Estudio Bíblico | Jn 15-16 | Pentecostés


Buena Pascua a todos. 

En el antiguo Medio Oriente existía una fiesta agrícola muy antigua, se llamaba la fiesta de la cosecha porque celebraba la alegría de la conclusión de la cosecha de grano, o sea, hacia julio. 

Originalmente no tenía una fecha fija porque la maduración de la mies varía de año en año, sin embargo, los israelitas en algún momento fijaron la fecha: Siete semanas después de la Pascua. Esa es la razón por la que el llamado: Ḥag HaShavuot (Shavuot – תועובש – plural de Shavúa – עובש, semana) fiesta de siete semanas, en griego Πεντηκοστή ἡμέρα (pentecosté hemera) el quincuagésimo día que corresponde a siete semanas después de la Pascua. 

En el tiempo de Jesús, o inmediatamente después, esta fiesta cambió de significado; ya no era una fiesta agrícola en una fiesta religiosa donde el pueblo de Israel celebraba su alegría, su gratitud al Señor que había regalado a los israelitas la Torá, la Ley porque esta ley era la luz que permitía a este pueblo vivir realmente como humanos. Y era esta Torá lo que les hacía sentirse superiores a todos los demás pueblos. 

De hecho, en el libro del Deuteronomio, Moisés dice: “Cumplan los preceptos del Señor su Dios, que yo les mando hoy… pónganlos por obra, que ellos serán su prudencia y sabiduría ante los demás pueblos, que al oír estos mandatos comentarán: ¡Qué pueblo tan sabio y prudente es esa gran nación!” (Dt 4,2.6). Y también en el libro del Deuteronomio Dios que dice a su pueblo: “Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las inculcarás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado” (Dt 6,6-7). Esta es la alegría de la Torá que se celebraba en esta fiesta de Pentecostés. 

La Torá es hermosa, es un gran regalo. ¿Cuál es el límite de la Torá? Es que es una norma externa a la persona; la persona no es instintivamente llevada a observar la Torá, sino de ir en la dirección opuesta. Por tanto, la indicación del camino de la vida es hermosa pero la persona es tentada a ser adúltera, a robar, a mentir. Es una ley externa. 

Lucas, en el relato de los Hechos, sitúa el don del Espíritu en la fiesta de Pentecostés, ¿por qué es que lo sitúa ahí? Sabemos que el Espíritu fue traído al mundo por Jesús, que fue entregado en el momento de su muerte en el Calvario. Dice el evangelista Juan que Jesús, en su último aliento, entregó el Espíritu. Este Espíritu es la nueva naturaleza de la persona. Este Espíritu no es más una ley externa, sino una vida nueva que la persona ha recibido del cielo. 

Pongamos un ejemplo que nos ayude a entender en qué consiste este don del Espíritu. Una chica lee un libro de psicología que le explica los sentimientos de una madre y cómo debe criar a su hijo. Son indicaciones externas bellas y preciosas. Un día esta chica se convierte en madre, ya no necesita esas indicaciones externas que le expliquen los sentimientos de una madre. Su relación con su hijo le viene de dentro, de su nueva naturaleza de madre. Es una fuerza que le hace olvidarse de sí misma para ponerse al servicio de la frágil criatura que Dios le ha confiado y por eso puede levantarse por la noche 20 veces y no se da cuenta porque le viene de dentro el comportamiento que debe tener. 

Esta es la nueva Torá, el Espíritu, el don de la nueva vida que es la vida del Padre celestial, la vida del Eterno que animó a Jesús durante el tiempo que pasó en este mundo entre nosotros. Y es esta vida de Jesús, que es la vida del Padre, este Espíritu que le llevó a dar todo de sí mismo, sin límites, sin condiciones. Dios no podría hacernos un regalo mayor que su propia vida y entonces entendemos qué alegría es para nosotros tomar conciencia de este don porque nuestra vida biológica termina, pero la vida del Eterno, del Espíritu, no puede terminar porque es la vida misma de Dios. 

