Carta del Ministro General para la V Jornada Mundial de los Pobres y para la visita del Papa Francisco a Asís.

Queridos Hermanos,

¡El Señor os dé la paz!

El próximo 14 de noviembre se celebrará la V Jornada Mundial de los Pobres y precisamente dos días antes, viernes 12 de noviembre, el Papa Francisco hará un peregrinaje a la Porciúncula, en la Basílica de Santa María de los Ángeles, donde se encontrará con 500 pobres, procedentes de diferentes partes de Europa, para escucharlos y dialogar con ellos. El señor Papa de nuevo nos da testimonio con un gesto muy elocuente.

Yo estaré presente junto con otros hermanos en ese momento. Estaré allí en nombre de todos vosotros.

Recibida la noticia de esta visita, junto a una grande alegría, he sentido fuertemente para nosotros, frailes, la provocación de un gesto, que se cumplirá precisamente en el lugar donde nosotros nacimos.

El Papa no se limita a escribir un mensaje, sino también encuentra la carne, el cuerpo mismo de los pobres, que es el sacramento de Cristo, que por nuestro amor se ha hecho pobre y quiso identificarse con ellos.

Me vinieron a la mente las palabras de San Juan XXIII, terciario franciscano, el cual un mes antes de la apertura del Concilio, dijo con espíritu profético:

La Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres. (Radiomensaje del martes 11 de septiembre de 1962).

Esta conciencia de la Iglesia de todos los tiempos encuentra un testigo extraordinario en San Francisco, como nos lo recuerda el Papa en su mensaje a nuestro reciente Capítulo General:

Renovar la visión: esto es lo que le ocurrió al joven Francisco de Asís. Él mismo lo atestigua, relatando la experiencia que, en su Testamento, sitúa al principio de su conversión: el encuentro con los leprosos, cuando «aquello que le parecía amargo se le cambió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-4). En las raíces de vuestra espiritualidad está este encuentro con los últimos y los que sufren, en el signo de “hacer misericordia”. Dios tocó el corazón de Francisco a través de la misericordia ofrecida al hermano, y sigue tocando nuestros corazones a través del encuentro con los demás, especialmente con las personas más necesitadas. La renovación de vuestra visión no puede por menos que partir de esta nueva mirada con la que contemplar al hermano pobre y marginado, signo, casi sacramento de la presencia de Dios. De esta mirada renovada, de esta experiencia concreta de encuentro con el prójimo y sus llagas, puede surgir una energía renovada para mirar al futuro como hermanos y como menores, como sois, según el hermoso nombre de “frailes menores”, que San Francisco eligió para sí mismo y para vosotros.

Me pregunto, escuchando a mi consciencia y a la voz del Señor, y lo hago con cada uno de vosotros: 

  • ¿Qué tan consciente soy de que el encuentro con los pobres se halla en el corazón de mi vida de hermano menor siguiendo los pasos de Jesús? «Él, siendo rico (2 Cor 8,9), quiso sobre todas las cosas elegir, con la beatísima Virgen, su Madre, la pobreza en el mundo.» (CtaF2, 5).
  • ¿Cuántas veces me he encontrado y compartido con pobres concretos? ¿Siento que esto me ha “inquietado” y me ha puesto de nuevo en el camino? ¿O qué?
  • ¿No me defiendo a menudo pensando que se trata de una dimensión demasiado social y poco religiosa? Sin embargo, según la palabra de los profetas en la Escritura, ¿no son los pobres el espejo en el que vemos si aún somos creyentes? Dios los amó y ha querido que su Hijo fuera uno de ellos. Lo mismo vale para los apóstoles y para muchos amigos del Señor a lo largo de la historia, no menos importante para San Francisco, Santa Clara y Santa Isabel. ¿El encuentro con el rostro real de algunos pobres y sufrientes, con su olor, con su presencia a menudo desagradable, con las preguntas que nos hacen, finalmente podrá movernos y conmovernos? ¿Inducirnos a la conversión? ¿Sacarnos de nuestras madrigueras, a menudo demasiado cómodas? 

Por eso, como vuestro ministro y siervo y en comunión con el Definitorio general, he madurado en la oración solicitar, por medio de esta carta, a todos los hermanos de la Orden y a las diversas fraternidades del mundo, que durante el mes de noviembre se den al menos un momento concreto de encuentro con los pobres. No solos, sino como fraternidad, al menos de dos en dos (cf. Lc 10,1), para buscar un simple encuentro de presencia, cercanía y servicio con alguno de ellos, para tocar a sus puertas, como ha escrito el Santo Padre en su Mensaje para esta V Jornada. Escuchemos:

No podemos esperar a que llamen a nuestra puerta, es urgente que vayamos nosotros a encontrarlos en sus casas, en los hospitales y en las residencias asistenciales, en las calles y en los rincones oscuros donde a veces se esconden, en los centros de refugio y acogida… Es importante entender cómo se sienten, qué perciben y qué deseos tienen en el corazón. Hagamos nuestras las apremiantes palabras de don Primo Mazzolari: «Quisiera pedirles que no me pregunten si hay pobres, quiénes son y cuántos son, porque temo que tales preguntas representen una distracción o el pretexto para apartarse de una indicación precisa de la conciencia y del corazón. […] Nunca he contado a los pobres, porque no se pueden contar: a

los pobres se les abraza, no se les cuenta» (“Adesso” n. 7 – 15 abril 1949). Los pobres están entre nosotros. Qué evangélico sería si pudiéramos decir con toda verdad: también nosotros somos pobres, porque sólo así lograremos reconocerlos realmente y hacerlos parte de nuestra vida e instrumentos de salvación.

