Estudio Bíblico | Jn 6, 41-51 | 19 Domingo del Tiempo Ordinario


Un buen domingo para todos. 

La semana pasada escuchamos a las multitudes de Cafarnaún que le decían a Jesús que en el desierto Moisés les ha dado el pan que había bajado del cielo. Pero Jesús respondió inmediatamente: ‘Eso no es cierto. Moisés nunca les dio el pan que bajó del cielo. Él les dio el maná, que es el pan material que alimenta la vida biológica en esta tierra’. Les ha dado el alimento que todos los animales necesitan, pero este alimento no es suficiente para ser humano. 

Los judíos no distinguen entre tres reinos como nosotros: el reino mineral, el reino vegetal, el reino animal; dicen que hay un cuarto reino, el reino humano, y que quien pertenece a este cuarto reino necesita alimentarse con otro pan, que es la sabiduría de Dios, que para los judíos se encarna en la Torah, y esta sabiduría de Dios, este pan que humaniza viene del cielo. 

Con esta distinción entre el pan material que alimenta la vida que se acaba, y el pan que viene del cielo, las multitudes sólo podían estar de acuerdo con Jesús, pero él añadió otra declaración que es absolutamente inaceptable para los judíos; dijo: “Yo soy este pan que bajó del cielo”. Es sobre este tema que las multitudes reaccionan. 

Escuchemos: 

“Los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo; y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo?”. 

Frente a lo que dijo, las multitudes comienzan a murmurar contra Jesús. El verbo griego que se utiliza “γογγύζετε” = gongízete, no significa refunfuñar, murmurar, sino que significa disputar, indignarse, rechazar resueltamente lo que Jesús ha dicho. ¿A qué se debe esta reacción escandalosa a lo que Jesús dijo? Por dos razones; la primera es que el israelita piadoso está convencido de que ya tiene el pan del cielo, la Torah, la sabiduría de Dios. 

Esta Torah es el pan que alimenta al ser humano, el que realmente te convierte en humano. Por ejemplo, te dice: no mates, son los animales los que matan; si perteneces al reino humano no debes matar y esto te humaniza; te humaniza en la forma de manejar la sexualidad pues el hombre no es como los animales que viven su sexualidad para la conservación de la especie y por eso te dice que si quieres pertenecer al reino humano no cometas adulterio. Te dice que no guardes rencor en tu corazón; te dice que, si quieres ser un hombre de verdad debes tener un solo Dios, no tengas otros ídolos. 

El israelita está convencido de que no necesita ningún otro pan. Se siente plenamente humano si cumple toda la Torah que ha descendido del cielo como don de Dios. Israel estaba y está orgulloso de este don que le hace sentirse privilegiado entre todos los pueblos de la tierra. De hecho, en el capítulo 4 del Deuteronomio, dice: “Los demás pueblos, al oír hablar de esta ley perfecta, dirán: ‘Este es el único pueblo sabio que existe en el mundo’”. 

Quiero hacer resaltar este amor de Israel por la Torah ya que es bueno tenerlo presente. Cada año al final de la fiesta de las Tiendas, los israelitas celebran la fiesta de la ‘Simchat Torah’, es decir la alegría de la Torah. Bailan y abrazan el rollo de la Torah en las sinagogas, como el esposo abraza a la esposa. Es el signo de la gratitud de Israel por este regalo recibido de Dios. 

Los rollos de la Torah deben ser escritos por los rabinos tardan un año y medio en escribir toda la Torah y si, por casualidad, de las 304.805 letras de las que se compone la Torah, si incluso una sola no es correcta, el rollo era inutilizable. El rollo de la Torah se guardaba en el lugar más sagrado de la sinagoga, el arca sagrada, el ărōn kodesh, y frente a el está el velo sobre el que suele bordar la Menorah que el símbolo de la luz que sale de ese ărōn kodesh. Durante la lectura—los que han estado en Israel se lo habrán notado—se marca el texto en la lectura de la Torah no con un dedo, porque el texto es sagrado, sino con un pequeño puntero. Por último, cuando un rollo ya no se puede utilizar, no se lo puede tirar, ni siquiera un trozo del rollo, sino que hay que guardarlo y luego enterrarlo en un cementerio. Así termina este paréntesis, pero es bueno tener en cuenta el amor de Israel por la Torah. 