Ahora ya no es la ley externa la que nos guía, es esta nueva vida que ahora se convierte en nuestra ley; y entonces entendemos que no hay ninguna norma en la Torá que te diga que, si tu enemigo te hace el mal, debes estar dispuesto a dar tu vida por él… NO. Esta norma no viene de fuera, viene de tu filiación divina, no puedes hacer otra cosa porque has recibido la nueva ley, y esta es la razón que para hacernos entender esto, Lucas en los Hechos de los Apóstoles puso este don del Espíritu en Pentecostés. 

Por lo tanto, el Espíritu sustituye a la Torá que, sin embargo, se mantiene porque es siempre una indicación que nos dice: ‘¿Estás realmente siguiendo el Espíritu al menos en esta mínima frontera que son las diez palabras?’. 

Y ahora introduzcamos el pasaje del evangelio de hoy que nos habla de este don. Tiene dos partes en este pasaje que está tomado de dos capítulos diferentes del evangelio según Juan. En la primera parte Jesús promete este don y en la segunda parte nos dice cuál es la acción de este Espíritu en la Iglesia. 

Escuchemos la promesa: 

“Cuando venga el Defensor que yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio”. 

Tenemos que entender bien lo que Jesús nos promete y, por eso, ahora examinaremos palabra por palabra lo que Jesús dijo aquella tarde en el cenáculo a sus discípulos. “Cuando venga el Defensor que yo les enviaré de parte del Padre” indica el origen de este don, el amor del Padre celestial y este regalo nos ha sido dado por Jesús. 

El nombre con que se llama al Espíritu es ‘Paráclito’, (παράκλητος – paracletos, una palabra griega de ‘parakalein’ que quiere decir ‘vecino’, en latín ‘advocatus’- un abogado, defensor, el que te defiende, el que te protege. Los rabinos decían que cuando te presentes ante Dios necesitarás un abogado y se preguntaban: ¿Quién es este abogado que seguramente te defenderá bien? Las buenas obras que has hecho. Dios no te puede hace nada, no te puede acusar porque tienes al abogado, al defensor: las buenas obras. Pero nosotros no necesitamos este abogado porque Dios nunca está contra nosotros; Él está siempre de nuestro lado. 

El Espíritu es el abogado ¿de quién nos protege? No de Dios… nos protege del verdadero enemigo, la fuerza maligna que está en nuestro interior y que, si se consiente, nos deshumaniza. El Espíritu es la vida nueva que reduce el instinto maligno a la impotencia. El Espíritu, el Defensor, nos protege de la insensatez de este mundo, que es muy agresiva porque es seguida por todos; es la que se predica, la que se inculca por los medios de comunicación, por las revistas, por los programas basura, por las telenovelas, y de hecho, una de las pruebas más difíciles para el creyente es sentirse solo en medio de un mundo pagano que razona y actúa con criterios muy diferentes a los del evangelio. 

De hecho, si predicamos el perdón, la mansedumbre, la castidad, la renuncia, el dominio de sí, el servicio, el amor gratuito, incluso hacia los enemigos, pues bien, estos comportamientos son considerados extraños, incomprensibles, y aquí está el Defensor, que en esta situación de desconcierto que puede vivir el creyente, el Paráclito está a tu lado, defendiéndote de la lógica del mundo, de la forma de pensar que es considerada sabia por todos; esa forma de pensar que te dice que disfrutes de la vida, que hagas lo que quieras, que pienses por ti mismo. El Paráclito está a tu lado para defenderte. 

Luego, “el Espíritu de la verdad que procede del Padre”. ¿Qué significa el Espíritu de la verdad? ¿que te impide decir mentiras? NO. Aquí no se trata de mentiras que, ciertamente, no se nos deben decir. ¿Qué significa ‘verdad’ en la Biblia? Es lo que nosotros entendemos fácilmente: cuando decimos ‘una flor verdadera’ significa que no es de plástico; cuando decimos ‘un verdadero sacerdote’ no es porque lleva un uniforme, sino porque su vida se ajusta a lo que esperamos de un sacerdote. 

El Espíritu es la nueva vida y esta nueva vida cuando la seguimos, cuando nos dejamos guiar por esta nueva vida, nos convertimos en verdaderas personas, o sea, auténticos hijos e hijas de Dios. Luego: “Este Espíritu de la verdad dará testimonio de Jesús”. ¡Qué hermoso hacer esta experiencia del testimonio del Espíritu que todos podemos tener y es maravilloso! 

