Estudio Bíblico | Juan 2, 13-25


Un buen Domingo para todos. 

El pasaje evangélico de este tercer domingo de Cuaresma nos enfrenta a una escena bastante embarazosa, sobre todo para las personas más devotas que están acostumbradas a imaginarse a Jesús siempre tierno, dulce, cariñoso, y hoy en cambio se lo encuentran enojado, con un látigo en la mano que echa a los vendedores y compradores del templo. Y luego tira por el suelo las mesas de los cambistas. Es, por tanto, una escena bastante desagradable para las personas piadosas. 

Pero en cambio es una escena que agrada al mundo laico que quieren recordar a los cristianos que Jesús tiene que actuar hoy en día para ayudar a intervenir con el látigo para sanar ciertas situaciones no muy evangélicas de la institución eclesial, incluso un cierto malestar entre fe y dinero. Los cristianos, a su vez, responden que Jesús debe entrar con el látigo en sus templos seculares donde se adora al dios dinero, entrar en los bancos, en los templos de las finanzas donde se dictan las leyes crueles del mercado que hacen morir de hambre al pueblo. 

Son posiciones polémicas que surgen de una interpretación reductiva o más bien de la incomprensión del significado más profundo que Jesús quería dar a este gesto. Un gesto tan importante que está referido por los cuatro evangelistas, con una diferencia, el evangelista Juan lo coloca al principio de la vida pública de Jesús, los otros evangelistas al final, ¿quién tiene razón? Creo que Juan. 

Este episodio debió tener lugar al principio, en la primera de las tres fiestas de la Pascua que Jesús pasó en Jerusalén. Sólo el evangelista Juan habla de tres fiestas de Pascua que Jesús pasó durante su vida pública. Y es a partir de este detalle que podemos concluir que la vida pública de Jesús duró tres años. Los otros evangelistas hablan sólo de una fiesta de Pascua que Jesús pasó en Jerusalén y es la última, la que condujo a la condena a muerte de Jesús. Ya que hablan de una sola Pascua, claramente los evangelistas sinópticos colocan este episodio al final. 

¿Qué sentido quería dar Juan a esta presentación del gesto de Jesús al principio de su evangelio? Quería decir que en este gesto está presente el programa de toda la misión que Jesús desarrollará. Será la de demostrar que una determinada relación con Dios ha llegado a su fin y ahora ha venido a establecer una relación completamente nueva con el Padre celestial. Los evangelios sinópticos presentando este gesto de Jesús al final, un gesto que será el que hará desbordar el vaso y luego llevará a la sentencia de muerte de Jesús, lo presentan para decirnos que Jesús ha cumplido su misión, que su misión ha tocado la religión judía defendida por los guías espirituales que naturalmente no estaban dispuestos a dar un paso atrás y acoger la novedad traída por Jesús. 

Será precisamente esta misión que Jesús ha hecho la que llevará a la condena a muerte de Jesús. Nosotros vamos a tratar de hacer un análisis preciso de este texto y vamos a tratar de entender el significado profundo del que hablaba antes y luego, por supuesto, para obtener un mensaje para nuestra vida espiritual de hoy. 

Escuchemos lo que ha acontecido: 

“Como se acercaba la Pascua judía, Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el recinto del templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los que cambiaban dinero sentados. Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los que cambiaban dinero y volcó las mesas; a los que vendían palomas les dijo: Saquen eso de aquí y no conviertan la casa de mi Padre en un mercado. Los discípulos se acordaron de aquel texto: El celo por tu casa me devora”. 

El gesto hecho por Jesús está introducido por el evangelista con una indicación de tiempo; eran los días en los cuales Jerusalén se preparaba para la fiesta de la Pascua. Imaginemos el enjambre de peregrinos en la ciudad. Jerusalén normalmente tenía alrededor de 40 mil habitantes, pero para la Pascua llegaban a 120 mil porque venían peregrinos no solo de Israel sino de todo el mundo. Todo israelita tenía que ir al templo del Señor por lo menos una vez en la vida y luego estos judíos que vivían en alguna ciudad del imperio romano solían llegar a Jerusalén precisamente para la Pascua. 