En este contexto, Jesús hace una afirmación sin precedentes para los judíos diciendo que él es la encarnación de la sabiduría de Dios. Y ellos le dicen: ¿Quién crees que eres? ¿Cómo puedes pretender ser la encarnación del humano? Esta es la razón por la que reaccionaron de forma dura y decidida. 

Y ahora la segunda razón de su rechazo. ‘Eres hijo de un carpintero y es imposible que la sabiduría de Dios se encarne en un carpintero, y que, por tanto, ya no hay mas que leer la Torah, solo hay que verte a ti que eres la encarnación de la Torah. No, esto es demasiado’. 

Tratemos de aclararlo bien. Sabemos que los judíos, los musulmanes y cristianos se refieren a un texto sagrado: la Torah para los judíos, el Corán para los musulmanes; de hecho, en el libro del Corán por 54 veces se llaman a los judíos, a los musulmanes y a los cristianos ‘el pueblo del libro’. Pero hay una diferencia sustancial que debemos tener en cuenta para entender lo que dice Jesús. 

Los judíos y los musulmanes tienen la sabiduría de Dios que guía sus vidas plasmadas en la Torah y en el Corán que bajaron del cielo. Para los cristianos la sabiduría de Dios no está encarnada en un libro, sino que se hizo carne en Nazaret, en el vientre de María. Es cierto que a través de un libro conocemos, vemos, escuchamos, tocamos a Jesús a través del Evangelio, pero el libro es solo un instrumento para encontrar a Jesús que es la sabiduría que bajó del cielo. Y es de este pan que el hombre tiene hambre, y hasta que no haya encontrado y asimilado este pan, hasta que no haya encontrado a Jesús de Nazaret, nunca estará satisfecho, no será plenamente humano. 

¿Cuál es el mensaje para nosotros hoy? ¿Quiénes son estos judíos que contestan a Jesús en Cafarnaún? ¿Por qué el evangelista Juan habla de los judíos cuando estamos en Galilea? Allí todos son galileos. En el Evangelio de Juan, el término ‘judío’ representa a todo aquel que se siente ya saciado con la comida que tiene y no quiere más; es suficiente. El cristiano respeta todos los humanismos y aprecia lo bello y humanizante que contiene la Torah. Ciertamente indica la dirección correcta para vivir como humanos, pero no es la meta final, no indica la perfección de lo humano, no llega a decirnos que para ser hombres necesitamos perdonar incondicionalmente, setenta veces siete. No dice que necesitamos llegar a amar, a hacer el bien incluso dar la vida por el enemigo, por quien te ha hecho mal. La sabiduría del cielo encarnada en Jesús de Nazaret llega hasta allí. Y por eso afirmamos que más allá es imposible llegar; y si no llegas allí, no eres todavía un hombre. 

Los judíos de los que habla el evangelio de hoy no son los de Cafarnaún, esos están muertos; son todos los que hoy creen que ya están satisfechos con la sabiduría que tienen. Esto le puede pasar a los que siguen otros humanismos: el humanismo judío, el budista, el hindú, el musulmán. Pero, judío en este sentido, es también el bautizado, el cristiano que podría estar aún muy lejos de haber asimilado a Cristo, lejos de haber asimilado al hombre perfecto que es Jesús de Nazaret. Podría haber probado algunas migajas del Evangelio, pero luego se detuvo ante alguna buena recomendación, no aceptó ir más allá para acoger todo este pan. Por lo tanto, aún no ha captado el humanismo de Jesús de Nazaret. Es el judío que está presente en cada uno de nosotros. 

Y ahora Jesús nos ayuda a identificar a estos judíos que están en nosotros para hacernos descubrir cómo él defiende su propia posición, cómo justifica el rechazo del pan del cielo que es Cristo. Escuchemos: 

“Jesús les dijo: No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día. Los profetas han escrito que todos serán discípulos de Dios. Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre. Les aseguro que quien cree tiene vida eterna”. 

