vida, que nos hace ver en cada momento qué elecciones tenemos que hacer si queremos ser personas auténticas, hombres de éxito y esta luz nos asusta porque si es esta luz la que tiene razón entonces la verdadera grandeza es la suya, entonces vivir significa amar y amar renunciar a nuestro egoísmo y esto es duro porque el impulso que viene de nuestra naturaleza biológica es replegarnos en nosotros mismos. 

La invitación es a levantar la mirada de las realidades de este mundo y de los impulsos que vienen de las serpientes que están dentro de nosotros para permitirnos estar abiertos e involucrados en el amor. Y es esta mirada la que salva nuestra vida, no la vida biológica sino la que nos caracteriza como personas. 

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana. 


Comentario a las otras lecturas de la liturgia.

Introducción

Un día, Dios evaluará la vida de cada uno como un éxito o un fracaso. «Desde allí vendrá a juzgar…»es uno de los artículos del Credo de  la fe que profesamos. Pero quizás no nos hayamos preguntado nunca qué significa “desde allí”… ¿Dónde es ese “desde allí”? Seguramente no nos hemos hecho nunca esa pregunta porque la respuesta nos parecía obvia: regresará desde el Cielo.

El Resucitado ha prometido a sus discípulos permanecer con ellos “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Por lo tanto, no hay que esperar ningún regreso y el trono en que está sentado para pronunciar su juicio no hay que colocarlo en el Cielo, sino aquí, en la tierra. ¿Dónde? He aquí la sorpresa: Es desde la cruz que Él está juzgando al mundo. 

Es Jesús, el Crucificado, el que, destruyendo las expectativas y valores de este mundo, juzga las derrotas como victorias, el servicio como poder, la pobreza como riqueza, la pérdida como ganancia, la humillación como triunfo, la muerte como nacimiento. Es con Jesús Crucificado con quien cada uno se debe confrontar, porque solo Él es quien nos dice la verdad sobre las decisiones que el hombre debe tomar, y solo su juicio debe ser “temido”, es decir, escuchado y puesto en práctica.

No infunde temor el juicio del Crucificado. Constituye, eso sí, la condenación más severa de toda maldad. Pero es motivo de alegría y esperanza para el pecador; de la boca del Crucificado, en realidad, solamente oímos estas palabras: “Yo no he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo” (Jn 12,47).

• Para interiorizar el mensaje, repetiremos:  “Haz que yo no tema los juicios de los hombres  sino que siga tus juicios, Oh Crucificado.”

Primera Lectura:2 Crónicas 36,14-16.19-23 

14También las autoridades de Judá, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando las prácticas infames de los pueblos paganos y profanando el templo que el Señor había consagrado en Jerusalén. 15El Señor, Dios de sus padres, les enviaba continuamente mensajeros, porque sentía lástima de su pueblo y de su morada; 16pero ellos se burlaban de los mensajeros de Dios, se reían de sus palabras y se burlaban de los profetas, hasta que la ira del Señor se encendió sin remedio contra su pueblo…. 19Incendiaron el templo, derribaron la muralla de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destrozaron todos los objetos de valor. 20Se llevó desterrados a Babilonia a los supervivientes de la matanza y fueron esclavos suyos y de sus descendientes hasta el triunfo del reino persa. 21Así se cumplió lo que anunció el Señor por Jeremías, y la tierra disfrutó de su descanso sabático todo el tiempo que estuvo desolada, hasta cumplirse setenta años. 22El año primero de Ciro, rey de Persia, el Señor, para cumplir lo que había anunciado por medio de Jeremías, movió a Ciro, rey de Persia, a promulgar de palabra y por escrito en todo su reino: 23”Ciro, rey de Persia, decreta:

«El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra y me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Todos los de ese pueblo que viven entre nosotros pueden volver. Y que el Señor, su Dios, esté con ellos.»”

 Los israelitas creían que, en el más allá, tanto al justo como al pecador, les estaba reservada la misma suerte: convertirse en “sombras” que vagan en un lugar de silencio, de tinieblas, privados de alegría (cf. Sal 88,13). Consideraban, por eso, el bien y el mal, los éxitos y las desgracias de esta vida como señales seguras de las bendiciones o castigos de Dios por las obras realizadas. También los autores de los libros de las Crónicas pensaban así y el pasaje de hoy es prueba de ello.

Estamos en el siglo IV a.C. y han pasado ya muchos años desde

que Nabucodonosor destruyó Jerusalén y deportó a Babilonia a los que se libraron de la espada (vv. 19-20); los exiliados han regresado a la tierra de sus padres y, sin embargo, no logran todavía encontrar una razón que explique la tragedia que se les vino encima. ¿Cómo ha sido posible –continúan preguntándose– que Dios haya permitido la destrucción del templo y de la ciudad santa? 

La primera parte de la lectura intenta resolver este enigma (vv. 14-18): Israel ha sido golpeado a causa de sus infidelidades y de la insensatez de sus jefes y de sus sacerdotes. El Señor amaba a su pueblo, lo cuidaba, le mandaba profetas para que le indicara el camino de la vida, pero Israel despreció las palabras de los enviados de Dios, los llenaron de escarnio y los persiguieron. Fue entonces cuando el Señor, airado, castigó sin remedio al pueblo que fue derrotado y humillado por los babilonios.

La segunda parte de la lectura (v. 21) introduce un segundo ejemplo de castigo riguroso. Antes de la invasión de los babilonios, Israel había dejado de observar el año sabático, no había hecho reposar la tierra cada seis años, como estaba prescrito, para permitir a los pobres y a los animales nutrirse de los frutos espontáneos del terreno (cf. Lv 26,34). Por eso Dios había hecho pagar a su pueblo esta infidelidad enviándolo al exilio por 70 años; así la tierra pudo reposar durante todo el tiempo que le habían “sustraído”.

