Estudio Bíblico | Camino, verdad y vida | Jn 14, 1-6


Camino, verdad y vida
Lectio de Juan 14, 1-6
P. Fidel Oñoro cjm

“En la casa de mi Padre hay muchas moradas…” (14, 2).

Esta primera imagen del evangelio nos pinta una casa. Un hogar es un lugar que indica un comienzo y una llegada, un lugar cálido y familiar, que me pertenece, que me es propio.

Se trata de una casa, no un templo, cuyo secreto basta para conformar el corazón: “No se turbe su corazón” (14, 1).

“No se turbe el corazón, crean…”. El Maestro invita a asumir estas dos actitudes vitales como fundamento de nuestra relación de fe: un “no” gritado al miedo y un “sí” que se abandona en la confianza.

Dos actitudes del corazón que están a la base de cualquier relación fecunda, armoniosa, en sintonía con toda forma de vida.

“No se turbe el corazón, crean…”. Son palabras primarias en nuestra relación con Dios y con la vida. Son palabras muy oportunas que llegan cuando uno comienza a abrir los ojos cada mañana: Deja de lado el miedo, ten confianza. En cada despertar el Señor nos repite esas dos palabras: no tengas miedo, ten confianza.

Tener confianza en los otros, en el mundo, en el futuro (y ahora qué), es un acto humano, humanísimo, vital, que tiende a la vida.

Todos nos humanizamos por relaciones de confianza, comenzando por nuestros progenitores; nos hacemos adultos porque construimos un mundo de relaciones humanas edificadas no sobre el miedo sino sobre la confianza.

Sin confianza no se puede ser humanos. Sin la fe en alguien no es posible vivir. Yo vivo porque me fío de alguien.

En este acto humano respira la fe en Dios. La fe religiosa se apoya en el acto humano del creer y cuando la fe está en crisis es porque lo que primero entró en crisis fue el acto humano de confiar en los otros, en el mundo, en el futuro, en las instituciones, en los pastores, en los dirigentes, en el amor.

En un mundo de confianza renovada, también la fe encontrará una nueva respiración.

“Crean en Dios y crean también en m´”.

Y entonces me ofrece un espacio, una casa para esta relación. El amor pide casa.

Cuando Jesús se está despidiendo de sus discípulos en el cenáculo, cuando ellos tiemblan de miedo porque el Maestro se va, les hace una promesa grandiosa: Voy adelante a hacerles esa casa.

Allí habita alguien que no se entiende a sí mismo sin nosotros.

El amor requiere compromisos y el primero de ellos es el de estar a lado de la persona amada. “El amor es pasión de unirse con el amado” (Santo Tomas de Aquino).

Una pasión que tiene fuerza como para atravesar la eternidad. Es Dios mismo quien dice a cada hijito suyo: Mi corazón es una casa sólo al lado tuyo.

“Señor, ¿cómo se llega?”

Responde Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (14, 6).

Palabras inmensas por donde quiera que se consideren.

La Biblia no es un libro de instrucciones para el viaje, el viaje es una persona que dice “Yo soy el camino”.

Yo soy el camino, soy la estrada, mucho más que una pobre estrella polar que indica, pálida y lejana, la dirección. Se trata de algo más cercano, sólido y confiable donde posar los pies. El terreno, aplanado por huellas de quien ha pasado e ido más allá, y que te asegura que no estás solo.

El camino es libertad, una libertad nacida de la valentía de salir y partir a algo nuevo, caminando al ritmo humilde y tenaz del corazón.

Jesús no dice que él sea la meta y el punto de llegada, sino el camino, el espacio del movimiento, el viaje que hace elevar tu vida, para que no se quede a ras de tierra, para que no te rindas y te des cuenta de que siempre es posible dar un primer paso, no importa la situación en la que te encuentres.

A la base de la civilización occidental la historia y el mito han puesto dos viajes inspiradores. Uno lo contó Homero y el otro la Biblia.

Homero nos contó el viaje de Ulises en su aventurado regreso a Ítaca, cuyo símbolo es un círculo.

La Biblia nos narra el viaje de Abraham, quien parte de Ur de Caldea para no regresar nunca más, un viaje cuyo símbolo es una flecha.

Jesús es camino que se pone del lado de la flecha. Esto quiere decir que el viaje de Jesús no es un simple regreso a casa, sino un viaje in-finito, hacia un cielo nuevo y una tierra nueva, hacia un futuro que está por crear.

“Yo soy la verdad”

No dice “yo conozco” la verdad y la enseño. Tampoco dice “yo tengo siempre la razón”. Sino “yo soy” la verdad.

El griego en cambio se dice “aletheia”, que significa una realidad profunda que se descubre, que estaba escondida y ahora se puede apreciar.

El español “verdad” tiene la misma raíz latina de la palabra primavera (ver-veris). Y quiere indicar la primavera de la criatura, vida que germina y que saca ramas del tronco adormecido en el invierno. Una estación que llena de flores y de verde el hielo de nuestros inviernos.

La verdad es lo que hace florecer la vida, según la primera de todas las bendiciones: “Crezcan y multiplíquense”.

Jesús es esa verdad. Él es autor y custodio, cultivador y perfeccionador de la vida.

La verdad eres tú cuando por medio de ti él se pone al lado de alguien, lo cuida, lo custodia, seca sus lágrimas, cuando te detienes junto a una persona apaleada por los salteadores y pones senderos de primavera dentro de una existencia.

La petición más gritada en la Biblia es: “Señor, hazme vivir”. Es la súplica más gritada por Israel quien en los Salmos ha recogido el grito de los dos los desesperados de la tierra.

Y la respuesta a este grito es Jesús: “Yo soy la vida”.

Es la vida que se opone a la pulsión de muerte, a la violencia, a la autodestrucción que alimentamos dentro de nosotros. Vida es todo lo que podemos poner bajo esta palabra como de más sustancial en nuestra existencia: futuro, amor casa, fiesta, reposo, deseo, pascua, generación, abrazos.

El misterio de Dios no está lejos, es la estrada que sostiene nuestros pasos, es la verdad que descubrimos por medio de Jesús y cuya finalidad es la vida que es Dios mismo. Si Dios es la vida, entonces “existe la santidad de la vida, vivamos la santidad del vivir” (Abraham Heschel).

Por eso la fe y la vida, lo sagrado y la realidad no se contraponen, más bien se encuentran y se abrazan, como en los Salmos.

Hoy Jesús nos dice de frente: “No tengas miedo, confía en mí, yo soy el camino, la verdad y la vida”.

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