Antes los judíos murmuraban contra Jesús, ahora murmuran entre sí y con los otros. Han escuchado una afirmación chocante y en lugar de enfrentarse a Jesús para que les aclare, empiezan a murmurar entre ellos, es decir, a disputar lo que ha dicho, pero lo hacen entre ellos. Esto es lo que ocurre hoy; cuando nos encontramos ante Jesús a través de la propuesta de su Evangelio y su palabra, inevitablemente nuestra forma de pensar, de razonar, de vivir bien, es puesta en cuestión, se ve alterada porque esa forma de razonar está tan lejos de la nuestra como el cielo de la tierra, y entonces ¿qué hacemos? 

No todos están dispuestos a aceptar esta palabra y hacer un cambio. Nos inclinamos instintivamente a defender nuestras posiciones, a proteger nuestras convicciones, lo que siempre hemos hecho y creído e incluso los cristianos practicantes pueden rechazar la propuesta evangélica. Hoy tenemos una luz del Evangelio, una luz sobre Cristo que no teníamos hace unas décadas y de frente a este pan nuevo, incluso muchos cristianos prefieren el pan que han estado comiendo hasta ese momento y rechazan la novedad de Cristo. 

¿Cómo justifican su elección, cómo defienden su posición desde la propuesta provocativa que viene del Evangelio? Se comportan exactamente como los judíos de Cafarnaún. Comienzan a murmurar y a protestar, no se confrontan con el Evangelio sino entre ellos, es decir, van a buscar a otro judío que piense como ellos, se confrontan para confirmar que tienen razón, que tienen que seguir viviendo así. Y, de hecho, el otro judío dirá, ‘olvídalo es un hereje… uno que está enamorado de las cosas nuevas, de la moda, pero se está alejando de la verdadera tradición’. Esta es la razón por la que el judío va con otro judío solo para evitar confrontarse con el Evangelio, con Cristo.  

Si el judío que está dentro de nosotros nos lleva instintivamente a no dejarnos convertir, la de Jesús es una batalla perdida. Por eso Jesús nos habla de la necesidad de tomar conciencia de que hay una intervención del Padre celestial. Es el Padre quien atrae hacia él, la manta que es Jesús, su Evangelio es el pan de vida que te humaniza, no es una conquista nuestra, es un regalo gratuito de Dios que nos atrae a Cristo. 

Y dice que todos seremos atraídos por Dios. ¿Qué significa? Tenemos en nuestro ADN la atracción instintiva hacia el Padre del cielo porque somos sus hijos e hijas; y esta atracción nos lleva instintivamente a vibrar en sintonía con la palabra de Jesús de Nazaret, con su persona. Hay una voz interior que nos dice que lo que nos dice es humanizante y verdadero ser como él, para ser realmente hombres. 

Es una voz interior que nos dice que cuando escuchamos en el Evangelio que nos dice: ‘no te aferres a los bienes de este mundo, no compitas por acumular, dalo todo por amor’, esa es una voz interior que nos dice que él tiene razón. Ser hombres significa poner nuestros bienes a disposición de nuestros hermanos; ante un mal recibido oyes una voz dentro de ti que te dice que no te vengues, pon la otra mejilla; una voz interior te dice que tiene razón, ser hombre significa poner la otra mejilla, no te vengues. Jesús dice que quien acoge a Cristo como el pan del cielo tiene vida eterna; no que la tendrá en el futuro como premio; cuando uno se adhiere a Cristo y a su propuesta de vida se pone en sintonía con su propia vida, la vida que dura para la vida eterna, la vida que se alimenta con la sabiduría que viene de Dios, con el pan del cielo. 

Y ahora Jesús comienza a presentarse como pan para comer. Aún no habla de la Eucaristía, sino de un pan para asimilar lo que viene del cielo, que es él. Escuchemos: 

“Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”. 

Jesús nos ha hablado del pan, pero sólo en este momento de su discurso introduce el verbo ‘comer’. A los judíos que le están escuchando dice ‘sus padres en el desierto comieron maná, pero el maná no era un pan que bajara del cielo, alimentaba una vida que perece, de hecho, todos murieron’. “Yo soy el pan vivo que bajó del cielo; si alguien come de este pan vivirá eternamente y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. 