¿Cuándo es que el Espíritu da testimonio a favor de Jesús? Cuando oímos una voz dentro de nosotros que nos dice: ‘Jesús tiene razón’. Oímos muchas voces alrededor nuestro, muchas sugerencias y entonces la voz que desde dentro te dice ‘mira, él tiene razón’. Ese es el Espíritu. 

Cuando contemplas el rostro de Dios que brilla en el rostro de Jesús, el Dios amor y solo amor. Quizás oigas también otras imágenes de Dios; cuando escuchas una voz interior que te dice que lo ‘verdadero’ es lo de Jesús. Cuando sientes una voz interior que te dice: practica el amor incondicional que te mostró Jesús, es el Espíritu que te habla y da testimonio que Jesús tiene razón. Cuando escuchas una voz que te dice que Jesús tiene razón cuando dice que la verdadera grandeza del hombre no está en acumular bienes sino en el compartir, en el humilde intercambio del servicio del amor, en dar su vida por los demás como hizo Jesús… cuando escuchas esta voz es el testimonio del Espíritu. 

También es importante saber que no basta un conocimiento externo de Jesús, lo que aprendemos en el Evangelio no es suficiente. Para que uno se adhiera a la propuesta del Evangelio se necesita una fuerza interior, un testimonio que no solo te dice que la palabra de Jesús es verdadera, sino que te lleva a adherirte a esta palabra. Aquí está la voz del Espíritu que te asegura: ‘Fíate de Jesús’ porque puedes adivinar que tiene razón; esta voz interior disuelve todas las dudas, todas las objeciones y da serenidad. Cuando los que siguen la vida de este mundo también podrían encandilarte, entiendes que siguen otros criterios, lo respetas, pero el Espíritu te dice: confía en la propuesta de Cristo. 

Y continúa: “Y ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio”. Un catequista o incluso un sacerdote puede hablar de Jesús como los profesores de historia en la escuela hablan de César y Napoleón; dicen las cosas correctas, pero no están involucrados en la vida de estas personas. El César o Napoleón son personajes que no me preocupan, no me tocan, aunque están diciendo cosas verdaderas. El que está enamorado de Jesús no habla así, porque ha apostado su vida por este amor, por tanto, cuando hablan de Jesús, no es como cuando hablan del César, sino que ven sus ojos brillar porque Jesús ha dado sentido a sus vidas. 

Esto es lo que dice Jesús a sus discípulos: ‘Espero el testimonio de ustedes; quien los oiga hablar de mí debe entender que están enamorados, que están convencidos de que se juegan la vida por mi propuesta y son felices’. Y esto debe ocurrir desde el principio porque ‘me conocen desde que me presenté en la vida pública, me hice ver, les mostré el verdadero rostro de Dios y el rostro del hombre exitoso y ustedes me han visto desde el principio. Ustedes me conocen bien, mirándolos a ustedes la gente debe verme a mí. Este es el testimonio que espero de ustedes’. 

Ahora escuchemos lo que hará el Espíritu en la Iglesia: 

“Muchas cosas me quedan por decirles, pero ahora no pueden comprenderlas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará el futuro”. 

“Muchas cosas me quedan por decirles”, dijo Jesús a los discípulos durante la última cena y la interpretación más inmediata de estas palabras suyas es que durante los tres años de su vida publica no fue capaz de comunicar toda la verdad sobre Dios y el hombre que él había venido a traer al mundo; falta de tiempo, por tanto, porque va a encontrar una muerte prematura. No es así. De hecho, añade inmediatamente que la razón por la que no pueden presentarles toda la verdad es que “ahora no pueden comprenderlas”. Se trata de su derrota, de su aparente fracaso. Es imposible que los discípulos lo entiendan antes de la Pascua. La muerte de Jesús, condenado como hereje y blasfemo, sería un argumento demasiado pesado para sus débiles fuerzas. 