Quiero mencionar en este punto el dinero que circulaba en la ciudad durante la Pascua. Flavio Josefo, el historiador que era también un sacerdote del templo y, por lo tanto, conocía muy bien el ambiente, dice que se inmolaban entre 18 y 20 mil corderos, que por supuesto aumentaban el precio con motivo de la Pascua. Imaginemos la ganancia que tenían aquellos que tenían la licencia para poder vender estos corderos. Y luego están las ofrendas en el templo; en el patio de las mujeres, que en breve mostraré, había 13 cofres en los que cada uno estaba invitado a colocar las ofrendas y en la época de Pascua eran abundantes estas ofrendas libres. 

Y luego las ganancias de los cambistas porque quien quería hacer estas ofrendas no podía introducir en el templo las monedas que circulaban en los mercados de la ciudad porque estas monedas tenían la efigie de Tiberio y de su madre Libia, por lo que no se podían introducir en el templo. Había que cambiar estas monedas y se recibía el ‘perutot’ que eran las monedas que tenían esta misma función de circular en el templo para la ofrenda y luego se cambiaban con las monedas con las que luego se podían comprar productos en la ciudad. Está claro que los cambistas tenían la comisión por su trabajo; su ventaja es que no solo podían poner una mesa libremente para poder cambiar las monedas, NO, tenían que tener una licencia para hacer este trabajo y digamos de entrada: todas estas licencias dependían de la familia de Anás y Caifás. Ellos eran los que manejaban todo este flujo de dinero. 

Luego, para la Pascua se llevaban a Jerusalén las contribuciones, esas monedas que todo israelita tenía que pagar para el templo, para el servicio que se hacía en el templo. Eran medio siclo = dos denarios = dos días de trabajo, que todo el mundo tenía que pagar. Se recogían en todas las ciudades del imperio romano donde vivían judíos y para la Pascua era llevado a Jerusalén. En ese tiempo, el templo era considerado el mayor banco en todo el Antiguo Medio Oriente. 

El segundo libro de Macabeos, en el capítulo tres, dice que el tesoro de Jerusalén era el colmo de inmensas riquezas tanto que la suma de su cantidad era incalculable. Esta es la ocasión en que Jesús realizó su gesto. Veamos ahora el lugar y el templo. Lo pueden apreciar a mi espalda. Cuando decimos el ‘templo’ tenemos que hacer una aclaración: templo significa toda esa explanada, ‘ierós’ en griego. Los evangelistas son muy cuidadosos en el uso de los términos. Esa explanada es enorme. 

Uno no se hace la idea de lo grande que era, pero los cálculos dicen que corresponde a la extensión de 22 campos de fútbol reglamentarios. En esta explanada podría circular cualquiera, podrían entrar incluso los paganos. Los invito a observar esa construcción que se ve en el sur del templo. El templo estaba orientado hacia oriente, donde sale el sol y lo que ven es importante, es el pórtico real, el lugar donde Jesús hizo su gesto. 

¿Qué era este pórtico real? Era el lugar donde se desarrollaba la actividad más rentable porque allí se podían comprar los mejores corderos, las palomas. Vamos a ver en un momento que el mercado que circulaba alrededor del templo era muy grande y muy extenso pero el centro donde se compraba el mejor material para el culto estaba en el pórtico real. En el centro del templo, por tanto, de esta explanada estaba el santuario. 

Distingamos bien el templo del santuario porque así entenderemos mejor el sentido de lo que Jesús ha hecho. Les muestro ahora en el fondo a este santuario. Noten que todo el templo era una sucesión de barreras porque se debía seleccionar a la gente hasta que se quedaban solo la élite, la gente más pura, los únicos que podían tener acceso al santuario donde estaba la gloria del Señor. 