En el Capítulo general nos interrogamos nuevamente acerca de nuestra identidad y la hemos reconocido en la fraternidad y en la minoridad. Podemos hablar largamente de ello y terminar siempre en el mismo punto.

Me alegro y nos alegramos por la presencia del Santo Padre en la Porciúncula: ciertamente hace honor a ese lugar y a todos nosotros, y al mismo tiempo nos anima a salir de nosotros mismos y de nuestras casas y actividades cotidianas al encuentro de los pobres, y descubrir que nuestra identidad está allí, nos espera, nos da nueva luz, es posible vivirla hoy con alegría, incluso en medio de las dificultades. 

Creo que a todos nos es posible dar un paso de este género: a los ministros y a todos los hermanos, a los jóvenes y a los ancianos, a los hermanos comprometidos en la pastoral, así como aquellos que estudian, a los novicios y candidatos a la vida franciscana al igual que a sus formadores, a los evangelizadores y misioneros, a cuantos se sienten firmes en la vocación y a cuantos se hacen tantas preguntas y que tal vez buscan respuestas en otros lados. 

Este encuentro con los pobres no es una actividad ni una ideología: es una puerta de misericordia, siempre abierta. Optemos por atravesarla juntos y creo que nos vendrá al encuentro una grande sorpresa del Espíritu, un importante nuevo inicio de nuestra vida evangélica. No importa lo santos o pecadores que seamos: los pobres reciben al pobre que está en cada uno de nosotros, lo reconocen y, si nos acercamos a ellos sin ninguna arrogancia o miedo, nos ayudan, ellos son, de hecho, los que nos hacen caminar y nos apoyan. 

Si el Papa Francisco sueña una Iglesia de pobres, yo sueño que en nuestra Fraternidad universal sepamos redescubrir y dejarnos encontrar por el rostro de los pequeños y pobres, con sus nombres y diferentes condiciones. Creo que, de este encuentro vivido desde el interior de nuestra vocación, los frailes recibiremos la gracia y así podremos optar de nuevo por volver a ser pobres, revisando nuestra relación con las cosas materiales, con el dinero, con el poder y con los afectos. Dios sabe cuanto lo necesitamos, para no apagarnos en una vida demasiado cómoda y segura, tan lejana de la condición de los pobres que ya no nos hace sentir la sed por Cristo y de una humanidad viva y genuina, capaz de entregarse.

«Los pobres son nuestros maestros» (CCGG 93 §1): ¡Dejémonos evangelizar por ellos! El Señor nos espera con ellos y está dispuesto a regalarnos grandes sorpresas. Dejemos que lo haga, amados hermanos en el Señor, no opongamos resistencia a ese deseo, a ese soplo del carisma que el Espíritu suscita aún, con una fuerza que nosotros, solos, no sabemos encontrar. Oro y oremos todos por ello 

Os lo pido en nombre de San Francisco: ¡Intentemos dar este paso hacia los pobres en el mes de noviembre y nos sorprenderemos! El Señor nos precede y nos espera en este camino, elijamos un gesto, vayamos hacia una casa, un hospicio, la enfermería de frailes enfermos, una cárcel, un hospital, una casa de migrantes, una periferia, una comunidad de acogida y en otros tantos lugares, para visitar a Cristo en sus vicarios, los pobres. Y dejarnos encontrar por Él, que todavía quiere atraer y encender nuestras vidas.

Recibiré con gusto, de quienes así lo deseen, una restitución, una breve narración de este encuentro con los pobres, sobre cómo esto mantuvo viva la llama de la fe y de la vocación: podremos empezar a narrar y a escribir el rasgo de vida franciscana que nos es dado y exigido para nuestro tiempo, de modo que podamos transmitirlo, con la vida y la palabra, a la siguiente generación.

Que el Señor nos bendiga y que San Francisco apoye en este tiempo bendito y difícil nuestro deseo de un nuevo comienzo en nuestra vocación de hermanos, menores y pobres, en busca del Rostro del Señor en los caminos de los hombres y mujeres de hoy, capaces de encuentro y de testimonio. 

Os abrazo afectuosa y fraternalmente.

Vuestro ministro y siervo

Fr. Massimo Fusarelli, ofm.


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