Estudio Bíblico | El espíritu de la verdad | Jn 16, 12-15


El Espíritu de la verdad, nuestro pedagogo
Lectio de Juan 16, 12-15
P. Fidel Oñoro cjm

Veamos el segundo paso en la gran obra de Jesús formando su comunidad: la acción reveladora del Espíritu Santo continuará la obra de Cristo.

El tiempo de la presencia física de Jesús llega a su fin.

El Espíritu lo sustituirá cuando el Hijo regrese al Padre, prolongará la tarea educativa, guiará a la entera verdad y hará comprender todas las enseñanzas de Jesús.

  1. La incapacidad de los discípulos para vivirlo todo de una vez

Primero, la constatación de una realidad: “Ustedes no pueden con ello”.

La expresión de Jesús se parece al del un maestro cuando termina un curso: “Tengo mucha cosa en el tintero”.

“Mucho tengo todavía que decirles, pero ahora no pueden con ello” (16,12).

Precisemos el sentido de esta frase. No quiere decir que a Jesús le falten cosas por decir y que el Paráclito dirá las cosas olvidadas o incompletas. Se refiere más bien a la incapacidad de los discípulos para asimilar e incluso para vivir lo que Jesús ha revelado.

Jesús quisiera transmitir mucho más a sus discípulos, pero su deseo choca con la limitada capacidad que ellos tienen para comprender (v.12; ver 2,22; 12,16).

En griego se lee un verbo que se podría traducir: “no pueden soportarlo”, no lo pueden sostener. El verbo “bastazo” connota echarse un peso sobre la espalda, cargarlo y transportarlo de un lado a otro.

Este verbo en otras ocasiones está relacionado con el peso de la Cruz. Probablemente haya aquí una referencia a la dificultad para cargar con la Cruz, que es la tarea más importante del discipulado.

A la meta sólo se puede llegar caminando detrás de Jesús cargando con la Cruz (ver Juan 14,36). El sentido, entonces, es hacer el viacrucis hacia la resurrección, hacia la vida: hacer la travesía.

Lo que Jesús dice no es negativo, es positivo. Sus palabras infunden ánimo. Les habla a sus discípulos con mucha ternura. Jesús comprende la confusión que tienen y su debilidad frente a la realidad de la Pasión.

  1. El Espíritu como “pedagogo” que nos conduce hasta la plenitud de Jesús

Después de señalar la dificultad presente de los discípulos, Jesús extiende su mirada hacia el día de la efusión del Espíritu y hacia la experiencia de las primeras comunidades cristianas que interpretan el acontecimiento pascual y redactan el Nuevo Testamento: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (16,13a).

Jesús distingue dos tiempos: el de su presencia histórica y el tiempo siguiente del Paráclito.

En el primero, los discípulos no están en capacidad de comprender lo que Jesús les revela; en el segundo serán guiados por el Paráclito hacia la plenitud de la verdad.

El Espíritu Santo ejerce una función reveladora parecida a la del Hijo de Dios (12,49; 14,10), también la de él es subordinada con respecto al Padre.

Así como Jesús, el Espíritu revelará sólo lo que ha escuchado. La comunidad de los discípulos de todos los tiempos estará impregnada de esta misma característica: vivirá en continua escucha de todo lo que el Espíritu les anunciará para guiarla y sostenerla en las nuevas situaciones que tendrá que afrontar.

La Iglesia es una comunidad oyente, de la escucha del Espíritu Santo. Sin esa sensibilidad para escuchar al Espíritu Santo no hay Iglesia ni hay misión. Es siempre una necesidad, es más, una urgencia.

Jesús dice que el Espíritu “guía” (hodegései, en griego). Es una forma verbal compuesta del sustantivo camino “hodos” con el verbo “ago”, conducir. Los hará caminar, hacer camino, los encaminará. El Espíritu es presentado como un pedagogo.

Lo que se quiere decir es que el Espíritu nos va llevando de la mano como a los niños para que podamos vivir una a una las enseñanzas del Evangelio, hasta que la vivencia del Evangelio sea completa en nuestra vida.

El Espíritu no trae nuevas revelaciones, su tarea es conducir al interior de la revelación de Jesús. Él guía hasta la “Verdad Plena” que es Jesús (ver 14,6), fidelidad de Dios en la historia, en quien surge el hombre nuevo, el hombre y la comunidad que alcanzan su plena realización.

Uno no vive todas las enseñanzas de Jesús de una vez. Por eso hay que dejar que el Espíritu del Resucitado haga su pedagogía con cada uno de nosotros. Él y sólo Él conoce los caminos de la maduración y sabe cómo conducirnos hacia la plenitud de Cristo.