Observen este santuario en el centro y aislado en primer lugar por una muralla que está indicada. Tenía un metro y medio de altura y llevaba 13 inscripciones en griego. Estas inscripciones decían: “A partir de aquí, sólo pueden entrar los israelitas, si algún pagano cruza esta barrera tiene la pena de muerte”. Los israelitas podían entrar, tanto hombres como mujeres. Esta era la primera barrera. Los impuros tenían que quedarse fuera, no podían acercarse al santuario. Luego se entra en el atrio de las mujeres (está indicado) y las mujeres tenían que detenerse allí, no podían ir más allá. Era allí, en este atrio de las mujeres, donde estaban esos cofres para las limosnas que he mencionado antes. 

Luego ven que está indicada una escalerita, muy bonita, que llevaba a la puerta de Nicanor. Era la más hermosa del templo, era dorada. Se dice que el oro sobre esa puerta era espeso como una moneda. Solamente los hombres podían cruzarla para entrar al lugar junto al santuario. Ahora ven al santuario y delante del santuario estaba el altar para las ofrendas, para los sacrificios del holocausto que se quemaban… así que imaginen el humo que subía por allí. El santuario estaba formado por esa parte central y estaba compuesto de tres partes. Había un atrio, luego el ‘santo’ y, finalmente, el ‘santo de los santos’ donde solo el sumo sacerdote podía entrar. 

En el santo los otros sacerdotes también podían entrar, pero solo una vez al año podía entrar el sumo sacerdote en el santo de los santos donde residía la gloria de Dios. Ahora les voy a indicar también los otros lugares donde estaba este mercado. Al fondo ven representada una reconstrucción de este templo, pueden ver toda la explanada. 

Noten nuevamente el pórtico real donde Jesús hizo su gesto. De este pórtico real sale una majestuosa escalera por la puerta de Coponio que era la más hermosa y en la parte occidental de esta explanada del templo se indica una calle, una calle herodiana; tenía ocho metros y medio de ancho y en ambos lados estaban las tiendas donde se vendían todos los objetos, los animales necesarios para el culto del templo. Esa calle era todo un negocio. 

El evangelista Juan dice que Jesús expulsó del templo a las ovejas, los bueyes y luego se dirigió a los que vendían palomas. Los bueyes no estaban en el pórtico real. De las 8 puertas no sé cuáles podrían ser suficientemente amplias para hacer pasar a los bueyes. El evangelista Juan dice que Jesús condenó este culto que quería dar algo a Dios con animales. En realidad, los bueyes se vendían en una plaza del mercado, como así se llamaba, que estaba en las laderas del Monte de los Olivos y los bueyes también se vendían junto al torrente Cedrón. 

A este torrente Cedrón lo pueden localizar porque se encuentra en el Monte de los Olivos, en el muro oriental de la explana del templo donde estaba el pórtico de Salomón. Durante la fiesta de la Pascua, este era el mercado alrededor del templo del Señor, porque eran estos dones los que querían ofrecer a Dios. Ahora la pregunta es: ¿Quiere Dios algo de esto? Jesús vino a decir basta a esta forma de relacionarse con el Señor, porque ahora hay una nueva relación que él vino a establecer con el Padre celestial. 

Les voy a mostrar en el fondo una reconstrucción de lo que debió ser la construcción del pórtico real. Tenía 185 metros de largo y ocupaba todo el lado sur de la explanada. Había cuatro filas de columnas de diez metros de altura, más un capitel de un metro y ochenta centímetros, un maravilloso capitel corintio. Cuatro filas de columnas de 40 columnas, cada fila, por tanto, 160 maravillosas columnas que sostenían esta construcción del pórtico real. Es en ese lugar donde Jesús hizo ese gesto, pero allí no estaban los bueyes (esto como paréntesis). 

Veamos ahora lo que hizo Jesús. Hizo un látigo de cuerdas. Solo el evangelista Juan habla de este látigo de cuerdas. En el templo no se podían llevar palos ni armas y Jesús debió usar esas cuerdas que servían para mantener a los animales quietos. ¿Qué hizo? Lo que hizo fue echar del templo a las ovejas, los bueyes y luego volcó las mesas de los cambistas. 

Tratemos de captar el sentido de este gesto. El hecho más inmediato y evidente es claramente la condena de la mezcla de religión y dinero, y es un mensaje que sigue siempre actual incluso para la Iglesia. Conocemos las páginas oscuras que se han escrito en la historia de la Iglesia con respecto a esta misma mezcla de dinero y culto. 