La lógica del libro de las Crónicas nos sorprende y esto hay que aclararlo. Este Señor malhumorado y susceptible nos deja estupefactos.  ¿Qué Dios es éste –nos preguntamos– que se enoja como un hombre cualquiera, se comporta como un contable, toma nota de deudas y créditos, suma y resta fríamente y castiga con severidad incluyendo a los inocentes? 

Este modo de concebir la retribución plantea dificultades insuperables. ¿Cómo explicar, por ejemplo, las desgracias que afligen a los justos y la prosperidad de la que gozan los malvados? En el colmo de su amargura, Job, desconsolado, se atrevía a decir: “Ni siquiera yo mismo sé si soy culpable o inocente. Lo único que sé es que detesto la vida porque me veo obligado a concluir que Dios trata igual a inocentes y culpables. Si una catástrofe siembra la muerte de improviso, Él se burla de la desgracia del inocente; deja la tierra en poder de los malvados y venda los ojos a sus gobernantes: ¿Quién sino Él lo hace?” Y el Qohelet añade: “En mi vida sin sentido he visto de todo: gente honrada que fracasa por su honradez, gente malvada que prospera por su maldad” (Eclo 7,15). Recorriendo la historia de Israel tenemos que admitir que, muchas veces, justamente cuando el pueblo era fiel al Señor, caía derrotado a manos de los enemigos.

Indudablemente estamos ante un lenguaje arcaico que aparece frecuentemente en el Antiguo Testamento y que, evidentemente, no es nuestro lenguaje de hoy: presenta como castigo de Dios lo que en realidad es solo una consecuencia de errores humanos. No Dios, sino el pecado es el que castiga a quien lo comete y, a veces, sus nefastas consecuencias repercuten “en los hijos, nietos y biznietos” (Éx 34,7).

Esta era una verdad bien conocida por los sabios del Antiguo Testamento, quienes repetían frecuentemente: quien peca contra Dios se daña a sí mismo; cuantos odian a Dios aman la muerte (cf. Prov 8,36). “No busquen la muerte con una vida extraviada ni se atraigan la perdición con las obras de sus manos. Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes” (Sab 1,12-13).

No ha sido, por tanto, el Señor quien ha enviado Israel al exilio ni, menos aún, a incitar a Nabucodonosor a desencadenar guerras y cometer crímenes y violencias. Ha sido la insensatez del pueblo y de sus gobernantes los que provocaron la ruina. Cuatro siglos más tarde, Jerusalén repetirá el mismo error: rechazará el “camino de paz” propuesto por Jesús, no reconocerá “el tiempo en que Señor la ha visitado” y decretará la propia destrucción (cf. Lc 19,41-44).

La lectura concluye(vv. 22-23) con el relato del regreso de los deportados. Después de largos años de exilio, Dios eligió a Ciro, rey de Persia, quien promulgó un edicto concediendo a todos la libertad.

Es la imagen viva de la conclusión de toda historia entre Dios y el hombre: la última palabra la tendrá siempre su Amor.

Al igual que los israelitas rebeldes, quien se aleja de Dios se convierte en esclavo de sus propios ídolos, pero Dios nunca lo abandonará. No existe prisión, por más profunda y tenebrosa que sea,que Él no visite, si allí se encuentra un hijo suyo; no hay situación, por más complicada que sea, que Él no resuelva, ni cadenas del vicio que Él no esté dispuesto a romper, ni odios atávicos que no quiera y no sepa hacer desaparecer. 

Segunda Lectura: Efesios 2,4-10

Hermanos, 4Dios, rico en misericordia, por el gran amor que nos tuvo, 5estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo –¡ustedes han sido salvados gratuitamente!–; 6con Cristo Jesús nos resucitó y nos sentó en el cielo, 7para que se revele a los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia y la bondad con que nos trató por medio de Cristo Jesús. 8Porque ustedes han sido salvados por la fe, no por mérito propio, sino por la gracia de Dios; 9y no por las obras, para que nadie se gloríe. 10Somos obra suya, creados por medio de Cristo Jesús para realizar las buenas acciones que Dios nos había asignado como tarea.

 Hay que colocar este pasaje en el contexto en que se encuentra en la Carta a los Efesios, que comienza presentando en términos dramáticos la situación del hombre alejado de Dios y de la Salvación. Quien arrastra una vida corrompida, quien es esclavo de sus vicios, no está construyendo la propia vida sino poniendo fin a su existencia; está ya muerto.

Pablo se incluye a sí mismo entre aquellos que se encontraban en esta situación desesperada: “Lo mismo que

ellos, también nosotros seguíamos los impulsos de los bajos deseos, obedecíamos los caprichos y pensamientos de nuestras bajas inclinaciones y naturalmente estábamos destinados al castigo como los demás” (Ef 2,1-3).

Es en este punto donde comienza nuestra lectura: Dios, rico en amor y misericordia, ha intervenido para liberar al hombre y lo ha hecho resucitar, con Cristo, a una nueva Vida (vv. 4-5).

Esta Salvación no es el premio por nuestras buenas obras, sino un don completamente gratuito del Padre, por lo que nadie debe gloriarse del bien que encuentra en sí ni, mucho menos, despreciar a quien, por desgracia, no ha abierto todavía el corazón a tanta gracia de Dios (vv. 9-10).

Si es verdad que no es el hombre quien tiene que salvarse por sus buenas obras, es igualmente cierto que éstas constituyen la respuesta necesaria al amor de Dios: son la prueba y señal de que la gracia de Dios ha sido acogida y que está comenzando a dar fruto (v. 10).

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