Él “los guiará hasta la verdad plena”, dice Jesús. Será el Espíritu. La verdad que les presentará será ésta: que entenderán que el hombre de éxito según Dios es el que ama, el que da la vida. Esto no lo explicará Jesús. El significado de su pasión de amor lo entenderán después de la Pascua por medio del Espíritu. No tendrá la tarea de integrar lo que Jesús dijo e hizo, sino que dará testimonio de que tiene razón. ¿Cómo te introduce en esta verdad? No bastará con hacernos entender que Jesús es una persona extraordinaria, cuya vida no podemos dejar de admirar. 

Luego hay que tener la fuerza de adherirse a esta verdad. Hemos entendido que el Espíritu nos hace entender lo maravillosa que es esta vida de Jesús, pero luego necesitamos la fuerza para adherirnos a él. Para poner un ejemplo: algo parecido ocurre en el enamoramiento… porque de enamoramiento se trata cuando uno se une a Cristo. Cuando una chica conoce a un joven puede saber todo de él, puede admirarlo, pero hasta que la pasión del amor la empuje a unir su vida a la suya, es de poca utilidad saber todo de ese joven. 

Lo mismo ocurre con Jesús: podemos saber todo lo que nos dice el Evangelio y el Espíritu también nos puede decir y hacer entender que es hermoso que él tenga razón, pero luego es necesario que nuestra vida se adhiera y se ajuste a su propuesta; unir nuestra vida con la suya en un encuentro esponsal y también este impulso es puesto en nosotros por el Espíritu. Esto es lo que dice Jesús: Será el Espíritu, después de la Pascua, el que los introducirá y hará captar en ustedes este enamoramiento por la búsqueda de hombre que Jesús nos ha propuesto. 

Luego, “el Espíritu no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará el futuro”. No hablará por su cuenta, es decir, no añadirá nada, sino que dirá todo lo que ha oído, es decir, ‘repetirá lo que yo he dicho y les anunciará el futuro’. ¿Qué quiere decir que el Espíritu anunciará el futuro? ¿Nos hará capaces de ser magos, adivinos para prever el futuro? Nada de esto. 

Si buscamos la raíz del malestar en el mundo contemporáneo, la encontramos en la falta de una mirada hacia el futuro, en la falta de una meta evidente, un porqué en la vida; cuando miras hacia adelante y no ves nada, no te estimula planificar, estás desmotivado, te falta la meta que te espolea a comprometerte. Esto lo escuchamos a menudo cuando los padres se encuentran con un hijo de 35, 38 años que sigue dando vueltas por la casa, y le preguntan cuándo te vas a decidir, y él responde: ‘¿Por qué tengo que formar una familia?’. A lo sumo va a sobrevivir. Es la falta de un futuro, de un propósito, de un porqué. Es el Espíritu el que da sentido al futuro; te anuncia las cosas futuras, anuncia el sentido que tiene la vida de una persona en el mundo; y es el Espíritu que sugiere los altos valores que se encarnaron en Jesús de Nazaret y es Él el que te hace entender que la vida tiene sentido cuando se vive como la suya. 

Este es el futuro que te muestra el Espíritu; te mostrará cómo terminan las cosas, cuál es el sentido de una vida exitosa y también será el Espíritu el que te hará entender cómo ciertas estrellas que parecen dar un sentido a la vida de las personas son en realidad estrellas fugaces. Te hará entender que la verdadera estrella es Jesús de Nazaret, que es la que da sentido y dirección a tu vida. Te hará entender, por ejemplo, que Jesús tiene razón cuando dice de qué sirve que uno gane el mundo entero y luego arruine su propia vida. Sabemos que en la aduana lo dejas todo excepto el amor que se compartió. El Espíritu te hará entender que Jesús tiene razón y te dará la fuerza para adherirte a esta verdad. 

Esto es lo que dice Jesús: ‘No soy yo que les haga entender antes de la Pascua porque no soportarán el peso, pero el Espíritu los introducirá a esta verdad y salvarán sus vidas. En una palabra, es el Espíritu el que nos saca del no-sentido de nuestra existencia que es tan frecuente en nuestro mundo. Y ahora viene la parte del discurso donde Jesús explica cómo trabajará el Espíritu. 

“El Espíritu me dará gloria porque recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes. Todo lo que tiene el Padre es mío, por eso les dije que recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes”.