Pero este no es el mensaje más importante, el mensaje más perturbador es otro. Veamos lo que hizo Jesús. Ha ahuyentado a todos los animales que se usaban para los sacrificios, porque Dios no quiere saber más de esta religión. ¿Qué significa que no le agradaran los animales? Sabemos que todos los pueblos de la antigüedad ofrecían estos cultos a sus dioses. Ofrecían los animales porque pensaban que dándole algo a Dios, que luego compensaría sus sacrificios con bendiciones y favores. Israel se comportaba como todos los demás pueblos, ofreciendo esos animales a su Dios. 

¿Qué quiso decir Jesús con su gesto? Simplemente dijo que Dios no quería los sacrificios de los animales, ni ningún sacrificio. Ésa es la cuestión. Dios no quiere sacrificios, porque sus favores no se pueden comprar. Nosotros no podemos darle nada a Dios, porque sus dones son completamente gratuitos. Ofrecer algo a Dios para obtener sus bendiciones es una compra y venta que Dios no soporta. Es una relación comercial que va en contra de su propia naturaleza. Él da su amor de forma gratuita y cuando lo acogemos somos felices. Nosotros no tenemos nada que dar a Dios. 

Pensemos entonces en una cierta espiritualidad que se nos ha inculcado que teníamos que hacer sacrificios porque nuestros sacrificios podían conseguir tal vez la salvación de los pecadores y muchas otras cosas. Jesús nunca habló de sacrificios para ofrecer a Dios. Cuando habló de ello dijo ‘quiero obras de amor, no sacrificios’. Nuestras liturgias: pensamos que con nuestros cantos, con nuestras devociones damos algo a Dios quien luego tendrá una mirada benévola hacia nosotros. ¡Basta ya! Nuestras liturgias, nuestros cantos son una manifestación de nuestra alegría de estar con Él, de nuestra gratitud por el amor que mostró hacia nosotros, pero no dan nada a Dios. Incluso nuestras buenas obras: pensamos que ofreciéndoles a Dios él las atesorará, guardará un tesoro para nosotros con los méritos que hemos adquirido. 

A veces hemos oído decir que de esta manera Dios te quiere, te bendice… NO. Dios te bendice y ama siempre. Serás feliz si te dejas envolver en este amor, y si te dejas involucrar en esta dinámica de amor gratuito. Él te ha dado su misma vida; y es esta vida la que te lleva a hacer el bien, a amar, a donarte gratuitamente, se debe manifestar en tu vida y cuando este amor se manifiesta eres feliz porque te pareces al Padre celestial. No es porque le das algo; las obras de amor que hacemos son la manifestación de la vida divina que hemos recibido y por lo tanto las obras de amor nos transforman en personas buenas, hacen brillar en nuestro rostro la similitud con el Padre celestial. Dejemos ya de pensar que podemos dar algo a Dios.  Esta religión de sacrificios para ser ofrecidos a Dios hay que abandonarla porque Jesús canceló todas las ofrendas que se hacían. 

Existe un tercer aspecto. ¿A quién echa fuera con ese látigo? No echa fuera solamente a los animales; echa fuera a los vendedores e incluso a los compradores. Juan dice que echó a todos, pero el evangelista Mateo y también Marcos especifican que ha echado fuera a los vendedores y también a los compradores porque ellos también se adherían a esta forma religiosa. Jesús echa fuera a esta gente que, sin embargo, son los buenos, son los que se relacionaban con Dios por medio de los sacrificios. NO, basta. 

Tengamos presente quiénes son los que son echados del templo. En las puertas, las 8 puertas de la explanada del templo, en la entrada estaban los levitas, los sacristanes de ese tiempo. ¿Qué hacían? Vigilaban para que no entrara la gente impura porque el libro del Levítico dice que no podían entrar los ciegos, los cojos, los deformes, los jorobados, los rengos… por tanto, los paralíticos, los leprosos debían permanecer fuera del templo. Los pecadores fuera del templo. Echaban a estas personas que no tenían nada para ofrecer a Dios excepto su propia miseria, su propia debilidad, su propia fragilidad… todos estos eran echados del templo. Jesús no los echa fuera. 