¿Qué nos está diciendo Jesús? Tratemos de entender porque no es difícil y es extremadamente importante para nuestra vida. Si Jesús nos hubiera dado pan material estaríamos agradecidos, pero no hubiera sido un gran regalo porque hubiera sido para una vida que perece; nos está hablando ahora del regalo de una vida del Eterno. 

Ante todo, este verbo ‘comer’ es extremadamente importante para entender la Eucaristía que a lo largo de los siglos ha sido ofuscada en su significado por tantas devociones. El verbo comer –faguein– se repite 11 veces en este capítulo. Luego hay otro verbo mucho más fuerte ‘trogein’ en griego, que significa moler, masticar; y luego hay un tercer verbo – bere– que se repetirá tres veces. Jesús no está hablando todavía de la Eucaristía, sino que está preparando este tema en su verdadero significado. 

Tratemos de entender; la metáfora del pan de vida se utiliza en la Biblia para indicar la palabra de Dios que es pan de vida. Dice el profeta Ezequiel: ‘El Señor dice al profeta, hijo del hombre come este rollo luego ve y habla a los israelitas’. O sea, asimílalo no solo con tu mente sino encarna en tu vida esta palabra y luego comunícalo a la gente. Ese es el verbo comer que aquí se usa en el sentido de asimilar, hacer carne de tu propia carne esa palabra de Dios. Y solo cuando la anuncio con la palabra, pero luego la veo encarnada en mi vida, mi anuncio se vuelve convincente. También el profeta Jeremías que dice: ‘Al encontrar tus palabras, oh Señor, las devoré con avidez, y tu palabra fue el gozo y la alegría de mi corazón’. 

Es el verbo comer que significa asimilar, esta palabra de Dios. Jesús dice: “El pan que yo doy es mi carne”. ¿Qué significa esta palabra carne, para no malinterpretar el sentido que Jesús da de comer su carne? En la concepción semítica, la carne no indica los músculos; y esto es un malentendido peligroso; incluso cuando se habla de la resurrección de la carne, muchos siguen pensando en la recomposición de los músculos. No es así, la carne en el sentido bíblico no son los músculos, es la persona entera, pero considerada en su aspecto de criatura débil, transitoria… y, sobre todo, una criatura mortal. Eso es la carne; para decir que la persona es efímera, frágil, débil, sujeta a la muerte, dicen que el hombre es carne. No es un desprecio a la condición humana. Es simplemente reconocer el hecho de que la realidad de la condición humana es esta. El salmo 78 dice: “Muchas veces el Señor ha aplacado su ira ante los pecados cometidos por su pueblo y no los castigó porque recordó ‘tengo que ser paciente porque son carne, un aliento que se va y no vuelve’”. 

Tengamos en cuenta que este es el significado bíblico de ‘carne’. El evangelista Juan, cuando escribe que “la Palabra se hizo carne”- la palabra de Dios, la revelación de Dios se hizo hombre en Jesús de Nazaret, uno de nosotros, no por su apariencia externa, sino que se hizo semejante a nosotros en todos los sentidos, asimiló todas nuestras formas de vida, pero con toda su fragilidad, sus límites, su precariedad incluida la muerte. 

La Palabra al hacerse hombre se hizo carne, se hizo mortal. Entonces ¿qué significa esta expresión ‘comer su carne’? Significa aceptar, asimilar, hacer propia la sabiduría de Dios que vemos encarnada en un hombre con una frágil naturaleza humana, presente en Jesús de Nazaret. Si miramos a Jesús de Nazaret vemos al hombre perfecto; por tanto, Jesús no está haciendo una propuesta caníbal, y sus oyentes lo entendieron muy bien, no se escandalizaron por la propuesta caníbal. No, entendieron la provocación que hacía Jesús. ‘Ustedes piensan humanizarse perfectamente comiendo el pan de la sabiduría de la Torah. Ahora la sabiduría de Dios está presente en esta carne de hombre frágil, el hijo de un carpintero’. 

Se trata de asimilar su sabiduría. Seguimos sin hablar de la Eucaristía; Jesús siempre se refiere a asimilar su persona que se presenta en el mensaje del Evangelio. Solo está introduciendo el tema que a partir del próximo domingo se hará explícito: asimilarlo también a él que se convierte en pan eucarístico. 

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana. 

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