“El Espíritu me dará gloria”. ¿Qué es esta gloria que el Espíritu mostrará presente en Jesús? Ahora viene el momento en que estamos involucrados en esta glorificación de Jesús. Ante todo, ¿qué es la gloria? En hebreo ‘gloria’ se dice ‘cavod’, quiere decir ‘peso’, consistencia, como el grano de trigo es consistente y la paja es barrida; esa es la ‘vana-gloria’, no queda nada de la vanagloria, la que busca la gente, el aplauso, el éxito, placeres y honores. Esa era la gloria que buscaban los jefes de los sacerdotes y los escribas. Lo decía Jesús: ¿Cómo pueden creer ustedes que reciben la gloria de unos y otros y no buscan la verdadera gloria que viene de Dios? 

Esta glorificación de Jesús es dada por el Espíritu. Es el Espíritu el que te muestra que la verdadera gloria que debes buscar es la del don de la vida por amor y es él el que te hace entender y que te da la fuerza para adherirte a esta propuesta de Jesús. Jesús glorificó al Padre: ¿Qué significa? Quiere decir que él fue la revelación perfecta del rostro del Padre que es amor es solo amor. Esta gloria ha brillado de manera perfecta especialmente en el don de la vida en el calvario. 

Para la gente el calvario fue el oscurecimiento de la gloria, en cambio el Espíritu te revela que la gloria del Padre ha brillado en este don de la vida. Y ahora ¿qué hace el Espíritu? Muestra la gloria de Jesús en los discípulos que se dejan mover por este Espíritu y se adhieren a la propuesta de Jesús y, por lo tanto, la comunidad de los discípulos no existe para transmitir una nueva doctrina, sino para hacer presente en sus vidas la persona de Jesús, su amor incondicional que alcanza incluso al enemigo. Aquí está el Espíritu que toma de lo que es Jesús y nos lo anuncia; insiste en este anuncio, en esta voz del Espíritu que nos habla. 

Entonces, si el Espíritu nos habla, nos sugiere, nos da testimonio, debemos saber escuchar y ¿qué nombre puede tener esta escucha del Espíritu? Es la oración; si preguntáramos a los cristianos ¿a quién rezas, con quién entras en diálogo? Tienes que tomar decisiones en la vida, tienes problemas, ¿con quién dialogas, con quién entras en oración? En el pasado, creo que nos habrían respondido ‘rezo a algún santo’. Hoy, cada vez más cristianos responden: dialogo con el Padre celestial. Quiero saber qué piensa sobre las elecciones que hago y sobre mi vida, quiero escuchar sus sugerencias, no las de los hombres. Esta es la oración al Padre. También rezan a Jesús, pero creo que son pocos los que rezan al Espíritu. 

Rezar al Espíritu quiere decir entrar en diálogo con este ser divino que está en nosotros, con esta filiación divina, este amor que se te ha dado que sugiere todas las elecciones que tenemos que hacer. Esta es la voz del Espíritu que tiene que ser escuchada si queremos ser movidos, como Jesús fue movido, por el Espíritu. Y para escuchar esta voz es necesario hacer silencio porque hay tantas voces que oímos tantas veces; estamos sintonizados por estas voces del mundo si nos pasamos horas frente a telenovelas, programas basura, tertulias donde todo el mundo grita, o nos perdemos en los chismes… todas estas voces gritan sus gloriosas propuestas. Si nos quedamos aturdidos por estas voces terminamos sintonizando nuestros pensamientos y elecciones con estas propuestas. 

Necesitamos silenciar estas voces que ciertamente no sugieren donar tu vida, a lo más te dicen que la disfrutes. Pero el Espíritu ¿qué hace? Si lo escuchamos en silencio, no repite lo que dijo Jesús y que ya lo sabíamos, sino que lo hace penetrar en nuestros corazones y nos da la fuerza para adherirnos a la propuesta que hace Jesús. Y cuando escuchamos este Espíritu y nos dejamos llevar por él, Jesús es glorificado porque la gente ve en nosotros el rostro de Jesús de Nazaret, al igual que él glorificó a su Padre con su persona. Hoy estamos llamados a dejarnos llevar por la voz del Espíritu para dar gloria a Jesús. 

Les deseo a todos una feliz Pascua. 

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