De hecho, el evangelista Mateo, luego de haber narrado el episodio, concluye diciendo que se acercaron a Jesús en el templo los ciegos y los cojos. A estos los acogía, pero, en vez, ha echado fuera a los que eran puros, a los que ofrecían sacrificios a Dios. Luego el evangelista concluye diciendo que se dirige a los vendedores de palomas y les dice: “Saquen eso de aquí y no conviertan la casa de mi Padre en un mercado”. No está condenando solo el hecho de que el dinero circulaba, sí, esto era escandaloso, esta mezcla, sino es el mercado en relación con Dios lo que no puede soportar. 

El pensar en adquirir méritos delante de Dios ofreciéndole algo; esto es mercado que no tiene lugar, no puede estar en la casa de su Padre. El Padre no es un patrón que da trabajo, es un padre con quien se relaciona gratuitamente, por amor. Y los vendedores de palomas son también los que se aprovechan de la religión para explotar a los pobres porque las palomas eran el sacrificio ofrecido por los pobres. Incluso José y María ofrecieron dos palomas porque en ese tiempo ellos no habían imaginado que un día Jesús acabaría con esta manifestación de religiosidad con la que incluso la familia de Nazaret había sido educada. 

Y en este punto los discípulos recuerdan un versículo de un salmo, es el salmo 69 en el que se dice que este salmista por su amor por la casa del Señor ha sido incomprendido y esta pasión lo ha devorado; se ha convertido en un extraño, incluso con sus hermanos. Y ellos aplican este versículo del salmo a lo que está haciendo Jesús y dicen que este gesto suyo, la posición que ha tomado por amor al templo del Señor, por la pureza de la relación con Dios lo devorará, esto es, lo llevará a ser quitado de en medio por los custodios de esta religión que Dios no quiere más, pero es la religión que da a los que la dirigen el poder y el dinero. 

Ahora llegamos al mensaje central del pasaje: Jesús invita a hacer desaparecer el santuario; no el templo, el santuario donde se encontraba a Dios, debe ser destruido porque él levantará uno nuevo. 

Escuchemos: 

“Los judíos le dijeron: ¿Qué señal nos presentas para actuar de ese modo? Jesús les contestó: Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré. Los judíos dijeron: Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él se refería al santuario de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos recordaron que había dicho eso y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús”. 

El gesto realizado por Jesús no pudo sino ser considerado sacrílego por la autoridad religiosa y, de hecho, el evangelista señala que los judíos se quedaron mirando a Jesús y le dijeron: ‘haz un milagro para aclarar que Dios quiere justificar el gesto que has hecho’. ¿Quiénes son estos judíos? No son los israelitas… todo el pueblo de Israel. En el evangelio de Juan este término aparece 71 veces y representa no a todos los judíos, sino a los enemigos y adversarios de Jesús, los que rechazan su evangelio. Estos son los jefes del pueblo, los líderes de la gente, los escribas, los ancianos, los que al final serán responsables de su condena a muerte. 

¿Qué responde Jesús? Deshagan este santuario y en tres días lo levantaré. Es una respuesta muy enigmática: deshacer este santuario. La palabra griega, el verbo Λύσατε = Lyzate no quiere decir derribarlo sino háganlo desaparecer; este santuario ya no tiene sentido porque en tres días presentaré uno nuevo, auténtico, definitivo. ¿Qué quiso decir Jesús con eso? ¿Quizás una crítica como la que los profetas hicieron, una denuncia por la corrupción de los abusos del templo? 

Recordamos la crítica que hicieron Jeremías, Amós, Isaías… Ya en el primer capítulo Dios dice: “¿De qué me sirve la multitud de sus sacrificios? –dice el Señor–. No me traigan más ofrendas sin valor, el humo del incienso es detestable. Lunas nuevas, sábados, asambleas… no aguanto reuniones y crímenes. Sus solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extienden las manos, cierro los ojos; aunque multipliquen las plegarias, no los escucharé. Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. Cesen de obrar mal, aprendan a obrar bien; busquen el derecho, socorran al oprimido; defiendan al huérfano, protejan a la viuda”. 

