Estudio Bíblico | Él en mi y yo en él | Jn 15, 1-8


Él en mí y yo en Él
Lectio de Juan 15,1-8
P. Fidel Oñoro cjm

Habíamos pensado que Dios fuera el buen patrón del campo, el campesino trabajador que aguarda esperanzado su cosecha. Ahora Jesús afirma algo absolutamente nuevo: “Yo soy la vid, mi Padre es el viñador, Ustedes los sarmientos” (15, 1. 5).

  1. Una historia de la tierra

Dentro de poco comenzarán a perfumar las flores de la vid, las más mas pequeñas entre las flores.

Al comienzo de la primavera, el viñador espera que la savia suba misteriosamente por el tronco, se asome a la herida de la rama podada, como una gota, como una lágrima.

Cuando aparece esa lágrima sobre las ramas, dice el viñador: ¡Es la vid que va en amor! Si la misma savia escurre en Cristo vid y en mí sarmiento, entonces también mi vida dará, a través de venas de amor, frutos buenos.

La savia sube desde la raíz del mundo. Cuando recibe una señal misteriosa de la tierra y del sol, sube a lo alto, abre la corteza que parecía seca y muerta y la alimenta de flores y de hojas.

Es un milagro de la naturaleza, el calor del sol se transforma en perfume y la oscuridad de la tierra en color.

Esa vid, esa gota de amor, que todo viñador puede ver temblar sobre la punta del sarmiento, es una humilde imagen de Dios.

Es un lenguaje de Dios en la poética de la exuberante naturaleza. Dice que un amor recorre el mundo, sube por la cepa de todas las viñas y se deja ver en todas las parras. Incluso mis espinas las hace florecer.

Viene antes de mí y va más allá de mí. Viene de Dios, y le dice a este pequeño sarmiento: Tengo necesidad de ti para una vendimia de sol y de miel. Tengo necesidad de ti, aunque sea sólo un gajo, porque sin tus sarmientos la vida es estéril.

Sigamos el hilo de los pronombres personales: Él, yo, ustedes.

  • Mi Padre, el viñador
  • Yo, la vid
  • Ustedes, los sarmientos.
  1. “Mi Padre es el viñador”

Un Dios descrito con las palabras sencillas de la vida y del trabajo.

Un Dios que trabaja en mí, que tiene mucho para trabajar conmigo, que no empuña un cetro sino tijeras y azadón, que no se sienta en un trono sino en el muro de mi viña. Su propósito es hacerme dar más y más frutos.

Y luego una novedad absoluta: mientras que en los profetas y en los salmos del Antiguo Testamento, Dios era descrito como el patrón de la viña, como el campesino trabajador, como el viñador atento, mejor dicho, como alguien muy diferente con respecto a la vid, ahora Jesús nos dice algo completamente revolucionario: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos”.

No estamos separados, no somos tan distintos, no estamos a un lado, hacemos parte de la misma planta.

  1. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos”

Yo soy la vid, y con el calificativo “la verdadera”. Jesús vid, yo sarmiento. Él y yo una misma cosa. La misma planta, la misma vida, una única raíz, una sola savia.

El en mí y yo en él, como hijo en la madre.

Hago parte de él como una chispa lo es del fuego, como una gota lo es del agua, como la respiración lo es del aire.

Con la encarnación de Jesús, Dios que se injerta en la humanidad y en mí. Es un hecho verdaderamente extraordinario: en Jesús, el viñador se hace vid, el sembrador se hace semilla, el alfarero se hace arcilla, el creador se hace creatura.

Dios en mí, no como un patrón, sino como savia vital. Dios en mí, no como voz que se impone, sino como el secreto de la vida. Dios en mí, como raíz de mis raíces, para que yo esté lleno de Dios.

La vid que es la vida de Jesús hace correr la savia por todas mis ramas y hace circular la fuerza divina por cada fibra de mi ser. Absorbo de él su vida dulcísima y fuerte.

Oh Dios, tú me eres íntimo, escurres por dentro, me quieres siempre más vivo y más fecundo de gestos de amor.