Lo mismo vale para la comunidad cristiana en su caminar a lo largo de la historia.

En los vv.13.14.15, tres veces aparece verbo en futuro “Anunciará”. El sentido del término griego “anagello” es “tomar y presentar de nuevo”, es decir, “actualizar”. Se puede traducir también como “las cosas que deben ocurrir”.

Sin embargo, aquí la idea no es la predicción de forma puntual de sucesos, sino la manera como la comunidad debe interpretar las cosas que le van pasando a la luz de la Palabra de Jesús, siempre actualizada por el Paráclito.

Puesto que a lo largo de la historia van apareciendo nuevas realidades y nuevos desafíos con los cuales interactúa la fe, el Espíritu Santo mantiene vigente en la comunidad la eterna novedad de Cristo.

De esta forma el Evangelio se encarna continuamente y el rostro de Jesús Resucitado se revela siempre actual. En este sentido, el Espíritu es “central creadora de luz siempre nueva”.

  1. El Espíritu tiene una estrecha relación con el misterio completo de Jesús, desde origen en el Padre hasta su regreso a Él
    El Espíritu Santo se refiere siempre a la actualidad permanente del misterio pascual de Jesús.

A través de él podemos conocer el misterio de Cristo hasta el fondo y desde su raíz misma: la relación profunda del Verbo con el Padre Dios desde antes de la historia humana (ver Juan 1,1-2). Por eso la frase: “Todo lo que tiene el Padre es mío” (16,15).

Se insiste al final que el Espíritu “todo lo recibirá de mí” (16,14.15).

Puesto que “todo” lo recibe de Jesús puede “guiarnos” hacia Él. Es así como el Espíritu nos introduce en la persona de Jesús en cuanto camino abierto hacia el Padre y en esta total manifestación del sentido de la obra de Jesús: “Él me dará gloria”.

El Espíritu Santo permanece cristocéntrico y de esta manera no hace sino centrarnos permanentemente en aquel que de boca confesamos como el que tiene el señorío en nuestras vidas.

En otras palabras, el Espíritu estará en función del Hijo, todo lo remitirá a él y lo glorificará. Y continuará glorificándolo a lo largo del tiempo en su tarea de hacer descubrir a todos los creyentes la actualidad insuperable de la Santa Palabra del Evangelio.

¿Qué cosa es la vida espiritual, sino una un saber leer continuamente nuestra vida, nuestra historia, con sus zonas de luz y de tiniebla, desde la perspectiva de Dios? Este Dios para el que nada sobra, para quien todo concurre para el bien de los que le aman, porque en todo él está obrando por nosotros.

Lo que hace la diferencia en un cristiano es su capacidad interpretativa en el Espíritu. El estar con Dios no nos exime de las dificultades. Ocurre algo más sorprendente: que más bien en medio de las contradicciones de la vida se puede tener la certeza de que hay una guía, un camino firme y ascendente hacia la superación y que es el Espíritu quien conduce hacia la otra orilla, mejor aún, hacia la plenitud.

En la mirada siempre estará la persona de Jesús y el anhelo del corazón en la fuente de todo que es el Padre Dios.

La expresión “todo lo recibe de mí” (v.14 y 15), quiere decir que todo lo que el Espíritu anunciará brota de la revelación de Jesús (14,26; 16,13).

La expresión “todo lo que es del Padre, también es mío” (v.15), subraya la completa y total comunicación entre el Padre y el Hijo, y confirma que el Padre ha puesto todo en sus manos.

Por tanto, tomando lo que es del Hijo, recibe todo lo que tiene su origen en el Padre y proviene del Padre, quien es la fuente de todo.
El misterio de la Iglesia brota esta identidad con Cristo y se enmarca en la relacionalidad que proviene de la comunión eterna del Padre y del Hijo en el origen de la historia y también en el culmen de ella.

Esta es la segunda lección: la comunidad es conducida a un proceso de maduración en una progresiva cristificación.

Terminemos orando…

“Ven, Oh Consolador, Oh Espíritu Santo, abogado que nos defiende, que hablas en lugar de nosotros, que interpretas nuestros silencios, que vienes en ayuda de nuestra debilidad y nos das fuerza para que le hagamos resistencia al mal.

Oh Espíritu Santo, sostén nuestra oración, tú que eres el Maestro de Vida Interior, el Maestro perenne de la Iglesia, el Espíritu de la Verdad, que a lo largo de los siglos le haces entender a la Iglesia las Palabras de Jesús y le das la sabiduría para interpretarlas. Que también nosotros podamos recibirte en esta dinámica de fe y de amor por Jesucristo”.

Amén.

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