No es una crítica así lo que dice Jesús. Él dice: disuélvanla, acaben, deshagan este santuario. ¿Qué era el santuario? Decíamos que no había que confundirlo con el templo que era toda la explanada. Era la parte central, el edificio donde los israelitas creían que estaba el Señor; el que quería encontrarse con él debería acudir a este santuario. Los peregrinos que iban a Jerusalén iban a encontrarse con el Señor y a contemplar su rostro. Recordamos cuántas veces en los salmos se dice: “Busco tu rostro Señor”. Es hermoso el Salmo 84, es el peregrino que llegó a la cima del Monte de los Olivos y contempla la explanada con el santuario en el centro, donde mora su amado Señor y dice: “¡Que agradables son tus moradas, Señor!”. Es como la enamorada que cuando ve la casa del amado dice: ¡Qué maravilla tu casa … mi alma anhela los atrios del Señor… quiero llegar tan pronto como sea posible en la parte inferior de este Monte de los Olivos para poder entonces entrar en el templo y encontrarse con el Señor en su santuario! Esta era la concepción que tenían los israelitas del santuario. 

Lo que Jesús dice no es una crítica de la corrupción del templo, de los abusos… No, es que este santuario ya no tiene sentido, ya no es útil. Ya terminó su función. Desmonten este templo, acaben con él. ¿Por qué? Porque ahora el santuario donde Dios se manifiesta, donde Dios muestra su rostro, no está en este templo material, sino en mi persona. Es en Jesús donde vemos el rostro de Dios, en Jesús donde nos encontramos con su Padre celestial. Los judíos le responden, pues no han entendido las palabras de Jesús: “Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”— anota el evangelista: Estaba hablando del santuario de su persona. 

Esta anotación histórica es preciosa porque sabemos que el templo de Jerusalén se empezó a construir en el 19 antes de Cristo. Recordemos que el rey Herodes había llamado para esto a 10 mil obreros y que luego habían elegido mil sacerdotes para que aprendieran el arte de albañilería porque estos mil sacerdotes habrían tenido que construir el santuario; ninguna mano profana habría tenido que tocar esas piedras del edificio que se convertiría en la morada del Señor. Si comenzamos desde por 19 añadimos esos 46 años de los que hablan los judíos llegamos a la Pascua del año 28 cuando Jesús tiene 35 años y hace unos meses empezó su vida pública. Preciosa por lo tanto esta anotación histórica que solo Juan nos dejó. 

Jesús está, por lo tanto, hablando ahora de este nuevo templo que es su persona y es en este templo que ahora nos encontramos con el Señor. Hay una anotación del evangelista que dice que los discípulos no entendieron lo que dijo Jesús; lo entendieron después de la Pascua, esta verdad del nuevo templo que es la persona de Jesús. 

Vayamos ahora a ver en el Nuevo Testamento lo que nos dice sobre su comprensión del templo del Señor, un templo que es ciertamente la persona de Jesús, pero unido a su persona hay también toda la comunidad de los que le dieron la adhesión, de aquellos que han acogido el don de su Espíritu, su propia vida que está presente en todos los que forman el templo que tiene como piedra angular a Cristo resucitado. 

Y esta verdad es recordada en primer lugar por Pablo en su carta a los corintios que se enfrenta a una comunidad dividida y pendenciera, con muchos problemas. ¿Qué hace Pablo? Recuerda esta misma verdad, dice ‘¿No saben, ustedes tan pendencieros, que olvidan que son el santuario de Dios? Olvidan que el Espíritu de Dios habita en ustedes, que circula en ustedes la misma vida divina que está en el Cristo resucitado; están con él en el nuevo santuario y se olvidan que es santo el templo de Dios que son ustedes’. 