¿Qué sarmiento quisiera desgajarse de un tronco así? ¿Qué sentido podría tener la muerte cuando recibo tanta vida?

  1. Más sobre el “ustedes”…

“Cada sarmiento que da fruto, lo poda para qué de más fruto”

Podar la vid no quiere decir amputarla, mandarle males o sufrimientos, sino darle fuerza, eso todo campesino lo sabe. Podar una planta es hacerle un regalo. Y eso es lo que el Dios viñador quiere para mí: “Dar fruto es símbolo del poseer la vida divina” (R. Brown).

Dios obra para el incremento, para la intensificación de todo lo bello y prometedor que llevamos por dentro.

Un Dios que trabaja en mí con un único objetivo: el florecimiento de todo lo que de más bello y prometedor palpita en mí.

Preciosa unión. Entre la cepa y los sarmientos de la vid, la comunión es dada por la savia que sube y se difunde hasta la última gema.

Hay un amor que va ascendiendo por todas las cepas de todas las viñas, de todas las existencias, un amor que asciende en mí e irriga cada fibra de mi ser.

Y lo percibo en cada etapa de mi vida, sobre todo en los días de descontento. La he visto abrir vidas que parecían acabadas, la he visto hacer recomenzar familias que parecían destruidas. E incluso a mis espinas las ha hecho florecer.

  1. Y finalmente: “Den fruto”

El nombre nuevo de la moral evangélica no es un sacrificio, sino una fecundidad; no una obediencia, sino una expansión; no una renuncia, sino una ganancia al céntuplo.

No se piden penitencias, sino frutos que por dentro tengan buen sabor de vida, que sacien la sed de las cosas.

Ningún árbol consume sus propios frutos, ¿no es verdad? Los frutos son para ofrecerlos con alegría, para alimentar a otras criaturas. Esa es la perfección: madurar y olvidarse de sí mismo en el don a los demás.

En fin…

¿Qué podemos retener de esta preciosa alegoría de la vid y los sarmientos?

Una vid y un viñador. ¿Habrá algo más sencillo y familiar? Una planta con ramas cargadas de gajos. Un campesino que la cuida con manos que conocen la tierra y la corteza de las plantas.

Me encanta este retrato que Jesús hace sí mismo, de su Padre y de cada uno de nosotros. Un Jesús que me explica a Dios con palabras tan simples de la vida y del trabajo, con palabras temperadas por el sol y el sudor.

No puedo tener miedo de un Dios así, que trabaja por mí con tanto empeño todos los días.

Un Dios que me mira con amor y con mucha expectativa, que espera lo mejor de mí: frutos jugosos que darán el vino de la fiesta y la alegría.

Un Dios que tiene esperanza en lo que él ha cultivado con sus manos.

Un Dios que no sólo se pone a mi lado, sino que me habita.

No puedo tener miedo de un Dios así, sólo una sonrisa de admiración y satisfacción.

Retengamos la palabra central de la alegoría: “Permanezcan en mí”.

Sí, nosotros ya estamos en Dios. Dios ya está en nosotros, él nos recorre por dentro, no hay que buscarlo lejos, está aquí, está dentro, circula en las venas del ser. ¡Maravillosa inhabitación!

Es una maravilla. Es para no parar de alabar en todo el día de hoy. Él en mí y yo en él. Dios y yo de la misma materia. Somos chispas del mismo fogón, gotas del mismo océano, respiración del mismo viento.

¡Si cayéramos en cuenta de cuánto de Dios hay en cada persona! Sin divinizar la materia, claro está.

Lo cierto es esto: llevamos por dentro una vida que nos antecede, y es la vida de Dios. Y nos encaminamos hacia una vida que va más allá de la nuestra, y es también la vida de Dios.

Estoy inmerso en un océano de amor y no me doy cuenta, en una fuente inagotable a la que siempre puedo acudir, en una fuente de vida que nunca me va a faltar.

Dios es la raíz del vivir y todas las mañanas le repite a cada pequeña rama, me lo dice a mí y a ti: Tengo necesidad de ti para que des gajos perfumados y dulces. Necesito de ti para una vendimia de sol y de miel.

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