La toma de conciencia de toda una comunidad convencida de ser el templo del Señor, el santuario. Y luego otra verdad que entendieron: que mientras que en el templo de Jerusalén había barreras que paraban a todas las personas que pudiesen ser mínimamente impuras y no podían ir al encuentro del Señor porque solo el sumo sacerdote entraba en el santo de los santos, sabían que desde la Pascua el velo del templo había sido rasgado y por lo tanto todas las divisiones habían sido eliminadas en el nuevo templo; ya no había la distinción entre los griegos, judíos, paganos… no, todos los que ahora reciben el Espíritu de Cristo son parte de este único santuario. 

Y es también muy bello que dice la carta a los efesios en el capítulo segundo: “Cristo ha derribado todos los muros de separación y ha fundado todo sobre el fundamento de los apóstoles y profetas teniendo como piedra angular a Cristo Jesús, y sobre esta piedra crece todo el edificio como un santuario santo en el Señor”. Finalmente, lo que entendieron ahora de las ofrendas que se hacían en el templo, ¿qué sucede ahora en el nuevo templo? 

En la primera carta de Pedro, en el capítulo dos, dice: “Acercándonos a él, a Cristo, piedra viva, rechazada por los hombres, pero preciosa delante de Dios, ahora ustedes son piedras vivas”. El edificio no está hecho de piedras materiales; son las personas las piedras vivas que construyen este santuario espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer ofrendas que son solo el amor que manifiesta esta vida divina que Cristo nos ha comunicado. Así se deja de lado el olor del incienso que a Dios no le interesa, sino el olor del nardo que es el símbolo del amor entregado que es el de Cristo, amor absolutamente gratuito que llega a amar y a dar la vida para el que te hace el mal, por el enemigo. 

Escuchemos ahora cómo Juan concluye esto episodio: 

“Estando en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales que hacía. Pero Jesús no se confiaba de ellos porque los conocía a todos; no necesitaba informes de nadie, porque él sabía lo que hay en el interior del hombre”. 

Quizás sea un poco sorprendente la conclusión de este episodio. Nos preguntamos cómo es que Jesús no acoge con alegría a estas personas que querían darle su adhesión, parecen estar bien dispuestas hacia él. Reflexionemos, estamos en el comienzo de la vida pública de Jesús y preguntémonos qué podrían haber entendido estas personas sobre la propuesta de un mundo nuevo que Jesús estaba haciendo, qué podrían haber entendido sobre la nueva relación con Dios que estaba empezando a proponer. 

Este es el peligro: darle la adhesión sin haber entendido completamente lo que esto implica. El pasaje del evangelio dice que Jesús conoce el corazón de las personas y debe haber leído en sus ojos que son personas sinceras pero que es demasiado pronto para acogerlos, para que se consideren ya discípulos y por lo tanto corran el riesgo de engañarse a sí mismos, de que ya están en el nuevo mundo, en el reino de Dios. 

Los ve todavía muy apegados en sus corazones a la vieja religión, esa que tanto les gusta a los hombres; al fin y al cabo, esa religión que te hace sentir mejor que los demás porque puedes ofrecer sacrificios a Dios a través de buenas obras; esa religión entonces que te hace esperar también un premio de Dios porque te lo has ganado obedeciendo sus mandatos. Jesús dijo basta a esta religión que debe ser demolida y es una religión que tal vez seguimos cultivando hoy en día y por eso Jesús no rechaza a estas personas y tampoco nos rechaza a nosotros, sino que nos invita a reflexionar sobre lo que realmente hemos entendido de su propuesta para no dejarnos llevar por frágiles entusiasmos. 

Entonces a ellos y también a nosotros Jesús parece querer decirnos: ‘profundicen bien, poco a poco, mi propuesta de un mundo nuevo y de una nueva relación con el Padre celestial y tomen conciencia de lo que significa para ustedes pertenecer al nuevo santuario que es mi persona’. 

Les deseo a todos un buen domingo, una buena semana y un buen recorrido en este tiempo de cuaresma. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Close

Cafeteando Netwok

Un espacio con café para ser Iglesia

Hecho con ♥️ por Marco Salas. © Copyright 2020. All rights reserved.
Cerrar